ALONSO DE MONTENEGRO
Madrid, 1635
El verano acababa, y Mauricio de Nassau, avisado del cerco de Linghem, se precipitó hacia el Rin en socorro de la plaza sitiada. Ya era tarde. Cuando llegó, la ciudad había caído. Eso le puso muy furioso. Spínola se le había adelantado, pero juró que pronto lo expulsaría de allí. Entretanto, el general, tras dejar una fuerte guarnición en Linghem, pasó a tierras de Colonia y reforzó los pasos del Rin con varios fuertes en el condado de Meurs, ya dentro de Flandes.
Temeroso de la amenaza que para el flanco del ejército católico representaba la vigilancia de Nassau, Spínola decidió sitiar la ciudad de Wachtendonk, en Güeldres, situada en una llanura salpicada de pantanos, con siete baluartes exteriores, un foso profundo y suficiente provisión de artillería y municiones de boca y tierra.
El peso del sitio recayó en el conde de Bucquoy, pero este consideró la empresa demasiado ardua, y así lo dijo.
Malhumorado, el general reunió consejo de guerra en su campamento y pidió opiniones. Bucquoy se reafirmó en lo que ya le había dicho. El otoño se avecinaba y estaban lejos de las bases en el sur de Flandes. Pronto llegarían las lluvias, las nieblas y el frío, y las fiebres harían estragos.
Los pareceres se dividieron y, como de costumbre, Spínola optó por la solución más inteligente. Decidió que se iniciara el cerco.
Aunque en desacuerdo, Bucquoy actuó con eficacia. Construyó alojamientos para la tropa, cortó las vías de socorro y los atacantes pronto alcanzaron el foso principal que protegía la plaza.
Una vez allí, colocó baterías contra los muros para contrarrestar el fuego enemigo. Tras minar uno de los baluartes, los sitiadores lanzaron el asalto y abrieron brecha. Al saber que Mauricio no podría socorrerles, los defensores se rindieron. Eran unos mil trescientos de a pie con mucha artillería.
Spínola, entretanto, había dividido su ejército en dos cuerpos. La infantería con él en Roerort, y a dos millas la caballería de Trivulcio en la aldea de Mulem, un sitio abundante en pastos.
A orillas del pequeño río Roer, fácilmente vadeable, se elevaba sobre una colina el castillo de Bruch, custodiado por una pequeña guarnición de caballería que servía de avanzadilla al cuartel general de Trivulcio.
Mauricio de Nassau, que parecía no descansar nunca, al comprobar que los oficiales estaban poco prevenidos, avanzó hacia el castillo con mucha caballería, tres mil infantes y artillería, y lo tomó con facilidad.
Entonces, mandó a su hermano Federico Enrique, un joven de ánimo resuelto y con muchos deseos de hacer méritos, al asalto de Mulem, que no cayó porque la caballería de Trivulcio contuvo el ímpetu enemigo a duras penas.
Una vez más, Spínola reaccionó a tiempo. Envió a la caballería española de Luis de Velasco en apoyo de Trivulcio, y poniéndose al frente de seiscientos hombres de un tercio de españoles, embistió contra las tropas holandesas.
La lucha estaba muy equilibrada y Spínola la inclinó a su favor con una añagaza. Por delante del tercio español puso muchos tambores tocando fuerte para hacer creer que venía con todo un ejército.
La estratagema resultó y los holandeses se dispersaron perseguidos por nuestras tropas.
Más tarde, Spínola supo que Mauricio de Nassau había resultado herido y su hermano Federico Enrique estuvo a punto varias veces de caer prisionero en el encuentro.
Aquello fue un buen colofón de la campaña de verano en Frisia, y después de esta acción, nos retiramos a los cuarteles de invierno.