PADRE HERMANN HUGO (S. I.)
Rheinsberg, 1629
Mientras en Holanda se rendían las honras fúnebres a Mauricio, muchos holandeses, cansados de la guerra, dejaron las armas y se retiraron a sus casas. No eran los únicos. A todas horas venían a rendirse a nuestro campo soldados franceses del ejército de Mansfeldt, que decían haber sido engañados. Sus reclutadores les dijeron que irían al Palatinado y en siete meses no les habían dado ni una sola paga. Algunos decían que no combatirían contra Spínola ni aunque los llevasen arrastrando, pues la fama del general infundía ya mucho temor al enemigo.
Viendo la gravedad de la situación en su ejército, Mansfeldt reaccionó con crueldad para restablecer la disciplina, y ordenó descuartizar a algunos que protestaban, despedazados por cuatro caballos que tiraban en direcciones opuestas. Un castigo que solo se reservaba a los autores de regicidio o lesa majestad.
Entretanto, el sitio de Breda continuaba. Sitiadores y sitiados intercambiaban pullas o rumores desde las trincheras y las murallas, con lo que se estableció una especie de tregua informal entre ellos que Spínola toleró por considerar que reblandecía la moral de los defensores.
Los nuestros, burlándose, les arrojaban pedazos de pan, y ellos les tiraban un poco de tabaco o queso, pero esta suerte de confraternización soldadesca acabó pronto.
En toda la ciudad se creía que el nuevo general holandés, Federico Enrique, les haría llegar pronto el socorro. Esperando ser auxiliados no se preocupaban ahora de ahorrar municiones y a todas horas disparaban contra nuestros cuarteles.
La fortuna de los victoriosos volvió a sonreír a Spínola. Una bala de cañón de los sitiados entró en su barraca, se llevó por delante el pabellón en que dormía y destrozó dos mesas del aposento cuando el general acababa de salir.
Cuatro días después, iba en un caballo tordo a reconocer un lugar cercano a la ciudad cuando un cañonazo le rompió el freno por debajo de la cabeza del animal, dejándole con las riendas en la mano.
Da para creer que el general está bajo la protección particular del cielo, o que cuanto más se aventura, más seguro se halla. En todo caso, estos hechos no le hicieron perder su habitual flema. Siguió visitando personalmente las rondas del cerco hasta el final, y en particular los sitios de mayor peligro. Solía hacerlo todas las noches.
No puedo por menos de encarecer que en ningún tiempo se vio tan claramente la virtud del personaje. Los desvelos continuos no le hicieron menos afable y podía coger el sueño tan fácilmente como lo rompía. Estaba seguro de haberlo prevenido todo, y eso le hacía dormir seguro.
En su vestimenta menospreciaba las galas, sin perder la dignidad de su alto cargo. Indiferente a los rigores del tiempo y del cielo, se le daba poco la lluvia, nieve o viento, fuese tarde o de noche.
Muchas veces estuvo sin comer dos días y otras muchas durmió en un carro o en la barraca de alguna camarada de soldados.
Sustentando continuamente el peso de gravísimos negocios, trabajó lo increíble, venciendo con ánimo todas las dificultades y recibiendo con el mismo semblante las cosas adversas y prósperas, para sustentar con esa serenidad la esperanza de sus soldados.
Proveer, consultar, escribir, escuchar, mandar y visitar los puestos eran su entretenimiento ordinario.
Nunca se excusó por el cansancio y nunca negó el acceso fácil con el soldado, los villanos o los espías.