Henri Matisse

 

Se sobresaltó la primera vez que lo tildaron de fiera —fauve—. Lanzó el periódico a un lado sin prestar atención a los detalles. Al instante, aparte del gran desconcierto que le causó lo leído en el titular, una evidente molestia comenzó a echar raíces en algún rincón de su cabeza. No entendía por qué el apodo, lo único que había hecho, se decía, era trabajar, llevar una vida sin sobresaltos y expresar en el lienzo lo que en verdad sentía, sin seguir cánones ni repetir fórmulas, algo no buscado sino tan espontáneo en él como respirar. Que algunos lo consideraran un mamífero depredador, salvaje e indómito, no era cosa que podía sobrellevar tan fácilmente. Y, aunque tenía sus días, tampoco se podía decir a rajatabla que fuese un hombre cruel o de mal carácter. Más bien se consideraba una persona tranquila, serena, que desde niño, allá en Le Cateau-Cambrésis, norte de Francia, había observado una conducta obediente y hasta cierto punto sumisa. Es cierto que había nacido en medio de un ambiente tenso y enrarecido por los vientos de guerra: apenas un año después, en 1870, el ejército francés había sido derrotado por los prusianos, Napoleón III había sido destituido y encarcelado y, casi de inmediato, se había creado la Comuna de París, formando el primer gobierno obrero de la historia y anunciando futuros conflictos sociales en toda Europa. Pero todo esto pareció no afectar en gran medida la estabilidad de la familia Matisse ni a su pequeño vástago, que lejos estaba de comportarse como una fiera, por el contrario, cumplía con sus estudios en el instituto de Saint-Quentin, sin destacarse, eso sí, en ninguna materia ni demostrar inclinación hacia el arte aunque, desde que era un bebé, notaba su madre, reía con los colores vivos y se entristecía con los pálidos. Tal vez por esa fascinación que le causaban los colores fuertes, o por haber sido criado en el corazón de la industria textil francesa, o porque su padre trabajaba en una tienda de tejidos y su madre como modista en Passy, amaba los tejidos, las tramas y las urdimbres; se deleitaba eligiendo sus propios trajes, diseñando algunos, recortando trozos de tela y uniéndolos en caóticas y disímiles combinaciones que sólo en su cabeza guardaban algún orden. Quién diría que aquel niño común y corriente, pasados muchos años, después incluso de labrarse una controversial, criticada, discutida, original y finalmente reconocida carrera como pintor, crearía maravillosos tapices, decoraría escenarios para coreografías y obras de teatro, pintaría paños, diseñaría casullas para la Capilla de Vence, expondría sus obras con Picasso… Así que no había nada que hiciese pensar que Matisse fuera una fiera. Su renuencia a ejercer la carrera de Derecho, a pesar de todos los esfuerzos que hicieron sus padres para enviarlo a París, podrían calificarlo de rebelde, tal vez, pero nunca de salvaje, déspota o malhumorado. ¡Fiera!, qué infamia. No obstante trató de recordar, de buscar en su memoria, de indagar en su pasado con la esperanza de ver si algún evento podía suscitar semejante calificativo: trabajó un tiempo en una oficina de abogados. Allí no ocurrió nada extraordinario, aparte de pasar más tiempo en el museo Lecuyer que ocupado en justificar su título en Leyes. ¿Por qué lo hacía? Al parecer aún no había descubierto de qué se trataba todo aquello, sólo sabía que algo o alguien muy poderoso lo tomaba del brazo y lo encaminaba hasta las pinturas al pastel de Quentin de la Tour. Tal vez harto de los pleitos legales, de hacer algo que en el fondo aborrecía e incapaz de renunciar al bufete de maitre Duconseil, una seria infección lo recluyó en cama por más de un año. Eso no lo hacía una fiera, se dijo; tal vez la víctima de una fiera, pero no una como tal, y sonrió vagamente. Intuyendo cómo agradar a su hijo en su convalecencia, Héloise le compró papel y un juego de pinturas. Fue en ese instante cuando un inconmensurable y nuevo panorama se abrió ante él, lleno de luces y de colores, de magia y de fantasía: hizo bocetos, mezcló tonos, escribió notas, cientos de trazos experimentales salieron de sus manos… Cuando se recuperó del todo regresó al bufete. Ahora sí podía soportar el trabajo en el bufete, había descubierto algo único, algo que le pertenecía, algo que ya nadie le podía arrebatar y que pondría en práctica hasta el fin de su vida. Vislumbrado el camino sólo restaba esperar el momento oportuno. Así, luego de redactar un documento o después de entrevistarse con algún cliente, cada vez que tenía oportunidad, garabateaba sobre papeles, impregnaba de colores lo que veía a través de aquella nueva ventana que iluminaba otra realidad, que lo sorprendía con formas y tonos nunca vistos. Por fin pudo deslastrarse de juicios y de firmas, de jueces y de leyes, y consiguió, con el apoyo de su madre, partir de nuevo a París donde le esperaba la inmortalidad. Todavía no encontraba nada en su pasado que lo convirtiera en una fiera. En la capital francesa estudió sin descanso. Recibió clases de los maestros Bouguereau y Ferrier, donde aprendió las técnicas del dibujo, pero el exagerado Verismo, el riguroso apego a la realidad, ponían en riesgo las disparatadas formas y colores que se recreaban en su cabeza y decidió inscribirse en la École des Beaux Art y continuar sus estudios con el maestro Gustave Moreau que, contra los deseos de Matisse, recomendaba visitar el Louvre, estudiar a los clásicos y copiarlos antes de pensar en participar en el Salón Oficial. Por supuesto que asistió a los museos y estudió a fondo los clásicos, pero era al aire libre, al contacto con la luz y su poderío, donde se sentía pleno, lleno de entusiasmo y pasión por su trabajo. Finalmente, en 1896, allanado el camino por sus amigos Pissarro, Marquet y Rodin, entre otros, expone cuatro cuadros en el Salón de la Société Nationale; cuatro obras que apenas muestran el vanguardismo que luego desarrollaría el pintor… Todo parecía normal en su vida hasta entonces, nada que indicara violencia o fiereza en su conducta o en sus obras… Tal vez para indagar en otra técnica que le diera forma a todo lo que su mente recreaba estudió también escultura con Rodin. Luego abandonó las academias con el fin de dar rienda suelta a sus emociones para, sin más escrúpulos ni dilaciones, dejarse llevar en definitiva por aquella poderosa mano que insistía en mostrarle caminos nunca transitados. No pondría resistencia. Pasara lo que pasara, aunque corriera el riesgo de no ser reconocido, de ser tomado como un loco y rechazado por todos los salones del planeta, asistió al Salón de Otoño de 1905. Fue tal la lluvia de colores que el pintor desplegó en sus obras, tal las formas que concibió, la originalidad que quedó en evidencia, que un importante crítico de la época, Louis Vauxcelles, se refirió a ellas como fieras.

Ya más calmado retomó el periódico y leyó el cuerpo de la noticia. Cuando se enteró de que el calificativo lo había originado su pintura y no sus antecedentes personales, rió para sí, y ya no le pareció tan desagradable el término. Menos aún cuando, poco después, fue reconocido como el líder de las fauves ―fieras― y padre del fauvismo.

La trilogía de los malditos
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