ALONSO DE MONTENEGRO

Madrid, 1635

La lluvia caía con fuerza, sin respiro, aplastando los campos de Flandes. Llovía desde la pascua de Resurrección. Una lluvia pertinaz y furiosa. Parecía como si algún monstruo irascible hubiese abierto de golpe las compuertas del conglomerado que ensombrecía un cielo en grisura perpetua.

El agua, una vez más, demoró el avance rápido que Spínola deseaba.

Cuando las tropas cruzaron el río Lippe se alojaron en Enschede, y allí se les unieron el tercio valón del maestre de campo Torres, la infantería sacada de las guarniciones de Linghem y un contingente de irlandeses siempre deseosos de pelea.

Empapados a todas horas, hombres y bestias sufrían. Las mulas y caballos se hundían hasta la tripa y los carruajes quedaban inservibles, atascados en el lodo. Los soldados caminaban como fantasmas y dormían mojados hasta los huesos, tiritando por el frío.

Pero Spínola no detuvo el avance. Continuamente daba ánimos a todos para que siguieran caminando, receloso de que Nassau —cuyo ejército se mantenía vigilante a corta distancia— aprovechara el retraso para poner a punto las fortificaciones que el general había elegido como objetivos. Cada hora perdida se pagaría luego con sangre de los soldados que deberían tomarlas.

Lochem, una población cercana a Zutphen, fue la primera presa. El tercio de españoles de Iñigo de Borja, el de valones de Torres y el italiano de Guido San Jorge se encargaron de tomar la ciudad frisona.

La acción se vio favorecida por unas colinas cercanas al lugar, desde las que la artillería podía cañonear a placer a las tropas defensoras. Los españoles de Borja llegaron hasta la media luna que cubría una de las puertas, y los italianos hicieron lo propio después de llegar al foso por otro lado. No hubo necesidad de gastar mucha pólvora y la guarnición se rindió pronto sin que hubiera represalias ni saqueo.

De todo ello me informó el general en notas que guardo y voy escribiendo. En Bruselas, al saber que Spínola había cruzado el Rin, el archiduque dio órdenes a Bucquoy para que con su cuerpo de ejército avanzara hasta el río Waal y la isla de Betuwe. Pero seguía diluviando, y la marcha de este cuerpo de ejército resultó tan penosa como la de Spínola.

Los soldados blasfemaban o rezaban invocando a Dios y a los santos para que dejase de caer agua. Al menos, imploraban un pequeño respiro. Un día o unas horas para poder secar la ropa y la pólvora y limpiar las armas.

Avanzando entre barrizales, los exploradores informaron a Spínola de que el río Yssel venía muy crecido y era imposible cruzarlo. El general decidió entonces dirigirse a Grol, una plaza estratégica y populosa. Desde allí las tropas rebeldes pasaban a invernar en los estados fronterizos y neutrales de Alemania, cantera inagotable de mercenarios, tanto luteranos como católicos.

Durante el invierno, Mauricio de Nassau no había malgastado la oportunidad, a pesar de la inclemencia del tiempo, de levantar una línea defensiva en la frontera oriental de las Provincias Unidas. Eran reductos de madera con trincheras y cuerpos de guardia, que se comunicaban unos con otros por la orilla occidental del Yssel y en las riberas del Rin y del Waal. Todo bien municionado y con gran número de cañones. Un sistema defensivo que se completaba con barcas artilladas que patrullaban los ríos y la permanente vigilancia del caudillo holandés, alerta en su puesto de mando, entre Zutphen y Deventer, para acudir al socorro de cualquier puesto amenazado. Bucquoy, entretanto, que estaba acuartelado en Mock, ordenó a Pompeo Giustiniani que con su tercio de italianos cruzase el Waal, algo mucho más difícil de hacer que de decir.

Los de Nassau les estaban esperando en la otra orilla, y a los italianos no les quedó más remedio que tocar retirada, algo que a Bucquoy no le sentó nada bien. Cuando Giustiniani regresó a los cuarteles de Mock, le ordenó con sequedad que se trasladase a Bruselas para informar en persona del fracaso al archiduque Alberto.

Por fin, a principios de agosto, el conde de Solre logró cruzar el río Berkel con un cuerpo de ejército. El cruce lo realizó con un puente de barcas por el que pasaron la caballería, la artillería y los carros, mientras la infantería lo hacía por otro puente construido con fajinas, sin que la intensa lluvia dejara de abatirse como una maldición tenaz, o quizá como una protesta del cielo por tanto afán humano de degollarse invocando el nombre de Dios.

A pesar de las dificultades, Solre trató también de cruzar el Yssel, guardado por las barcazas artilleras holandesas, protegido por las grandes crecidas y las trincheras que en la orilla opuesta habían levantado los holandeses. Para contrarrestarlo, el conde echó al agua varios pontones y barcas, y situó en la orilla a la artillería para cañonear las embarcaciones enemigas. Pero todo resultó un fiasco porque los proyectiles de los españoles, enviados desde Oldenzaal, eran mayores que el calibre de los medios cañones procedentes de Linghem. Un error grave que obligó a Solre a replegarse sin remedio.

La Providencia quiso que la lluvia dejara de caer tan reciamente durante unos días, y Spínola, falto de bastimentos y en vista de la imposibilidad de cruzar los principales ríos, tomó la decisión de sitiar Grol —situada en una llanura rodeada de murallas abaluartadas—, y dijo a Bucquoy que hiciera lo mismo con Nimega. La idea era que las dos poblaciones, distantes entre sí dos días de marcha, pudieran auxiliarse mutuamente si Mauricio de Nassau les atacaba en pleno cerco.

Grol estaba defendida por el río Berkel y un alto foso, y pese a su gran importancia estratégica se rindió el 14 de agosto a los nueve días de sitio.

Espoleado por la fácil victoria, Spínola resolvió tomar Rimbergh, una ciudad situada en la orilla izquierda del Rin, muy reforzada por Mauricio el invierno anterior. Los holandeses la llamaban «la nueva Ostende», y los veteranos, «la puta de la guerra», por las muchas veces que había cambiado de manos en la contienda.

En esta ocasión el general genovés no arriesgó. Nuestro ejército estaba muy mermado por las enfermedades, y probablemente no podría resistir un ataque si Mauricio acudía en socorro de Rimbergh. En consecuencia, ordenó a Bucquoy que se le uniera con sus tropas desde Brabante, y juntos pusieron cerco a la ciudad.

El holandés no dudó. «O me pierdo o libero la plaza», dijo; y decidió ir a socorrer la ciudad antes de que Spínola reforzase el cerco.

Las lanzas
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