ALONSO DE MONTENEGRO

Madrid, 1635

Recordando el episodio cierta tarde lluviosa en la taberna de El Gallo, Montenegro, un poco pasado de revoluciones por el mal vino, se lo explicaba a Monzón.

«Como era de esperar, mi señor Spínola no lo dudó y enseguida apoyó firmemente a Condé, lo mismo que hizo la infanta Isabel Clara Eugenia, que excedía en mucho a su marido en disposición de ánimo.

Por su valiosa influencia en la corte de Bruselas, el general consiguió que el archiduque revocara la orden de expulsión dada.

A Alberto le entraron sudores fríos al ver las proporciones que había adquirido el suceso, y pidió ayuda a mi señor Spínola, al marqués de Guadaleste y al conde de Añover.

A los tres les dijo que podían escribir a Condé y decirle que se quedará secretamente en Flandes hasta que el rey don Felipe decidiera, pero sin que el nombre del archiduque apareciera para nada. Una actitud cobardona y digna de Poncio Pilatos, pero cada cual lleva consigo el metal de que está hecho, y el de Alberto tenía consistencia de hojalata.

Su debilidad y la concupiscencia del rey de Francia habían degenerado en un grave problema de Estado.

Con un pasaporte que le entregó el general, Condé regresó a Flandes, y el archiduque le pidió que llegara a un acuerdo con el rey francés y volviese a París.

Pero Condé se negó. Con gran dignidad dijo que no entraría en Francia mientras viviera Enrique IV.

Yo estuve presente en una de las conversaciones que el príncipe mantuvo con el archiduque Alberto y el general, pues Spínola me había asignado el papel de guardián del príncipe y su bella esposa. Eso me permitió escuchar el diálogo desde la antecámara en que me hallaba cumpliendo mi cometido.

Condé hablaba en francés y yo apenas entendí lo que dijo, aunque luego me lo explicó todo Spínola, y así lo digo ahora.

A principios de 1609, el príncipe tenía 21 años cuando pidió la mano de Carlota Margarita, que entonces contaba 15.

Ya entonces, el príncipe se apercibió de que el rey de Francia se había encaprichado de su prometida, y no quiso seguir adelante con el matrimonio.

Pero el rijoso Enrique se enojó e insistió en que el casamiento se llevara adelante.

—Nada debéis temer —le mintió—, pues jamás haría el amor con vuestra mujer, y después de casado podéis llevarla adonde queráis.

Aunque receloso, Condé creyó en la palabra de su rey y celebró el matrimonio. Pero, en cuanto acabó el banquete de boda, llegaron enviados de la corte para decirle que debía llevar a su esposa al palacio de Fontainebleau para besar las manos de la reina, como acostumbraban hacer las damas principales de Francia.

Condé llevó a su mujer al palacio para hacer esos cumplimientos. Pensaba que durarían dos o tres días, pero le retuvieron más de diez, y en ese tiempo el rey Enrique se quitó la careta y mostró otra vez su libidinoso deseo.

—Príncipe —le dijo—, estáis obligado a quedar cerca de mi persona y a dejar a vuestra esposa con la reina.

—De mi persona podéis disponer —respondió Condé con dignidad— pero solo yo soy dueño de mi mujer, y ella no se quedará con la reina. Eso sería lo mismo que entregárosla en la cama.

A esto el rey replicó con palabras duras:

—Soy vuestro amo y el de vuestra mujer.

—Pues lo que decís no podrá ser si no es por la fuerza.

—A ella me obligáis.

En vista de que Condé no pasaba por entregarle a la hermosa, el rey Enrique intentó que cediera a cambio de dádivas. Le ofreció hacerle cabeza de su Consejo y dejarle gobernar las finanzas y negocios más importantes de Francia.

Pero el príncipe no cedió y persistió en querer llevarse a su mujer a casa.

Entonces el monarca cambio de actitud. Mandó que no se pagasen más a Condé sus entretenimientos ni pensiones, y que nadie le prestase dinero, so pena de crimen de lesa majestad. Con esto pensaba reducirle a un estado de necesidad que le forzara a suplicar al rey y acomodarse a su voluntad.

Entonces Condé se encerró en su castillo y decidió vivir estrechamente, como un caballero venido a menos.

Pero eso no le sirvió de mucho.

Enrique IV, enloquecido de lascivia por poseer a la princesa, intentó hablar con ella de mil maneras.

Disfrazado y con barba postiza para no ser reconocido, trató de entrar en los aposentos de la bella sin conseguir su propósito. Encendido de excitación, determinó entonces usar la violencia. Mandó llamar al príncipe y le dijo que, si no le entregaba a su mujer dentro de diez días, mandaría a sus esbirros a por ella y sería encarcelado en la Bastilla.

