CARLOS COLOMA
Alcázar de Madrid, 1620
La cuestión de romper o proseguir la tregua era capital y el momento crítico se aproximaba.
Si el rey y el Consejo de Estado estaban inquietos, yo lo estaba aún más, pues al final todo el desastre vendría a parar en Flandes. Por ello decidí enviar a Madrid al maestre de campo Carlos Coloma. Un hombre tan experto en los negocios de Flandes como el que más. Su misión era procurar los recursos necesarios para los preparativos de guerra y explicar la situación del Palatinado a los parásitos atolondrados de la corte.
Coloma era un honrado general, con mucha guerra a cuestas, y me iba informando puntualmente por carta de sus gestiones, que no fueron fáciles.
En el Consejo de Estado estaban divididos. Los opuestos a la tregua revolvían las aguas de la opinión del rey, siempre indecisa. Pedían volver a guerrear, puesto que la paz no había traído las ventajas esperadas y el honor de España estaba en juego.
Por otra parte, el partido belicista holandés de los Nassau estaba deseando reanudar la pelea y se mostraba en extremo soberbio.
Aunque yo sabía por mis espías que las opiniones en las Provincias Unidas estaban divididas y no andaban sobrados de dinero, no abrieron la boca para pedir la continuación de la tregua, ni siquiera por vías indirectas, como esperábamos.
En su soberbia pensaban que deberíamos pedir nosotros la negociación, para reflejar nuestra debilidad y tener ellos la última palabra, aunque luego me convencí de que su silencio obedecía a una táctica bien estudiada. Conocían bien el deseo que en Bruselas teníamos de paz y la estrechez de dineros en que nos hallábamos.
El gasto de sustentar dos ejércitos, uno en el Palatinado y otro en Flandes, era a todas luces excesivo, y ellos esperaban que por falta de pagamentos volvieran a nuestras tropas los motines, que han sido la causa principal de no haber podido todavía ganar esta guerra.
Por todo ello estaba seguro, le dije a Coloma, de que los holandeses perseverarían en su obstinación y esperarían a ver cómo reaccionaba España a su silencio.
Eso nos obligaba a mostrar firmeza para rebajar su orgullo. Necesitábamos proclamar que no temíamos reemprender la guerra, y persuadir a nuestros enemigos de que nuestras fuerzas eran verdaderas y sustanciales. Una falsa apariencia de paz, cediendo en todo lo que los protestantes quisieran, solo traería deshonra y la total ruina de la Monarquía Católica. Pero el tiempo nos iba consumiendo a todos.