AMBROSIO DE SPÍNOLA
Campamento de Casale
Una vez tomada la decisión de conquistar Breda, di orden de trabajar sin descanso en la excavación de trincheras y fortificaciones alrededor de la ciudad.
La tarea era ingente porque ingentes eran los riesgos, ya que debíamos enfrentarnos a cuatro poderosos enemigos al mismo tiempo: la guarnición de los sitiados, el ejército de Mauricio que probablemente acudiría a socorrerlos, el terreno pantanoso y cruzado por innumerables vías de agua, y el pestilente clima holandés, que iría empeorando a medida que avanzara la estación fría.
Todos los días visitaba las obras y animaba a los capitanes a esforzarse en su terminación. Como toda premura era poca, renovaba con gente de refresco a la cansada, para que el trabajo no se detuviera ni siquiera de noche.
Con estas diligencias se acabaron en diecisiete días dos trincheras enormes con varios fuertes y reductos.
El cerco iba tomando forma y contando con el concurso de algunos nobles que acudían al campamento a instruirse en las artes de la milicia. En ocasiones, hasta sentaban plaza de soldados ordinarios deseosos de combatir bajo mi mando, y ayudando en la tarea de aportar la tierra para los parapetos, remover la tierra y llevar fajina.
Madrid, entretanto, guardaba silencio, y por mis confidentes en la corte supe que del rey abajo ninguno acogió la nueva del sitio con júbilo.
A los del Consejo de Estado la empresa les parecía temeraria, y alguno de sus miembros llegó a proponer que el ejército no siguiera adelante y levantara el cerco, lo que hubiera supuesto una pérdida de reputación irreparable.
El rey, como era su natural, permanecía indeciso. Sus preocupaciones eran más de talante doméstico y libidinoso, pues de su fama de galanteador de cómicas disfrazado se murmuraba ya en corrillos callejeros. Por un lado, no quería desautorizarme, y por otro tenía miedo de que el cerco disparase el gasto previsto en Flandes para ese año, que era de trescientos mil escudos, incluyendo el pago de las nuevas levas que se hicieran.
El mismo Mauricio parecía dar por imposible la rendición de Breda, y me dijeron que se burlaba en privado de mi obstinación, considerándola rayana en locura. Tan convencido estaba que ni siquiera se tomó el esfuerzo de impedir nuestros trabajos de sitio con su ejército. Sin duda debió de alegrarse pensando que estábamos cavando nuestra propia tumba, y por tanto era mejor dejarnos solos.
La desconfianza del príncipe de Orange se extendía a muchos oficiales de nuestro propio ejército, pero yo estaba determinado a perderme antes de abandonar, y en esto seguía los ejemplos de grandes capitanes de la Antigüedad, que una vez tomada la decisión que consideraban mejor, se ataban a ella con resolución irrevocable.
Uno de los ilustres visitantes que acudieron a contemplar las obras del sitio, como si se tratara de un ameno espectáculo, fue el príncipe polaco, Ladislao Segismundo, que antes había sido recibido con mucha solemnidad en la corte de Bruselas, donde llegó a ser alojado en el cuarto del archiduque (que Dios haya) y se le hicieron toda clase de fiestas y regalos.
Cuando arribó al campamento salí a recibirle con los maestres de campo y setenta compañías de a caballo. Entretanto, en el puesto de mando hice dar una brava batería sobre la ciudad, que el enemigo respondió con el mismo estruendo.
Para que el príncipe pudiera recorrer sin peligro todas las trincheras y fortificaciones, suspendimos armas en los tres días siguientes, por todo lo cual creo que se marchó muy complacido. A uno de mis ayudantes le escuchó decir, poco antes de marcharse, que en Breda uno de los dos mayores capitanes de esta guerra, Mauricio o yo, perderíamos la reputación. Como si la cuestión se redujera a un simple duelo en campo abierto. Nada más alejado de la realidad, porque la guerra, cualquier guerra, es un negocio colectivo conformado por muchos factores, en el cual un solo hombre, por más que domine el arte militar, decide poco.
También vino a visitarnos el duque de Baviera. Parecía ansioso de inspeccionar nuestro campamento atrincherado, del que se hacían lenguas ya en toda Europa, seguramente para informar a su amigo el rey de Francia. Me reveló que, al pasar por Francia, el rey francés le había comentado que sería imposible rendir Breda. Pero no hay mejor antídoto que los hechos para disipar vanos deseos. Mauricio, cuando tuvo noticia de las obras ingentes que habíamos emprendido contra la plaza, empezó a preocuparse, pues intuía que yo iría hasta el final.
Aprovechando que casi toda nuestra caballería había ido a despedir y acompañar al príncipe Ladislao Segismundo, Mauricio se aproximó con su ejército a dos leguas de Breda. Eso me dio ocasión de salir a su encuentro con los tercios y apoderarme de un gran espacio de terreno cenagoso que nos separaba, donde aún no había cuartel alguno. La presteza de la acción impidió que Mauricio se adelantara a ocupar esa zona, y quizá truncó también que Breda se salvara, porque a través de ese terreno pantanoso los enemigos hubieran podido llevar las vituallas en carros hasta una laguna próxima, y desde ella alcanzar la ciudad en barcos.
Cerca del pantano había un gran llano que se prestaba a desplegar el ejército. Allí dispuse a las tropas en orden de batalla y en aquel paraje construí cinco fuertes y trincheras continuadas entre ellos. Esperaba que el caudillo holandés se decidiera a combatir, pero no lo hizo. Permaneció en sus cuarteles y ni siquiera salió a escaramucear.
Eso hizo que Mauricio, dando ya por desesperada la empresa de socorrer a Breda, decidiese cambiar de objetivo y tentar la arriesgada acción de asaltar de noche el castillo de Amberes, pero la jugada le salió mal por la vigilancia de un centinela español que desbarató el asalto.
Meses después hablé con ese soldado cuyo nombre he olvidado ahora. Un tal Andrés, creo, de apellido Cega o Cea. Era mozo de unos treinta años natural de Madrid, hijo de padres nobles. Estaba de posta en un orejón del caballero que miraba hacia una de las puertas, intentando protegerse del furioso viento que se había levantado, cuando desde la garita que daba al foso con agua, escudriñando en la oscuridad de la noche, le pareció ver pasar una sombra entre los ojos de un puente que daba a la parte de tierra del castillo.
Atento por desmentir que no fuese fantasía suya, volvió a ver la dicha sombra y trató de cerciorarse de qué se trataba, antes de dar la alarma sin motivo.
Esforzándose, siguió mirando hasta que descubrió con claridad unas barquillas en el agua que remaban contra el viento para acercarse a la orilla del foso. El centinela llamó entonces al cabo de escuadra de su guardia, que acudió con gente. Los soldados dispararon y dieron la alarma, y el ruido terminó despertando a todo el castillo.
Pronto la muralla quedó tan protegida de españoles que ni todo el ejército de Holanda hubiera sido capaz de tomarla. Y así se salvó Amberes.
Después de este fracaso, Mauricio mandó a su ejército recoger el bagaje y prender fuego a los cuarteles. Fue su última retirada, y a partir de ahí dicen que decayó su ánimo. Desconsolado, apenas se dejó ver de los suyos y murió poco después.