AMBROSIO DE SPÍNOLA
Campamento de Casale
Hasta el más reputado general con el que yo contaba en el sitio de Ostende, el maestre de campo Agustín Mexía, me aconsejaba no volcar los recursos en apretar el cerco hasta contar con más hombres y dinero para pagarlos. Mexía insinuaba incluso la conveniencia de estar presto a levantar el sitio, aunque no se hiciera de golpe, por no mermar la moral de las tropas.
En tan indecisa situación llegó el temible invierno. El frío, la humedad permanente, el terreno cenagoso y las continuas bajas habían hecho mella en el enflaquecido ejército. Las murmuraciones y las quejas recorrían ya los campamentos como sanguijuelas inquietas. La perspectiva se ennegreció aún más cuando Mauricio de Nassau invadió Brabante y trató de tomar Bolduque. No lo consiguió, pero a cambio se anotó el tanto de saquear y devastar el territorio católico, sabiendo que las plazas y presidios estaban apenas sin defensa, con sus guarniciones llevadas a sostener el sitio de Ostende. Un cerco como no se había conocido otro en Flandes, pese a que se trataba de una guerra con pocas batallas campales, en la que los asedios eran continuos.
Aunque sin haber vencido todavía en ningún gran cerco, yo sabía cómo actuar. No en vano había estudiado con detalle las mejores obras sobre esa cuestión que se habían escrito desde Maquiavelo, sin olvidar las campañas de César, que recordaba de memoria, y de mi maestro Alejandro Farnesio.
En el caso de Ostende, tenía el plano de la ciudad memorizado con detalle. Había pasado largas horas repasándolo con los oficiales, escudriñando el diseño de las defensas y contrastando los mapas con la información que me proporcionaban los espías, algunos de ellos introducidos en la plaza.
Un primer golpe de vista permitía darse cuenta de que la ciudad podría considerarse dividida en dos grandes sectores. Uno era la parte vieja en los alrededores del puerto, separada de la parte urbana nueva por un amplio canal. Una serie de puentes permitían la comunicación permanente de ambas zonas.
Era por demás evidente que el conjunto amurallado de Ostende parecía casi infranqueable, separado de tierra firme por un terreno de arena pantanoso, donde la infantería se hundía en el barro hasta las rodillas. Eso ayudaba mucho a los defensores a concentrarse en la protección de los muros colmados de artillería.
Al este de la ciudad, el canal Guele, profundo y navegable, rodeaba las murallas y era la vía principal en el tráfico marítimo, surcado incluso por grandes barcos al subir la marea. Eso garantizaba el abastecimiento de la numerosa guarnición, algo que solo podría impedir un bloqueo naval en gran escala, lo que resultaba casi imposible por la superioridad naval de los rebeldes.
El flanco oeste de Ostende quedaba protegido por el canal Old Haven, que por su poco calado no era navegable y resultaba un formidable obstáculo. Además, era posible regular el nivel del agua de los canales desde las esclusas en el interior de la ciudad, que podían inundar totalmente el terreno circundante. En conjunto, el Guele y el Old Haven formaban un magnífico cinturón defensivo, reforzado por todo el compacto conjunto urbano.
La parte sur, que en apariencia estaba menos defendida, era un entramado de marjales y arroyos pantanosos. Cualquier maniobra de aproximación por ese sector se hacía muy dificultosa, y el arrastre de la artillería parecía impracticable. En contraste con este terreno, el sector norte se hallaba totalmente abierto a la costa llana y arenosa del Mar del Norte, con posibilidad de recibir refuerzos y suministros en la pleamar.
Lo que más me preocupaba eran los baluartes que rodeaban la plaza. Eran ocho, de desigual tamaño y situados entre sí a distancias diferentes, cubriendo con su fuego todos los espacios del recinto amurallado. Delante de los baluartes estaba el foso de los canales, con un camino cubierto bien protegido por revellines.
También me quitaba el sueño el dique que desde el fuerte de San Alberto arrancaba en dirección al mar por el camino cubierto. El dique se prolongaba a lo largo de la playa, plagada de gruesas estacas clavadas en la arena para atenuar los daños que producían las mareas. Esta obra impedía que las crecidas del mar anegaran el campo circundante.
