CONDE-DUQUE DE OLIVARES
Madrid, 1635
A la hora convenida, desde la travesía del nuncio hasta los aledaños del Alcázar Real y la iglesia de San Nicolás, con un tronco de mulas tordas de lustroso tiro, el secretario Willem Hove se detiene ante el carruaje. La invernal audiencia se anuncia en el palacio del conde-duque. Un edificio enorme, situado en las inmediaciones de la plaza de Santiago, antaño habitado por Gaspar de Haro y Guzmán, marqués del Carpio y sobrino del valido Olivares, que ocupa ahora la mansión.
En el lugar, pese a la abundancia de obras de arte y joyería, predomina un aire severo, de planta cuadrada y fachada con dintel de piedras rectangulares y silueta herreriana. Los numerosos despachos y habitaciones se distribuyen en dos plantas abiertas a seis balcones de forjado austero, aunque lujosamente amueblado en el interior, entre recovecos y galerías oscuras que los braseros apenas calientan.
Mientras el carruaje le conduce por la calle Mayor al encuentro del conde-duque, Hove va pensando que los campos de Flandes siempre resultan extraños para el viajero de Castilla. Le asombra ese recorrido interminable de leguas vacías, encinares, sierras ásperas y páramos entreverados de roca berroqueña. En conjunto, no puede evitar la sensación de estar ante un paisaje desolador, muy alejado de los anchos ríos y bosques frondosos de Francia, o de la tibia serenidad del cielo y las fuentes de Roma.
A pesar de llevar poco tiempo al servicio del cardenal Monti, el embajador veneciano —que pasa por ser el hombre mejor informado de la corte— le ha explicado ya que Madrid está creciendo con rapidez, un aumento desordenado de población al que llegan muchos labradores que huyen del campo para refugiarse en la capital de las Españas. Su empaque de villa nobiliaria no deja de resultar modesto si se compara con otras ciudades de más prosapia religiosa o guerrera.
En general, con la crisis económica y el sinfín de impuestos que atenazan a la gente del común, los campesinos son incapaces de asumir una población en auge y próspera. Muchos labriegos —le advierten en la Nunciatura— emigran y dejan los campos desiertos y sin cultivar, convertidos en mendigos, pícaros, tullidos, frailes o soldados pobres, unidos al gremio de artesanos arruinados por culpa del peso tributario y la carestía de la vida. Una humanidad ambulante que malvive gracias a la sopa boba que casi todos los días dan en los conventos a los desheredados.
Los datos cifrados que continuamente le llegan son tercos, y tanto la Santa Sede como los ingleses y franceses lo saben. Con la mayor proporción de nobles de Europa, una lista inacabable de monasterios y una caterva de desamparados, la Hacienda real se halla en estado calamitoso, pese a las riquezas que llegan de América. Es un milagro que España pueda aguantar tanto.
Hove no es lerdo, y hoy ha decidido vestir con suma elegancia para dejar en alto su posición social y rango diplomático en la Nunciatura. Zapatos nuevos, ropilla negra de burbión, jubón granate con filigranas bordadas de hilo plateado, herreruelo de gorguerán, camisa de holanda, chapeo de fieltro de pluma verde y medias blancas de seda. Pero no todo es inofensivo en el aspecto del secretario. Los guantes de cuero negro van a juego con el cinturón del tahalí que sujeta la vaina del lujoso estoque.
—Entenderéis, señor secretario, que esto no puede quedar así —le ha dicho el conde-duque al flamenco en plan confidencial—. Nuestros intereses en Italia son legítimos, por no hablar de los continuos pleitos en materia de los inmoderados derechos eclesiásticos. El tribunal de la Nunciatura que Su Majestad Católica pretende transformar.
—Pero nada puedo hacer yo en tal asunto, Excelencia —suspira con afectación Hove, ajustando el protocolo a la calculada farsa. El cardenal Monti tiene todo vuestro respeto, y nadie desea menos que Su Santidad una guerra indecorosa contraria a los intereses de la verdadera fe.
En este juego de frases huecas y falaces, Olivares y el secretario del cardenal no están de acuerdo en nada, aunque parezcan estarlo en todo. El papa negocia abiertamente con Francia, es un hecho.
—España ya no puede aceptar semejante pérdida de reputación. Por no hablar de todas esas calumnias que me atribuyen. Planes descabellados contra el papa, fomentados por el embajador francés, que conspira abiertamente contra mí. Quieren hacerme pasar por un monstruo.
—Se trata de bulos, Excelencia. Maldades anónimas que no deberían preocuparos.
—Vamos, señor secretario. En este juego de intereses todo depende del equilibrio y el poder que otorga la información. Os quedaría sumamente agradecido si pudiéramos estar al tanto de determinadas maniobras contra los intereses del rey y el emperador. Saber quién es quién y por qué lo hace. Sería suficiente con que me mantuvierais avisado con la debida antelación. Discretamente, claro.
—Es un juego arriesgado el que proponéis.
—Naturalmente, seríais debidamente recompensado. Me precio de ser generoso, lo sabéis bien.
Hove hace cálculos sobre la marcha. No le hace ascos al dinero por unos cuantos informes de poca monta que no le comprometerían demasiado. Pero una vez en el anzuelo, el nuncio está seguro de que, más pronto que tarde, Monti lo sabría. Madrid es un coladero de soplones y confidentes dispuestos a vender a su propia madre por unas monedas o cualquier acomodo de negocio o beneficio. Eso le colocaría en una situación vulnerable y podría perderlo todo. Demasiado riesgo. Aquí los secretos de Estado se compran y se venden al peso, y nadie está cierto de nada. Mejor no comprometerse, al menos de momento.
—Soy leal a mi señor el cardenal y al papa —dice Hove al nuncio con devoción fingida.
—Pensadlo bien —insiste Olivares.
—La Iglesia de Roma guía mis actos y la causa católica prevalecerá. En la sacrosanta fe estamos juntos.
Todavía charlan un buen rato de asuntos que se dispersan como globos en el aire. Bajo los exquisitos modales, el taimado flamenco no da su brazo a torcer, y el conde-duque se siente muy defraudado con la cuestión. «A los traidores se les compra o se les mata», medita Olivares en la oscuridad de sus intenciones más lóbregas.
Se despiden entre zalamerías y verborrea barroca. Un poco antes de despachar, Stapleton tiene ya urdida la trampa. Un sirviente secreto confirma la señal convenida. Si la plata no basta, bastará el puñal.