Johannes Brahms

 

Oh, Antony… tienes razón, era hermosa, el sonido de un piano tocado a cuatro manos llega a mis oídos cada vez que recuerdo su rostro. Se llamaba Lieschen Giesemann, hija de Adolf Giesemann. Yo tenía apenas catorce años cuando la conocí. Su padre, cantante aficionado, me invitó a su finca para que la acompañara al piano. Imagínate, yo, acostumbrado a tocar con mi padre para las prostitutas de las tabernas del puerto de Hamburgo, de pronto me encuentro en un ambiente campestre con el envolvente lujo de las alfombras, las copas y los candelabros; y con esa joven, un ángel que bien podría ser la encarnación de la música de Dios. Tenía el cabello del color del trigo al amanecer, sus ojos no eran verdes ni marrones, más bien de un color intermedio parecido al cobre, con el mismo brillo de las joyas y de las piedras preciosas. Nunca la olvidaré. Y, por si fuera poco, cantaba como ninguna; mi piano enmudecía ante su bella voz: ¿era el trino de algún ave desconocida o el canto del crepúsculo el que profería aquella melodía? Fue una temporada maravillosa. En la mañana muy temprano, o al final de la tarde, solíamos caminar por el bosque. Ella juntaba flores mientras me hacía partícipe de sus sueños. Quería ser una gran cantante, famosa, que su voz se escuchase en todos los teatros de Europa y que su presencia fuese ansiada por el más exigente público, y casarse y tener hijos. Yo, mientras tanto, sólo le hablaba de mi música porque, de qué otra cosa podría hablarle. Siempre fuimos tan pobres… Mi padre, un músico sin suerte o sin talento o sin la posibilidad de estudiar, resignado a su oficio de contrabajista de orquestas populares, sin más oportunidad que la de tocar en bares y tabernas, en plazas y en calles por unas cuantas monedas sin importarle que su audiencia fueran los marineros que llegaban de sus largos viajes, ávidos de sexo, y las prostitutas que con sus máscaras de colores los recibían sonrientes y bien dispuestas al trabajo. Me llevaba con él a esos lugares… Tengo mucho que agradecerle sin embargo. Cuando tenía siete años, y se dio cuenta de que tal vez yo podría llegar a ser el músico que él no pudo ser, me puso a estudiar con Otto Cossel y en poco tiempo aprendí a tocar el violín, el violonchelo y la trompa. Luego, a los diez, me inscribió —qué gran esfuerzo tuvo que haber hecho— con Eduard von Marxsen, uno de los mejores profesores de piano y composición del momento… Esta era la parte de mi vida que podía contarle a Lieschen y a las damas de sociedad que conocía. Nunca fui capaz de decirles, por supuesto, que en aquellos años, cuando acompañaba a mi padre a tocar en las tabernas de mala muerte de Hamburgo, me encariñé con aquellas mujeres. Me trataban bien. Disfrutaban de nuestras presentaciones, bailaban con entusiasmo, aplaudían llenas de risa, me sentaban en sus piernas y decían cosas maravillosas de aquel niño delgado, rubio y de ojos azules que tan bien hacía los arreglos para bandas y ritmos populares, y en quien vertían toda la ternura que reprimían ante los asquerosos marineros. Me sentía bien con ellas, “tienen buen corazón. Son afectuosas y buenas, que es más de lo que puede decirse de otras muchas de mejor reputación”.

Éramos tan jóvenes… Ahora estoy seguro de que no fue por la edad, no fue por joven que rechacé a Lieschen, que le di la espalda a su amor. Hoy, ya en las postrimerías de mi vida, sigo rechazando a las mujeres como ella y creo que por las mismas razones…

Luego conocí a Clara Schumann, esposa del gran compositor. Me presenté en su casa sin cita alguna, sólo con mi música bajo el brazo y unas enormes ganas de ser escuchado. Él debe de haber advertido mis ansias porque de inmediato se dispuso a atenderme. Clara, que en ese momento tocaba el piano, al oír las razones que me llevaron a su casa y al ver la súplica en mis ojos se compadeció de mí y le dijo a su esposo que sí, que con gusto me escucharía y me cedió su puesto frente al piano. Quedaron encantados con mis composiciones. Desde ese día un gran afecto me unió a los Schumann. Llegamos a ser grandes amigos. Ella era muy hermosa. Tenía el cabello tan claro como el prado en un día de sol y sus ojos parecían esferas de colores que variaban de tono según las nubes en el cielo, y sonreían, sonreían y me miraban, me miraban con admiración… Luego me enteré de que una vez anotó en su diario que mi rostro se transfiguraba cuando tocaba y que mi mano triunfaba sobre las peores dificultades de mis singulares composiciones. Además de bella y talentosa era también generosa… Claro que me enamoré. Quizás ambos nos enamoramos. Pero era casada. Amaba a Robert y él era mi amigo. Cuando Robert enfermó y murió y yo me sentí libre de cortejarla, de decirle que la amaba y hacer el intento de formar una vida con ella, algo me lo impidió. ¿Fidelidad a Robert hasta después de la muerte? No, podría regodearme en ello pero no suelo tener comportamientos tan altruistas. ¿Dejé de amarla? No, no es esa la razón por lo que ahora vivo sin hogar, sin mujer y sin hijos…    