Eso no era todo. A las fortificaciones de la plaza se añadía la superioridad naval de los holandeses, lo que permitía el socorro constante de los defensores. Su número podía oscilar entre los cuatro mil y ocho mil, según la coyuntura, y a esto se añadía la población civil, que de grado o por fuerza prestaba gran ayuda.
La dificultad de imponer un cerco férreo alrededor de toda la plaza implicaba que esta no se rendiría por hambre o falta de abastecimientos. Tendría que ser tomada por la fuerza, lo cual confirmaba los malos presagios que se hacían en Madrid. No quedaba más remedio que luchar metro a metro para intentar abrir brecha en las defensas, y desde allí tomar la ciudad al asalto, calle por calle.
Por otra parte, ya habían surgido los primeros brotes de desconfianza. Alberto sabía —cuando todavía vivía Federico— que le ocultábamos lo fundamental de nuestros planes, dirigidos secretamente a desembarcar en Inglaterra.
El archiduque consideraba esto no solo una afrenta personal por no haber sido consultado, sino también una decisión que mermaba su autoridad y las fuerzas necesarias para defender Flandes.
Muy molesto, Alberto pidió a Zúñiga una entrevista.
—Embajador. Sé lo que está tramando Spínola.
—Alteza...
—No os hagáis el lerdo. Por mano secreta me han avisado, y vos también estáis al tanto.
Zúñiga calló. Le parecía absurdo mentir o disculparse ahora que el archiduque estaba enterado del proyecto. Hacía tan solo unas horas que había recibido cartas cifradas del propio rey. Los seis mil italianos a mi cargo —decían las nuevas—, con un tercio de napolitanos, debían ir donde Federico de Spínola tenía sus galeras. Ocho en total y una tropa de mil españoles recogida en Lisboa. Ahí debían juntarse mil valones y alemanes y otros tantos caballos.
Con todo eso, Federico se proponía asaltar Inglaterra y hacerse con un puerto o una cabeza de playa. Después, Dios diría, porque en la guerra no se puede tener todo previsto. Primero se engancha uno y luego ya se verá.
Pero como los más precavidos avisaban, al final se torció el desembarco. Las necesidades de la guerra, la perspectiva de alcanzar la paz con Inglaterra y la inercia del archiduque forzaron al rey a desistir de la empresa.
Con la nueva situación quedé en suspenso y el archiduque vio la ocasión de pedirme que le cediera los tercios traídos desde el norte de Italia. Me dijo que sin ellos le sería imposible continuar el sitio de Ostende y frenar las devastadoras incursiones de Mauricio de Nassau en los territorios católicos.
Me resistí a cederle tan selecta tropa. Yo no quería emplear esos tercios hasta que Federico llegase a Flandes con sus galeras, pero hube de ceder ante los ruegos y veladas amenazas de Alberto.
Con esa tropa italiana, el archiduque marchó a Diest, y allí reunió al almirante de Aragón y capitán general de la caballería de Flandes, Francisco de Mendoza, con otros oficiales, para enfrentarse al ejército holandés.
Mendoza presumía de haber nacido en la Alhambra de Granada cuando su padre era capitán general de ese reino. Por meterse en manejos matrimoniales fallidos de la rancia nobleza, cayó en desgracia y el rey lo recluyó dos años en castillos. Sus soldados creían que tenía algo de gafe. Capturado por los holandeses en Nieuport, estuvo preso en La Haya hasta que sus parientes reunieron el pago del rescate. Era hombre muy de confianza del archiduque, que incluso alguna vez lo dejó a cargo del gobierno de los Países Bajos cuando tuvo que ausentarse temporalmente.
Aunque obligado a servir en la defensa general de Flandes, por lo menos durante el verano, mantuve las distancias con el archiduque. Pese a transigir con obedecer las órdenes de Mendoza, conseguí conservar el mando directo de mis dos tercios italianos, que marchaban y se alojaban separados del resto del ejército.
El verano avanzaba y los ejércitos se movían. Las rivalidades entre los jefes quedaban soterradas para evitar descalabros mayores. Mendoza decidió progresar hasta Tillemont, y allí recibió noticia de que el enemigo venía a su encuentro. Eso le puso muy nervioso, pero como su ejército estaba bien atrincherado, Mauricio de Nassau no quiso entrar al trapo y rehusó el combate.
