Yukio
Mishima
Había estado más de un año preparando los detalles para el gran momento concebido desde la infancia. Su coqueteo con la muerte al fin sería satisfecho. Tenía que ser algo espectacular, que llamara la atención de Japón y también del mundo, como todo lo que solía hacer Yukio Mishima. Sin embargo estaba dispuesto a darse una oportunidad: si la tropa oía sus palabras y la insurrección prosperaba, entonces se perdonaría la vida; de lo contrario...
Se tendió en el suelo boca abajo. El primer sablazo no le cortó la cabeza, le hirió la parte superior de los hombros, muy cerca del cuello. Levantó los ojos, aterrados, húmedos e inyectados en sangre, hacia su verdugo... No era así como debían suceder las cosas, como lo exigía la tradición: después de desgarrarse las entrañas con una daga —lo que hizo de forma limpia y decidida, pero no con la suficiente profundidad como para perder la vida de inmediato—, su buen amigo, Masakatsu Morita, le cortaría la cabeza con su espada de samurái de un sólo y certero golpe. A Morita le temblaba la espada en la mano y sudaba como si lloviera sobre su propia cabeza. No parecía capaz de completar la tarea. La herida abierta lo paralizaba. Los ojos de terror clamando prisa lo anulaban, no lo dejaban pensar ni coordinar movimiento alguno. Temblaba con ambas manos empuñando la espada. Como aferrado a la punta de un cable eléctrico, temblaba sin control. Yukio Mishima ya no sabía en qué mundo estaba. Natsu, su abuela, severa, autoritaria, descendiente de una casta de samuráis y con frecuentes y violentas manifestaciones de locura, flotaba sobre él como un hada maligna. Lo había separado de sus padres y protegido gran parte de su infancia: protegido del sol y de la lluvia, de los juegos bruscos con otros niños, del polvo de la calle. Prefería que pasara el día dentro de casa jugando a las muñecas con sus primas que exponerlo a algún peligro. Más allá, su padre, un afecto al nazismo que lo obligó incluso a estudiar las leyes alemanas, hacía trizas sus primeros escritos y él se escondía tras la casa, solo y temeroso, para escribir y dar salida a las miles de ideas que venían a su cabeza. Sus más de noventa libros y obras de teatro parecían burlarse del tres veces candidato al premio Nobel; el sueño nunca logrado.
Aún estaban frescos en sus oídos los abucheos e insultos de la tropa, los silbidos y los gritos de desaprobación del grupo al que llamó Tatenokay y que estaría llamado a restablecer los valores nacionales de su Japón tradicional cuando Masakatsu Morita propinó el segundo sablazo. Quizás sus nervios incontrolables, tal vez su visión nublada presa de miedo, o pudiera ser Natsu que protegía a su nieto: Morita falló de nuevo. Esta vez el sable cayó un poco más arriba de la herida anterior, más cerca del cuello pero no en el sitio preciso ni con la fuerza debida. Mishima aún podía gritar. Las páginas de Confesiones de una máscara, la novela que lo hizo famoso con apenas veinticuatro años y que, por considerarse autobiográfica, se piensa que fue donde confesó su homosexualidad, pasaron frente a sus ojos como las aspas de un ventilador; y con ellas escenas de otros cuentos, otras novelas, muchas llenas de terribles imágenes de muerte y destrucción, de sanguinarios e inimaginables asesinatos, tan terribles como lo era ahora su propia muerte planeada para un final mucho más rápido y digno. Vio fotos de hombres jóvenes y desnudos, de él mismo cuando niño y ya adulto mostrando sus músculos y plano abdomen; imágenes de cuando se fingió enfermo y lo exceptuaron del servicio militar, de sus muchos viajes, de sus libros traducidos al inglés, de su mentor literario, Yasunari Kawabata, con el premio Nobel de literatura entre las manos y una mirada compasiva. Mishima parecía pedir clemencia. Ya no le quedaba fuerzas ni sangre. No es así como deberían suceder las cosas, como la tradición lo exigía: después del Seppuku vendría la decapitación de un sólo tajo y adiós; y tenía que llevarla a cabo un amigo o alguien de más bajo nivel; eso era lo establecido. La muerte lo rechazaba ahora, pero momentáneamente, sólo para hacerle sentir aquello que una vez osó escribir: “Me deleitaba imaginando los curiosos dolores de alguien que quería morir pero a quien la muerte había rechazado”. Qué gran arrepentimiento. Si pudiera borrar todo aquello.
Con el antebrazo, Masakatsu Morita quitó el sudor de su frente y ojos y como pudo lanzó una tercera estocada. La espada de samurái goteaba hasta la empuñadura. Tal vez por la sangre que cubría el lugar indicado, tal vez porque sus nervios seguían traicionándolo, tal vez porque ya se sentía mareado y quizás con ganas de vomitar o tal vez porque sus manos resbalaron: falló una vez más. Mishima se retorcía de dolor. Ya no podía sino mirar imágenes dispersas y confusas que se sobreponían unas a otras como cartas sobre la mesa: sus pequeños hijos sonrientes, su madre llorosa acariciando su frente, su título de abogado, sus amigos de la universidad... Sin fuerzas para un cuarto intento, Masakatsu Morita entregó la espada a un subalterno. Hiroyasu Koga tomó la espada, secó su empuñadura y de un certero golpe separó del cuerpo la cabeza de Yukio Mishima. Rodó lentamente con los ojos abiertos, mirando hacia sus hombros desnudos.