AMBROSIO DE SPÍNOLA

Campamento de Casale

Todo lo que sé de la guerra lo he aprendido de los comentarios de César, que aún repaso como si fueran mi Biblia particular, unas veces en la quietud del reposo y otras entre batallas. Desde muy joven quedé fascinado por la combinación de astucia política y capacidad militar que emanan de esa figura inigualada, que sigue dándome lecciones en el arte de la guerra desde el más allá.

Con la afinidad del discípulo aplicado hacia el maestro, releo sus innovaciones tácticas, el empleo masivo que hace de las máquinas de guerra. César dobla las piezas de la rudimentaria artillería en cada legión, las emplea para mitigar el choque con el enemigo y proteger sus flancos. Su consumada destreza táctica, su sentido dinámico del mando como organismo rector de un millar de brazos que actúan coordinados por una sola cabeza.

En ningún momento su sentido genial de la maniobra brilló a tanta altura como en la batalla de Farsalia, cuando liquidó de un solo golpe a todos sus enemigos en la guerra civil.

Las fuerzas de Pompeo casi duplicaban en número a su ejército, pero la cantidad le importaba poco y buscó la batalla campal. Sus legiones eran de veteranos curtidos, las mismas que acababan de conquistar las Galias. Admiro sobre todo la genialidad de situar ocho cohortes, las ocho cohortes más famosas de la historia, detrás de su escasa caballería, justo enfrente de la caballería pompeyana, que le superaba siete a uno. Las coloca entre el flanco derecho de la legión Décima y la ladera del monte Dogandzis, ocultas hasta el último momento o confundidas tras las primeras líneas de sus legiones. Ante tan abrumadora clarividencia, Pompeyo es un topo sin ojos.

El plan era frenar a la caballería pompeyana con un ataque muy rápido y agresivo. Buscaba impedir que el enemigo consiguiera flanquear su ala derecha y atacara su retaguardia, muy debilitada, porque de ella había extraído las ocho cohortes que le darían la victoria. Las mismas que se lanzaron contra los jinetes pompeyanos, tras un ataque de tanteo de la caballería cesariana, germanos gigantescos que imponían pavor al enemigo con sus gritos de guerra y su imponente aspecto. Combaten hasta que no pueden más y luego se retiran.

Las cohortes abren filas para que la caballería germana se recoloque detrás de la infantería. Sin dar un respiro a la caballería de Pompeyo, los legionarios esperan a pie firme la embestida de los jinetes, y los frenan en seco con su muralla de escudos y jabalinas en orden cerrado. La potencia de la carga anulada por el brusco frenazo de la caballería, lo mismo que hacen mis tercios de Flandes contra la caballería de Nassau.

César ha ordenado a sus hombres que hieran directamente el rostro de los enemigos para infundirles pánico. Una cosa es la herida en el hombro o el pecho y otra el pilum entre las cejas, o atravesando el rostro, quebrando los dientes. Desmoraliza a los jinetes, que vuelven grupas, y en su retroceso atropellan a la infantería ligera situada detrás, en el ala izquierda pompeyana.

La caballería en fuga no tiene espacio para recomponerse, atrapada entre el muro de las cohortes, la ladera del monte y su propia infantería, que avanza como un rodillo. En la desbandada, las ocho cohortes cesarianas se hartan de matar hombres descabalgados en las cuestas del Dogandzis, con los caballos que relinchan despavoridos y jadeantes, los ojos enloquecidos, buscando escapar de la masacre. Pompeyo, perplejo, «no sabe, no contesta», y deja tirados a sus hombres en el campo de batalla. A partir de ahí, la retirada es ya un desparrame de carnicería y muertes, hasta que el brazo de los vencedores se aburre del degüello y los últimos pompeyanos se entregan prisioneros.

En Génova volví a ver a mi esposa, Juana, que allí había quedado esperándome con nuestros cuatro hijos, dos varones y dos hembras. Quince años sobrevivió esta mujer abnegada a la separación, durante los cuales se entregó a la educación de los hijos. Después, las dos hijas entraron, como era costumbre en la familia, en el monasterio de San Leonardo, a perfeccionar su talento y virtudes, y los hijos varones fueron a la corte de España, de pajes reales.

Libre ya de su cuidado, ella pudo dedicarse a ejercicios piadosos. Era una gran mujer que aborrecía la vanagloria, y solo celebraba mis victorias por considerarlas beneficiosas a la causa de Dios. También tuve la fortuna de contar con ella en lo tocante a los dineros, pues en lugar de afligirse por las cuantiosas deudas que yo había contraído al servicio de España, me entregó toda su fortuna y cumplió con celo las instrucciones que le di en materia financiera.

De mis dos hijas, la menor, María, quiso ser religiosa, y lo hubiera cumplido de no ser porque el Señor se la llevó al otro mundo prematuramente.

A la mayor, Polixena, la casé con el primogénito del marqués de Loriana, Diego Mexía Felipez de Guzmán, un yerno del que no tengo queja alguna y que siguió mis pasos en la milicia al servicio del rey.

En cuanto a mis dos hijos, Felipe y Agustín, continuaron al cuidado de su madre hasta que el mayor cumplió trece años y el menor diez, y de esta edad pasaron ambos a la corte de España a servir de meninos o pajes de honor de la reina doña Margarita, la esposa del rey Felipe III.

En la corte sorprendió la modestia piadosa y el ánimo generoso de Agustín, a quien por su inocencia y pureza de costumbres compararon con Luis Gonzaga, que también fue menino en Madrid de María de Austria y dieron por santo y venerado en los altares.

Cuando murió la reina Margarita en 1611, pensé en llevar a mis hijos conmigo para emplearlos en la milicia, pero el mal estado de los negocios en Génova me obligó a enviar allí a Felipe, el más diestro en asuntos de dinero. Después de algunos años, le hice venir a mi lado a Flandes, donde dio muestras del valor e inteligencia que yo esperaba de él. Se distinguió mucho en el sitio de Breda, y tras esta memorable victoria fue nombrado general de la caballería del Estado de Milán. Luego ha estado siempre a mis órdenes, y espero que a mi muerte continué la reputación de los Spínola en los más importantes negocios de la Monarquía Católica.

En cuanto a Agustín, su carácter piadoso le hizo inclinarse a la carrera eclesiástica después de haber estudiado en la Universidad de Salamanca, donde sobresalió en las letras no menos que por su ejemplar conducta. No dudo de que, a poco que le ayuden en Roma, será lumbrera de santidad y llegará a ocupar altos cargos en la jerarquía eclesiástica de España. Dios lo quiera así.

Las lanzas
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