AMBROSIO DE SPÍNOLA
Campamento de Casale
Así, el tiempo iba pasando en Madrid sin que nada importante se resolviera. Olivares se cerraba a negociar una tregua larga, y yo proponía la guerra defensiva, manteniendo los soldados justos para ahorrar dinero.
Las reuniones del Consejo seguían celebrándose sin resultado satisfactorio. La mayoría de los consejeros se plegaba en todo a la opinión del omnipotente Olivares por temor a incurrir en su desgracia. Yo no sabía qué hacer para que mis opiniones sobre la tragedia en el norte de Europa tuvieran peso.
En tal situación, mi estancia en España se iba prolongando sin el menor fruto, en un completo diálogo de sordos. Con buenas palabras, planteé no regresar a Flandes si no se me aseguraba la cantidad necesaria para mantener aquellos estados con la fuerza y autoridad que convenía.
De sobra sabía que si regresaba a Bruselas con las manos vacías me aguardaban motines, desórdenes y pérdidas irreparables a mi reputación de estratega.
Pero las laboriosas y reñidas gestiones, y la prolongada y desigual lucha con mi declarado enemigo, el conde-duque, me ocasionaron profundos pesares y depresiones del espíritu que no tardaron en traducirse en graves dolencias del cuerpo.
Mi salud se iba a pique, y hallándome postrado, sin fuerzas para reponerme, recibí la orden del rey de volver a Flandes de inmediato.
Todo se hizo, sin embargo, por el protocolo normal, para dar carácter oficial a mi derrota en la corte.
Olivares reunió una vez más al Consejo. Una junta muy acalorada, con ataques a mi persona a cargo de sus incondicionales partidarios. El final, por tanto, estaba cantado. Todos reconocieron mis grandes méritos y servicios de boca para fuera, pero votaron mi pronta vuelta a Flandes.
Es así como en España se despacha a los hombres que le dan brillo.
Despechado y enfermo, declaré por carta al rey mi deseo de no ir ese verano a Flandes, pues ya no había posibilidad de acción ofensiva alguna por falta de tiempo. Entretanto, pedí que se diera el mando del ejército de Flandes al conde de Tilly, jefe de las tropas imperiales, para que se dedicara a quemar y saquear la parte fronteriza de Holanda con Alemania. Una tarea que yo personalmente no deseaba ejecutar.
El Consejo volvió a reunirse y reiterar que debía abandonar la corte, pero me resistí a marchar hasta no ver mis asuntos económicos resueltos.
Por fin, el rey cedió a mis reiteradas instancias y le permitió seguir en Madrid hasta ajustar mejor las cosas, con gran descontento de Olivares.
Pero mi salud empeoraba, minada desde mucho tiempo atrás por las fatigas de tantas campañas y los disgustos y pesadumbres de la corte. Por momentos sentía que todas las fuerzas me abandonaban y llegaba mi última hora.
No estaba en condiciones de volver a Flandes, pero, aun así, el rey volvió a la carga, y me advirtió con acritud que debía partir, ya que ninguna cosa me curaría tan aprisa como las aguas del balneario de Spa. «Me va la conservación de los estados de Flandes en que Spínola vuelva —escribió el monarca a su tía la infanta, según me dijo ella misma— y yo no cumpliera si no fuese él en persona a remediar el desastre de aquellas tierras.»
La altivez y arrogancia del conde-duque igualaban a su ineptitud en el manejo de la dirección política, pero tenía cautivo al rey en una dorada red de continuos festejos y distracciones, mientras desde todos los dominios de España llegaban malas nuevas.
Con mucho dolor me escribió el maestre de campo Carlos Coloma del daño en sangre, dinero y humillaciones sufrido por la pérdida en Cuba de la flota de Nueva España, que venía cargada de cuantiosas sumas y no había sido convenientemente convoyada.
El pirata Piet Heyn, autor de la fechoría, fue recibido en triunfo en La Haya, y entró a caballo en la ciudad coronado de laurel y con una palma en la mano. Heyn se permitió incluso el desvergonzado alarde de regalar seiscientos mil florines a la Compañía de las Indias Occidentales holandesas.
Nuestra armada de Dunkerque intentó responder a esta afrenta, pero, aunque salieron doce galeones al mar, tuvieron que regresar pronto al puerto por el mal tiempo y la falta de bastimentos.
Parecía como si todos los cañones del destino dispararan al unísono contra España.