Al holandés, después de ocupar la ciudadela de Helmont, le pareció más fácil y conveniente sitiar la ciudad fortificada de Grave.
Ante la situación, Mendoza se reunió conmigo y otros maestres de campo. Todos coincidimos en ir en socorro de esa ciudad. El tercio napolitano de Tomás Spina y el portugués de Antunes acometieron de noche el campamento holandés, mientras yo atacaba por el otro.
El combate duró tres horas, pero como la resistencia era más dura de lo previsto levantaron el campo.
Molesto por la retirada, acudí a ver a Mendoza en una aldea cercana a Maastricht, en la que había instalado su puesto de mando.
—¿Por qué dejamos el ataque? —protesté—. Con un esfuerzo más les hubiéramos vencido.
—Ved vos mismo la causa.
El almirante de Aragón me dejó leer una nota que acababa de recibir, traída al galope por un correo de su caballería. En Lieja se habían amotinado seiscientos soldados del bando católico.
—Hay que atajar esto —dijo Mendoza—. Siempre igual. Cuando estamos a punto de ganar nos apuñalan por la espalda. El oro holandés no debe ser ajeno al motín, como bien sabéis.
Estuve de acuerdo en marchar de inmediato contra los amotinados. Con mis dos tercios de italianos, en pocas horas los reduje a la obediencia. El alzamiento aún no había calado profundamente en la tropa, y presioné a los cabecillas para que claudicaran. A cambio, les prometí que no habría represalias. Solo la caballería, que se perdió al galope en las poblaciones cercanas, persistió en la revuelta.
Mendoza, que dudaba si perseguirles, recibió entonces la mala noticia de que Grave había caído.
—Otro triunfo más del hereje —murmuró con amargura al saberlo.
Uno de sus ayudantes le comentó que tras tomar Grave era muy posible que Mauricio de Nassau atacase Venloo, y hacia allí se movió Mendoza con todo su ejército para defender aquella plaza.
Mientras, yo tomaba buena nota de todo. Mis tropas se desgastaban por las fiebres y la sífilis, pero aumentaba con rapidez mi experiencia en campaña. La guerra era un torbellino, un carrusel de fuerzas ciegas manejadas a capricho por alguien empeñado en confundir y destruir a los hombres. Pero había algunas reglas, y yo estaba dispuesto a aprenderlas todas, como un peaje obligatorio para escalar la cima de la fama.
El tiempo pasaba y el rey insistía en la empresa contra Inglaterra. Continuamente le llegaban nuevas de sus inteligencias en ese país. Los católicos ingleses, muerta ya la reina Isabel, requerían su ayuda para liberarse de la opresión de los anglicanos, que les perseguían ferozmente. Algunos sacerdotes habían sido colgados y descuartizados solo por el hecho de vestir los hábitos.
Pero a medida que el tiempo transcurría, mis tercios se iban reduciendo por las bajas y las enfermedades de la campaña. Las fiebres, sobre todo, y el mal gálico hacían estragos.
Con la demora, la proyectada empresa contra Inglaterra se convirtió en un secreto a voces. El rey terminó descubriendo el plan al archiduque poco antes de que finalizara el año 1602. «Debéis auxiliar en todo lo que podáis a los Spínola —le venía a decir por carta a su sobrino—, y proveerlos de artillería, bagajes y municiones; amén de ayudarles a completar levas de unos veinte mil de infantería, más otros dos mil de a caballo. Aún no es tarde para desembarcar en Inglaterra si os dais prisa.»
Alberto de Austria, desde luego, no tenía ninguna prisa, y celoso de su autoridad sabía lo que debía hacer, con orden del rey o sin ella. Por lo pronto, impedir la leva, aunque cubriéndose las espaldas con el tradicional «se obedece, pero no se cumple», que es el arma suprema de cualquier funcionario para no ejecutar lo que le disgusta. «Y si el rey no está contento —pensaba—, que venga aquí él a resolver este embrollo.»
El archiduque habló con su esposa y escribió al monarca. Le insistió mucho en la dificultad de tamaña empresa contra Anglia, aunque (mentía) daría a Spínola cuanto el rey le mandaba.