Después conocí a Agathe von Siebold. Tenía veintitrés años y pensé que con ella, más acorde con mi edad, podría estabilizarme, tener hijos y dedicarme de lleno a mi música. Siempre tuve suerte para las mujeres hermosas y de buena posición… si a eso se le puede llamar suerte. Además de bella era muy elegante, de delicada sonrisa y finos ademanes, y cerraba los ojos cuando me escuchaba al piano. Lo tenía todo: soltera, joven, culta, de buena posición social y económica, y además cantaba. ¿Qué más podía pedir yo, un desaliñado rubio que gran parte del cariño recibido en la adolescencia provenía de las amorosas prostitutas de un puerto? Así que no podía perder aquella oportunidad. Resuelto, compré los anillos de compromiso y de rodillas le pedí que se casara conmigo. ¡Sí!, dijo Agathe al instante y en medio de un sollozo rodeó mi cuello y me abrazó con fuerza. Yo, mientras la abrazaba, cuando ya me daba cuenta de que todo era un hecho, de que una mujer de la alta sociedad estaba dispuesta a ser mi esposa… no sé cómo explicarlo, en ese preciso momento sentí ganas de correr, de perderme de aquel sitio, desaparecer, ser transparente y confundirme con las notas de mi piano. Pobre muchacha, no pude honrar mi compromiso, huí como un cobarde, a la francesa, sin avisar ni dejar rastro de mi partida, como una vez lo hizo Louis Marchand. “Me he comportado como un villano con Agathe”, lo reconozco.

Sobre Bertha no tengo mucho que contar. Berta Porubszky cantaba en el coro de mujeres que yo dirigía en Hamburgo. Fue algo rápido e intrascendente. Yo estaba cerca de los treinta y ya había perdido ese romanticismo de la juventud. Me empeñé en sus defectos y me zafé de ella sin amargura ni arrepentimiento. Similar experiencia viví con la cantante de ópera Marie Louise Dustmann, extraordinaria mujer. Durante una temporada me codeé con lo más selecto de la sociedad vienesa, pero nunca me gustó la ópera; la verdad es que “prefiero un dolor de muela a componer una ópera”. Así que, ante la exigencia de que compusiera algo para su bella voz, al final de una de sus funciones en el teatro, decidí descubrirme la cabeza, el sombrero bajo el brazo, los guantes en la mano, una cordial reverencia y adiós, hasta la vista… Por Otillie Hauer sentí una gran atracción. También hermosa y de la alta sociedad. En un principio me rechazó de forma contundente, pero después de las flores, de las palabras poéticas, de las promesas y de un par de interpretaciones dedicadas a ella esa pared inexpugnable se derrumbó, se hizo añicos ante la sorpresa de mis ojos. Una vez más no pude cumplir mis promesas, una vez más eso dentro de mí saboteó mis intenciones de llevar una vida como la que soñaba: un matrimonio como cualquier otro… Es como un gusano en mi cerebro, como el germen de una terrible enfermedad que no me deja actuar con ponderación… Cuando algún amigo me preguntaba al respecto, como tú ahora querido Antony (que has honrado a tu mujer y tienes unos hijos que te quieren), no encontraba qué responderle. Trataba de justificarme atribuyendo todo a causas económicas, a composiciones fracasadas. Sin embargo estoy consciente de que “he descuidado mi matrimonio. Cada vez que experimentaba el deseo de casarme tenía que reconocer que no me hallaba en situación de dar a una mujer todo el bienestar que merecía, pues siempre que he querido convertirme en un hombre casado han pitado mis obras en las salas de conciertos o han tenido una fría acogida”. Por otro lado, “cuando entro a mi cuarto solitario después de un fracaso no me siento herido. Pero si tuviera que enfrentarme con la mirada inquisitiva de mi mujer y decirle que he fallado nuevamente… no podría soportarlo”. Ahora me pregunto si esas justificaciones eran válidas, honestas; no, no lo eran, pero al menos servían para levantarme en las mañanas con suficiente ánimo de trabajar.                                                        

Recuerdo especialmente a la baronesa Elizabeth von Stockhausen. Fue tan inteligente esta talentosa alumna mía —o probablemente ya había oído de mis andanzas— que enseguida me abandonó y se casó con Heinrich, un compositor que podía darle lo que para mí era imposible… Y no olvido a Julie, la hija de Clara y de Robert Schumann, a quien también cortejé y dediqué mis Variaciones Op.23. Por supuesto que no fue algo bien visto por su madre y al final se interpuso entre nosotros. Terminó casándose con un conde de largo nombre… tal vez fue lo mejor.

Así, mi buen amigo, aquí me ves: barbudo, solo, huraño, lleno de achaques y asiduo visitante de bares y prostíbulos, esperando que llegue la hora y que mi música deje de sonar. No hablemos más de mis fallidas experiencias amorosas, de las que todavía podríamos conversar otro rato, no, tampoco de “aquellas chicas medio desnudas para enloquecer todavía más a los hombres, que solían sentarme sobre sus rodillas entre baile y baile y acariciarme y excitarme… Esta fue la primera impresión que tuve del amor de las mujeres. ¿Y esperas que las honre, como tú lo haces?”.

Es difícil Antony, imposible ya para mí.

La trilogía de los malditos
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