—Eso es una tiranía —le contestó el príncipe—. Nada he hecho que merezca ser puesto en prisión.

—Me da igual, soy el rey —contestó Enrique.

Después de estas palabras, el príncipe, considerando el peligro que corría su honra y su vida, decidió desaparecer de Francia con su mujer. Sabía bien hasta dónde podía llegar la vesania del rey tirano, señor absoluto de vidas y haciendas en su país.

«Una noche de mucha luna —escribió Montenegro—, apareció ella en el balcón de sus aposentos, vestida con un salto de cama transparente y con los largos cabellos sueltos sobre los hombros, mientras el rey Enrique la requebraba desde el jardín y pedía a sus ayudantes una escala para subir hasta el objeto de sus ansias.

En vista de que el rey no encontró nada a mano para alcanzar el balcón, Carlota volvió a su cámara y se la oyó decir: «¡Dios mío, qué tonto es!», riendo sin rebozo.

La disparatada situación decidió a Condé, que preparó con astucia la fuga. Dijo a su soberano que estaba de acuerdo en que su mujer fuese a palacio y el rey la tuviera a su disposición. Lo único que pedía era llevarla él mismo.

El Borbón consintió satisfecho, y el príncipe partió donde estaba su mujer. Sin pérdida de tiempo la subió a las ancas de su caballo y cabalgó hasta entrar en Flandes.

Una vez ambos en territorio hispano, los enredos se multiplicaron hasta componer una especie de tragicomedia cuyas consecuencias podrían haber terminado en un baño de sangre en Flandes.

El embajador francés, marqués de Covre, y el embajador ordinario en Bruselas fueron a la casa del príncipe y le entregaron dos papeles. Uno de ellos era un perdón del rey si volvía a Francia, de lo contrario se le daría por traidor y autor del crimen de lesa majestad, y se procedería contra él.

Los embajadores franceses se retiraron, y esa misma noche el príncipe escapó de Bruselas con la ayuda del embajador español, conde de Añover.

Spínola entretanto intentaba interceder al rey don Felipe por el príncipe de Condé, argumentando que nos interesaba tenerle de nuestro lado para el caso, muy probable, de que se renovaran las hostilidades con Francia, nuestro principal enemigo.

El príncipe partió a Milán con cinco caballos, los criados que le espiaban y el secretario Hove, siempre solícito y a mano en cualquier suceso. Condé hizo el viaje —como le aconsejó Spínola— por caminos poco frecuentados y disfrazado, pues los esbirros y agentes franceses acechaban en todas partes.

En tan crítica situación —me confesó el general— hubo quien venenosamente comentó en la corte de España que la defensa de Condé era interesada, pues, ávido de gloria, Spínola no estaba a gusto por la inacción a que le obligaba la tregua concluida con las Provincias Unidas, y buscaba aprovechar la menor ocasión de conflicto para reanudar la guerra con Francia.

Poco le conocían los que así le calumniaban. Juro ante Dios que su conducta en este asunto fue ajustada a las leyes del honor y a los intereses de la Corona hispana. La maledicencia de un rey rijoso y de sus lisonjeros cortesanos no podrán empañarla.

Pero los difamadores de España encontraban eco entre la mayoría de los ministros españoles en la corte de Bruselas, que criticaban el amparo que se daba al fugitivo francés y creían que Carlota debía solicitar el divorcio y volver con su rey a Francia, por temor a que este país nos declarara la guerra.

Desoyendo insidias, Spínola decidió resistir la presión y ser fiel a su conciencia.

Para eliminar cualquier duda, un día se encaró con Alberto, que parecía un tanto titubeante.

—Su Alteza no puede olvidar —le dijo— la palabra dada a Condé, tampoco que el pretexto de divorcio no es más que una artimaña para entregar a la princesa a la sensualidad del rey Enrique.

Así se lo dijo también al nuncio Bentivoglio, quien, aunque era su amigo, no tenía otros intereses de los del papa, al cual sabía inclinado a Francia.

Sabiendo que todo lo que le dijera iría a Roma, el general se mostró tajante:

—Eminencia, me conocéis y sabéis que soy un firme partidario de la paz, pero lo soy más de mi honor y el de mi rey. Por salvarlos, estoy dispuesto a seguir en Bruselas y sacrificar lo poco que me queda de vida y fortuna.

El nuncio pareció mostrarse comprensivo, pero en su lenguaje retorcido vino a señalar la conveniencia de resolver el problema devolviendo a la princesa a su país.