Unos y otros jugaban a engañarse. El rey, fingiendo que sus órdenes se cumplían; Alberto de Austria, aparentando consentir sin mover un dedo; y yo, aparentando creer que las cosas marchaban con normalidad, aunque con lentitud. Al fin y al cabo, estábamos tratando con la maquinaria estatal de España, y la sabiduría popular española ya lo advierte: las cosas de palacio van despacio.
Alberto debió de sentir su reputación aliviada cuando nos dijo que el rey le había informado del plan de invadir Inglaterra, y nos concedió su venia para iniciar las levas.
Un tanto desconcertados, pusimos manos a la obra. Federico se encargó de reclutar gente en Flandes, y yo hice lo mismo en Italia y Alemania. En este país levanté dos regimientos, de seis mil infantes cada uno, y otro más en Valonia, que puse a las órdenes de Jacobo Franceschi. Luego pasé a Italia. Allí recluté un par de tercios de italianos y quedé a la expectativa de lo que mi hermano hiciera en Flandes. Confiaba mucho en la pericia y audacia de Federico, a quien la buena estrella (sin la cual ningún valor es suficiente) parecía favorecer. Una vez más, la Fortuna parecía ser su fiel compañera.
Pero si en Flandes todo eran penas, en España las alegrías de la corte no cesaban, pese a una terrible epidemia de peste que diezmó a la población en cinco años. La plaga aún no había cesado, y los cadáveres seguían amontonándose en los cementerios y atrios de iglesias y conventos.
En los primeros días de enero de 1601 —me informaron en Madrid— cayó tanta nieve en Guadarrama que el rey no pudo salir a cazar ni holgarse como deseaba, y hubo de continuar jornada por tierras de Burgos y Zamora.
Con la nieve arreciaron las lluvias, y el monarca, frustrado en sus afanes cinegéticos, pasó con su esposa desde El Pardo a palacio, donde le habían preparado una mascarada de caballeros y damas, para festejar que la reina había cumplido 16 años el día de Navidad.
Mis informantes secretos en la capital, pagados a buen precio, contaron que al festejo estuvieron invitados los embajadores del emperador, Francia y Venecia, el nuncio papal, el confesor del monarca, los presidentes de los consejos reales y muchas, muchas señoras de la corte. Todas muy excitadas por sacudirse el aburrimiento invernal del Alcázar madrileño, un edificio noble pero sombrío, de dimensiones reducidas para albergar a la gran cantidad de servidores, funcionarios, parásitos y buscavidas, hombres de armas, condes, duques, marqueses y clérigos que inundaban sus salas y pasillos. Allí alimentaban sus días en procura de mercedes y ascensos, o simplemente para ir tirando con apariencia de decoro.
La fiesta de máscaras del aniversario, por lo demás, quedó bastante bien como solía ser habitual, y el rey quedó muy complacido con el desfile disparatado que le organizaron.
Ninfas, guiadas por la duquesa de Medina Sidonia, bailaron una danza muy bien concertada, en la que tornearon unas con otras, dándose golpes con espadas de madera como se usa en los torneos.
Luego entraron otras, con la duquesa de Lerma en cabeza. Todas en hábito de cazadoras, que hicieron danza sobre un carro triunfal.
Vestidas como para juego de cañas, danzaron y jugaron dando tiempo a la entrada de otro carro con otras seis damas, cada una con su divisa. Una de ellas recitó un soneto y las restantes danzaron con hermosura y riqueza de vestidos y joyas, igual que las que habían precedido.
Acabadas las carrozas, las damas se situaron en sus lugares, y las señoras que estaban en la fiesta tomaron asiento al derredor de la tarima donde estaba el dosel. Y aunque la sala estaba llena, hubo tanto silencio y compostura como si no hubiera nadie. En esto hizo su entrada el rey, con el duque de Lerma y otros caballeros mayordomos de la reina, gentilhombres de cámara y criados.
Iniciada la música comenzaron las danzas. El rey bailó con la reina dos veces, y con la danza postrera, que fue la que llaman «del hacha», se acabó la fiesta, que duró desde las ocho a la medianoche, y todos salieron muy contentos y alegres.
Plegue a Dios se alegren y regocijen Sus Majestades largos años. ¿Qué podría decir de tales saraos ahora que veo próxima la sonrisa de mi propia calavera?