AMBROSIO DE SPÍNOLA

Campamento de Casale

Después de la tregua de Juliers, tranquilas por algún tiempo las cosas de Flandes, no volví a las armas hasta el año 1620, cuando murió el emperador Matías y el espectro de la guerra se cebó en Alemania, que es como decir en casi toda Europa, pues por ese país pasa el nervio principal de todo el continente.

La religión, que debería unir a los hombres, termina siendo la peor plaga cuando los enfrenta. Todo empezó cuando católicos y protestantes pugnaron por colocar en el trono del Sacro Imperio Romano Germánico a un emperador correligionario.

El candidato católico era el archiduque Fernando de Austria, y el protestante, el conde Federico del Palatinado. Los acontecimientos se aceleraron para mal cuando reunidos los electores acordaron designar emperador a Fernando. Una elección que propagó con rapidez el fuego de la rebelión en Bohemia, Moravia, Hungría y otros territorios del Imperio, lo cual dejaba al emperador con escaso poder real.

Con mi recomendación, Fernando declaró rebelde y proscrito a Federico, contando con el apoyo de los duques de Sajonia y Baviera, y del archiduque Alberto, que ya había recibido órdenes de España en tal sentido. De esta forma, una vez más la chispa incendió el bosque; la llamada a las armas fue general y hube de mandar de nuevo al ejército de Flandes para ocupar el Palatinado. Pero antes de entrar en lid, el archiduque Alberto solicitó al rey que me enviara patente de capitán general de ese ejército, al menos mientras durara la campaña. El título de maestre de campo general me parecía insuficiente para tratar asuntos de guerra con príncipes poderosos.

El ascenso, además, llevaba aparejado un aumento de dos mil escudos de sueldo, lo que no me venía mal para no consumir por completo la poca hacienda que me iba quedando en Génova.

Como sospechaba, los recelos y limitaciones al nombramiento vinieron del Consejo de Estado de Madrid, y en concreto de uno de sus miembros, el duque del Infantado, que nunca ha desaprovechado ocasión de rebajarme. Su opinión era que el título de capitán general me fuera dado por el archiduque Alberto, en nombre del emperador y de forma provisional, y no por el monarca de España. Un tanto hastiado de tanta cicatería en reconocer mis méritos, empecé a reclutar ejército bajo mi mando para ir ganando tiempo, aunque el dinero para pagar las tropas desde España se demoraba como era habitual.

Le di al duque de Aerschot un regimiento de alemanes y otro al coronel Sebastian Bauer, y mandé al conde Cristóbal de Embden que rehiciese un tercero de lansquenetes veteranos. A esto añadí un tercio de infantería valona y otro de borgoñona; y otorgué patentes a treinta y siete capitanes de Borgoña y Flandes para levantar casi cinco mil caballos.

Vinieron de Italia, además, diez mil soldados viejos entretenidos por el duque de Osuna en Nápoles. De esta tropa salieron tres tercios: uno de españoles, otro de napolitanos y un tercero de Lombardía, a los que se unió otro alistado en Portugal por el maestre de campo Luis de Oliveira, pero de este solo llegaron a Flandes menos de mil infantes. El resto se perdió en el camino por las deserciones.

Nuestros preparativos para invadir el Palatinado, aunque llevados a cabo con la discreción necesaria, no podían pasar inadvertidos a los neerlandeses, que pronto movilizaron mucha gente al mando de Enrique de Nassau. Como ocurría en cuanto se olfateaba guerra, el baile de alianzas de las cancillerías iniciaba su danza macabra.

Por mis servicios de inteligencia supe que el católico duque de Baviera se había concertado con los príncipes protestantes, y que el representante del rey de Inglaterra en Bruselas había entregado al archiduque Alberto un memorial. La Corona inglesa no veía con buenos ojos que mi ejército fuera contra el Palatinado; un territorio que el soberano inglés consideraba patrimonio de sus nietos y de la dote de su hija.

Por ese tiempo, la corte de España hervía en intrigas palaciegas, tan enconadas y profundas que provocaron la caída del duque de Lerma, con quien me había entendido bien hasta entonces en lo fundamental. El sucesor era su hijo y rival, el duque de Uceda, que empezó metiendo en la cárcel o llevando al cadalso a los principales colaboradores del padre.

Declarándome ajeno a estas intrigas, y atento solo al desempeño de las armas que me habían sido confiadas, escribí al de Uceda en demanda de un millón seiscientos mil escudos que necesitaba con urgencia para proveer la campaña. Su respuesta fue alentadora, y entretanto llegaba el dinero le informé de los preparativos hechos desde agosto, cuando pasé revista general en Conflans. Tras algunas marchas y contramarchas por caminos ásperos, en un intento de confundir al enemigo sobre mis verdaderas intenciones, llegué a Maguncia con el ejército de los protestantes situado en Oppenheim, a tres horas de esa ciudad. De esta suerte, entre movimientos tácticos y algunas escaramuzas, transcurrió la campaña en el Bajo Palatinado los meses de agosto y octubre de 1620.

En esta región del elector palatino Federico V, a quien los soldados llamaban «rey de invierno» por ser ese el breve tiempo que ciñó la corona de Bohemia tras la insurrección de Praga, ocupé unas cincuenta ciudades, fortalezas, castillos y poblaciones amuralladas.

Con mi ejército, recién pagado y bien pertrechado, eludí batalla campal, y con las maniobras adecuadas alcancé a tomar los puntos clave del Palatinado en una campaña prácticamente incruenta, que uno de mis capitanes españoles comparó a «una cabalgada por los alrededores de Toledo».

Tampoco hubo asedios largos y costosos. Solo en los alrededores de Alsheim mi ejército y el luterano se vieron las caras, desplegados uno contra otro, pero ellos se retiraron y yo les dejé ir sin arriesgar un encuentro bastante indeciso, pues nuestras fuerzas eran menores.

Pocos días después de este frustrado combate, me desquité con la toma de Kirchberg, una villa medianamente grande, situada en una loma dominadora de mucho terreno circundante y con muralla de piedra. La muralla no tenía traveses, pero sí varias torres de piedra desde donde los mosqueteros enemigos podían disparar a cualquiera que se aproximara.

Estudié con atención el plano. Kirchberg solo tenía dos puertas de acceso y un foso ancho, con lo cual resultaba fácil de defender por una pequeña guarnición. Reunido con mis oficiales razoné que la manera más fácil de tomarla sería por sorpresa y con un pequeño número de soldados.

La misión se la encomendé a un capitán borgoñón llamado Misiers, experimentado y bravo. Él mismo eligió la tropa que debía acompañarle: ciento cincuenta infantes borgoñones de su regimiento y ochenta arcabuceros a caballo, a los que añadí el refuerzo de la escuadra de Alonso de Montenegro, que andaba algo cabizbajo y parecía impaciente por entrar a pelear en serio.

La fuerza salió en pequeños grupos de Kreuznach —donde estaba acantonado el regimiento de Borgoña—, para no llamar la atención de los espías enemigos que pululaban por todo el territorio. Misiers y sus hombres se encaminaron a Kirchberg, distante unas siete horas de marcha, con un carromato cargado de herramientas de zapa y municiones.

El propio Montenegro me dio puntual cuenta de todo por escrito, en una relación que envié a Bruselas para que sus méritos fueran tenidos en cuenta. Debe de estar por ahí archivada, entre los legajos del palacio archiducal, si aún no se la han comido los ratones.

Las lanzas
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