AMBROSIO DE SPÍNOLA

Campamento de Casale

En ningún momento me he sentido tan cerca de César en el arte de la guerra como en la campaña del Palatinado, con un ejército endurecido, recursos suficientes y buenos jefes alrededor secundando mis órdenes. Carlos Coloma fue uno de ellos, quizás el mejor.

Quizá sea presuntuoso decirlo, porque en las guerras las previsiones no suelen pasar de un enunciado de deseos propios, pero en aquel caso la lógica se impuso. Los éxitos coronaron el esfuerzo. Fue en el Palatinado donde me sentí dueño de mi propio destino, ejecutor de una serie de maniobras combinadas que marcaron la raya superior de mi talento como estratega, que si alguno tengo se lo debo a Dios.

Inicié la invasión a comienzos de agosto en Maastricht, sin el tercio de Fernández de Córdoba, que estaba en Lorena subiendo por el Camino Español desde Milán.

De Maastricht pasé a Aquisgrán y de allí a Coblenza, donde el majestuoso Rin se une al Mosela en espectacular confluencia.

Mi avance era lento por la enorme impedimenta que llevaba el ejército. Casi cuatrocientos carros cargados de municiones, piezas de artillería, hornos de cobre y molinos sobre ruedas para moler el grano que debía alimentar diariamente a miles de hombres. Incluso tomé la precaución de llevar conmigo a un almirante y algunas compañías de marineros para no depender de barqueros locales, de los que me fiaba poco.

El Palatinado es un país llano, sin grandes obras defensivas, pero cuenta con la defensa de sus anchurosos ríos. No solo está el Rin, que divide el territorio en dos mitades, el Alto y el Bajo Palatinado, sino también el Mosela, el Meno, el Neckar y otros afluentes.

El ejército de la Unión Protestante, que mandaba el margrave Joachim Ernst Ansbach, cuando supo que nos habíamos detenido en Coblenza, se apostó en la orilla derecha del Rin. Pensaban los enemigos que yo invadiría el país por esa parte. Era cierto, pero usé de algunos ardides para confundirles, siempre con los ejemplos extraídos de los Comentarios de César, que releía en el campamento y me sabía casi de memoria.

Unos días después se me unió el tercio de Fernández de Córdoba. Con todo el ejército reunido di orden de seguir avanzando, y como los protestantes bloqueaban el camino, que discurría por terreno muy boscoso, pensé en distraerles con un engaño.

Llevé el ejército a la orilla derecha del Rin por un puente de barcas y luego marché sobre Fráncfort del Meno, una ciudad libre de la Unión Protestante. Con eso logré que el enemigo me siguiera los pasos.

Los de Fráncfort fueron sensatos. Decidieron someterse a la autoridad imperial antes que exponerse a un asedio del que solo podían esperar desgracias. Entonces pacté con el elector de Maguncia el paso franco por sus tierras y con un rápido movimiento crucé a la orilla izquierda del Rin. La maniobra fue un éxito rotundo. Con ella me situé en la retaguardia del ejército protestante, que pasó de perseguidor a perseguido y sin saber cómo actuar se replegó a sus cuarteles en Oppenheim, sobre el Rin.

Lo que hice entonces fue fijar el enemigo en esta ciudad, y entretanto Carlos Coloma rindió la población de Bad Kreuznach, a orillas del Nahe. Eso debió de ser a primeros de diciembre. Dos días después me apoderé de Alsheim, sin que los protestantes se movieran de Oppenheim, pero la facilidad del avance nos hizo confiarnos demasiado.

La misma noche que yo marchaba sobre Alsheim, un cuerpo de caballería enemiga emboscó a la caballería valona del príncipe de Epinoy cuando salía desprevenida de sus cuarteles. Murieron unos cincuenta arcabuceros a caballo y el príncipe fue hecho prisionero. Era una pequeña derrota, pero del todo insuficiente para alterar el plan general que yo tenía en mente.

Mi objetivo era ocupar una plaza bien fortificada, capaz de albergar guarnición numerosa y almacenar gran cantidad de víveres y municiones cuando llegase el invierno. La mejor opción era Oppenheim, bien defendida por el ejército enemigo. Sitiarla y tomarla por asalto resultaba aventurado, además de que retrasaría mucho el avance.

En lugar de enredarme en las incertidumbres de un cerco, hice levantar de improviso el campo de Alsheim y encaminé al ejército contra la ciudad de Worms, que yo sabía era de gran importancia política y económica para los protestantes. No solo poseía gran valor estratégico, como punto clave para dominar el Alto Palatinado, sino que también era el cuartel principal donde el enemigo almacenaba muchos víveres, municiones y bagaje.