—Preferiría morir antes de ser testigo de tan indigna afrenta —respondió Spínola.

Con una media sonrisa y un amago de bendición, decepcionado, el cardenal debió desaparecer sigilosamente entre las columnas del salón de su palacio, escenario de la conversación.

A todo esto, el marqués de Covre, en vista de que sus gestiones con el archiduque no daban resultado, pensó en secuestrar a Carlota. Un secuestro al que ella debía dar su asentimiento.

Secretamente, trató de persuadirla. Para ello empleó no solo palabras, sino cartas del condestable, padre de la princesa, y de su tía, madame de Angulema.

Con todo esto se resquebrajó la voluntad de la dama, que estaba disgustada con su marido por empezar a sentirse prisionera en Bruselas.

Finalmente, Carlota consintió en ser llevada a Francia a escondidas de su esposo. El plan del marqués de Covre consistía en sacarla de noche del palacio de Orange, donde moraba. La descolgaría con escalas y tras sortear las murallas de Bruselas la llevaría a uña de caballo hasta la frontera francesa, donde esperaba un carruaje que la conduciría a París.

Cuando estaba a punto de realizarse el secuestro, Spínola avisó enseguida al archiduque.

De común acuerdo, consultado también Condé, el general resolvió que, al día siguiente, so pretexto de los disgustos que existían en ese momento entre los esposos, Carlota fuese llevada a las habitaciones de Isabel Clara Eugenia en el palacio de los archiduques.

Pero advertido el embajador francés por sus espías, que también se mantenían cerca de la princesa, decidió intentar esa misma noche el secuestro, de concierto con Carlota. Por fortuna, yo estaba alertado y al tanto de todo por el general.

La princesa cumplió las instrucciones que Covre le había dado.

Se dijo indispuesta para dormir separada de su marido, y el embajador francés y sus hombres permanecieron en su habitación hasta la hora de la cena. Luego, la mayor parte se escondió en un jardín que había delante de las ventanas por las cuales pensaban sacar a la princesa.

Para desbaratar el intento, con autorización del archiduque, Spínola puso guardias en torno a la habitación de Carlota.

Serían las dos de la madrugada cuando entraron en el patio principal del palacio de Orange un tropel de caballería y unos seiscientos hombres armados que ocuparon el jardín y los alrededores del edificio.

Airado, Condé entró en la antecámara de la princesa, donde estaba todavía el embajador con algún agente principal, y comenzó a divulgar lo sucedido y a echar pestes contra el rey de Francia y sus ministros.

Sobrecogidos por el rumor y las voces, el embajador y los nobles franceses abandonaron a la princesa, desconcertada y llorosa, y fueron al palacio del archiduque.

En un alarde de cinismo muy diplomático, se quejaron de que se les atribuyera tal propósito, achacándolo a invenciones malignas.

El archiduque, todavía somnoliento, disculpó a Condé, atribuyendo el suceso al estado de temor y sobresalto en que vivía, y al día siguiente la princesa fue llevada al palacio de los archiduques. El embajador francés quedó corrido y burlado. Juraba que aquello no quedaría sin castigo y con razón dedujo que Spínola era quien había desbaratado su trama.

No fue menor la ira del rey francés al saber lo ocurrido. Escribió a Covre que diese a Condé un ultimátum definitivo. O vuelta a Francia con perdón de todas las ofensas, o que se atuviera a las consecuencias.

Eso sonaba a grave amenaza y fue entonces cuando Spínola recomendó al príncipe que partiera secretamente a Milán, donde le protegería el gobernador español, conde de Fuentes, y de ahí a Münster, en Alemania.

El embajador, al comprobar la fuga, marchó a Francia a informar a su rey, que perdió el juicio de rabia al saberlo. Tal coraje le entró que decidió reclutar levas de alemanes, suizos, ingleses y holandeses, y entrar en Flandes con un poderoso ejército, con el pretexto de socorrer en Alemania al elector de Brandeburgo y al duque de Neoburgo. Ambos se habían dividido los territorios del difunto duque de Cleves, a lo que se oponía el emperador Rodolfo II.

No hay que decir que la noticia de estos aprestos militares conmovió el ánimo de Alberto, quien a pesar de las reconvenciones de Spínola empezó a barajar la idea de entregar a la princesa por no ver devastados y ocupados sus estados.

El general hubo de usar toda su autoridad para mantenerle firme en el cumplimiento de la palabra que había dado al marido de Carlota, que tan útil podía sernos en el futuro.

Las lanzas
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