Con eso Ansbach mordió el anzuelo. Le obligué a salir de su madriguera para marchar en auxilio de Worms. Entonces di la vuelta a mi ejército y nos apoderamos de Oppenheim con facilidad. En su apresuramiento, Ansbach había dejado la plaza defendida solo por unos cientos de hombres, casi todos mosqueteros muy buenos, pero pocos para impedirnos conquistar la población y hacernos con las reservas de alimentos y pertrechos enemigas.

Pese a estas conquistas, el conflicto se prolongó por la intervención de los ingleses, cuyo rey Jacobo I, sucesor de Isabel I, la reina arpía, hijo de la infeliz María Estuardo, decidió entrar en lid por razones familiares. La hija de María estaba casada con el elector Federico V, y el monarca inglés se creyó en la obligación moral de ayudar a su yerno con dinero y tropas para defender la herencia de sus nietos.

Las tropas inglesas que llegaron al Palatinado estaban mandadas por Horacio Vere, un buen general, veterano de las campañas de Mauricio de Nassau. Su ejército era de excelente calidad, bien armado y pagado. En él se habían alistado nobles aventureros, deseosos de saborear la gloria de las armas, como los condes de Essex y Oxford. Junto a ellos había otros jefes aguerridos con muchos años de combate a las espaldas.

Vere desembarcó en Holanda y llevó a su ejército en barcas por el Rin hasta la ciudad de Wessel, y de allí al Palatinado escoltado por la caballería de Enrique de Nassau, hermano de Mauricio, cuyo fanatismo antiespañol era tan notorio que le tenía casi trastornado.

Cuando los ingleses y los holandeses se acercaron a Coblenza después de atravesar Juliers, reuní a mis lugartenientes para decidir lo que haríamos. Entretanto, envié un emisario a Bruselas para solicitar el refuerzo del tercio italiano de Paulo Baglione, que estaba en Flandes.

La mayoría de mis oficiales no eran partidarios de marchar al encuentro de los ingleses. Pensaban que Ansbach podría aprovechar el momento para recobrar Oppenheim, y devolvernos así el golpe, haciéndonos caer en la misma trampa que le habíamos tendido cuando nos apoderamos de esta ciudad.

Finalmente, me decidí por someter la parte norte del Palatinado, muy desprovista de auxilio desde que los españoles de Carlos Coloma ocuparon Kreuznach. La misión se la encomendé al tercio de Fernández de Córdoba, que limpió de baluartes protestantes la ribera del Rin hasta Colonia y capturó a un centenar de soldados ingleses que descendían el río en barcas.

La llegada de los ingleses y la presencia de las tropas de Enrique de Nassau animaron al margrave Ansbach a atacarnos. Debió de ser a mediados de octubre cuando asaltó Alsheim por sorpresa con más de quince mil hombres, entre infantes y caballería. Esa ciudad tenía guarnición borgoñona, y su jefe, el barón de Balançon, había dispuesto mantener batidores de caballería en los alrededores para evitar ataques imprevistos.

Una emboscada de la caballería protestante a estos batidores no pudo impedir que algunos escaparan y dieran la alarma. Balançon me avisó y de inmediato movilicé tropas para socorrer Alsheim y enfrentar al margrave. Mi ejército en ese momento era inferior al de Ansbach porque la mayor parte de la infantería estaba diseminada en guarniciones y la caballería mermada por falta de forraje.

Avisté al enemigo al día siguiente y ambos ejércitos quedamos uno frente a otro en orden de batalla, separados solo por una colina que impedía los tiros de la artillería y los mosqueteros. De un golpe de vista valoré la situación. Situé mis cañones de campaña en la cima de una loma que dominaba el campo, y desde allí batimos a la caballería protestante y la obligamos a retirarse.

Tras varias horas de escaramuza, convencido de que el enemigo ya no atacaría, no quise arriesgar batalla campal. Nos retiramos en orden, sin redoble de cajas ni toques de trompeta, con los carros repletos de arcabuceros protegiendo el flanco derecho de la infantería y con la caballería en retaguardia.

Ansbach desistió de sitiar Alsheim y nos siguió con los ingleses de Horacio Vere en vanguardia. Ya pensé que iba a atacarnos entonces, pero tampoco se decidió. Por lo que me contaron luego, Vere y el conde de Essex le apremiaron con malos modos a hacerlo, pero rehusó. Pensaba que nuestra artillería estaba intacta y podría causarle muchas bajas. Irritado, Vere le dijo delante de los oficiales: «¿Cuándo vamos a luchar, entonces, si debemos evitar el fuego de sus cañones?» Pero ni siquiera al tener que soportar estas palabras se decidió Ansbach, y yo conseguí salvar Alsheim y mantener mi ejército indemne. Aunque sea vanagloria, no me importa confesar que a César le hubiera gustado lo que ese día hice.

En las semanas siguientes nos adueñamos de la mayor parte del Palatinado, incluida la ciudad de Kirchberg, tomada con un golpe de mano por un puñado de bravos borgoñones y españoles, estos últimos encabezados por Montenegro.

Ya a finales de octubre me llegaron de Flandes unos miles de infantes y caballos que había pedido de refuerzo. Con toda la tropa reunida a mis órdenes hubiera podido emprender alguna acción importante, pero los caminos estaban impracticables por el fango y eso amenazaba con disgregar el ejército. A decir verdad, y pese a los triunfos obtenidos, nuestra situación no era envidiable. El invierno estaba ya encima, las enfermedades habían castigado mucho a los tercios italianos y conseguir provisiones para una tropa tan numerosa se complicaba más cada día.

En tal situación, decidí no mover el grueso del ejército y encargar al maestre de campo Diego Mexía que terminara de reducir la comarca de Honsrück —donde los protestantes habían reconquistado algunas plazas— con un cuerpo seleccionado de españoles, lombardos, alemanes y valones.

En solo dos semanas, Mexía tomó varios castillos importantes y regresó a su base en Kreuznach a mediados de noviembre. Recuerdo el mes porque por entonces el júbilo se extendía por nuestro ejército, pues habían llegado noticias de la reciente victoria de los católicos en la batalla de Montaña Blanca, en los alrededores de Praga.

Los checos protestantes quedaron destrozados, el elector Federico V se refugió en Brandeburgo y el emperador volvió a reinar en Bohemia, pero la guerra general iniciada dos años antes con la defenestración de Praga no ha hecho más que empezar, y no la apagará una sola batalla. Lo que está en juego no es ni más ni menos que la hegemonía en Europa y el obsesivo interés francés de aplastar a la Casa de Austria.

Las heladas y la necesidad de víveres forzaron a interrumpir las operaciones. Como agradecimiento por la ayuda prestada, el emperador dio el Bajo Palatinado al archiduque Alberto, y el Alto Palatinado, al duque de Baviera, a pesar de las arteras maniobras de este para entenderse con los protestantes bajo cuerda.

Las derrotas de la Unión Protestante llevaron a su disolución. Federico V quedó anonadado y la mayoría de las ciudades y príncipes rebeldes optaron por reconciliarse con el emperador. El margrave Ansbach siguió el mismo ejemplo y aceptamos sellar una tregua tras negociar en una pequeña población del arzobispado de Maguncia.

Ansbach y el resto de los jefes protestantes licenciaron a sus tropas y juraron obediencia al emperador, pero solo de lenguas afuera. Se trataba de un acatamiento formal, producto de las circunstancias, sin que los auténticos sentimientos hubieran cambiado.

La verdad era que ambas partes teníamos interés en poner fin a la contienda y cuando eso ocurre es fácil llegar a un acuerdo. Los señores protestantes no querían que el emperador les despojara de sus bienes y privilegios. En cuanto a España, el gobierno de Madrid quería terminar la guerra cuanto antes porque en cuatro meses expiraba la tregua en los Países Bajos, y ninguno sabíamos bien qué pasaría después.

El elector palatino Federico V, que seguía creyéndose rey nominal, quedó abandonado a su suerte, pero contaba con el apoyo del contingente inglés de Vere y un par de regimientos de caballería protestante. Una fuerza insuficiente para inquietarnos, pero que le permitió asegurarse algunas ciudades importantes como Heidelberg y Mannheim. Con todo, como no se sentía seguro en el Palatinado pidió asilo a Holanda y se refugió con toda su familia en La Haya.

Habiéndome apoderado de más de treinta plazas fuertes en seis meses, y estando ya muy avanzado el otoño, distribuí a mi gente en cuarteles de invierno. Éramos ya dueños del Bajo Palatinado y parte del Alto, pero la situación general podía empeorar rápidamente si terminaba la tregua con los holandeses, y esa fue la razón por la que el archiduque Alberto reclamó con urgencia mi presencia en Flandes.

Obedecí, y dejando al maestre de campo Fernández de Córdoba con parte del ejército para custodiar lo conquistado, regresé con el resto a los Países Bajos.

Pasado ese invierno nos adentramos en 1621, un año de graves y trascendentales sucesos para la Monarquía Católica. Murieron el rey don Felipe III y el archiduque Alberto, y en España ascendió la estrella de un nuevo valido, el conde-duque de Olivares, que decidió cambiar de rumbo en la política exterior.

Su ascenso fue el principio de mi ruina.

Las lanzas
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