PADRE HERMANN HUGO (S. I.)

Rheinsberg, 1629

Cuando Spínola descubrió los planes de Mauricio para auxiliar Breda con fuerzas extranjeras, superando el rigor del invierno, decidió asegurar el cerco construyendo una trinchera circular mayor. De este modo previno que con la llegada de la primavera los refuerzos del enemigo no pudieran cogerle desapercibido.

La trinchera de Spínola era enorme. Tenía cincuenta mil pasos de circunferencia, y ni Pompeyo ni el mismo César hubiesen creído posible una obra de tales dimensiones, que superaba cuanto ellos habían hecho antes.

Como era de esperar, los de Breda, al ver la magnitud de las obras del cerco, y como los socorros prometidos no llegaban, empezaron a desmayar y acongojarse. Ya les faltaban el queso y el pescado, y se habían disparado los precios de otros bastimentos como la manteca, el aceite, los huevos, las arvejas o el tocino.

En ese momento crítico llegaron a Geertruidenberg las naves con la infantería protestante que Mansfeldt traía de Francia, Inglaterra y Alemania, pero el cielo decidió ayudarnos otra vez. El temporal arrojó muchas de esas naves a la costa y, como si el invierno hubiera reservado para la ocasión todos sus fríos, las riberas quedaron bloqueadas por el hielo, lo que impedía la traída de vituallas.

La soldadesca embarcada, hambrienta y descorazonada, llevaba ya muchos días en los barcos, y con el hedor y el hacinamiento muchos se marearon o cayeron enfermos. La mayoría de esa tropa eran bisoños, no acostumbrados al mar y las tormentas, y murieron muchísimos de peste y fiebres.

A los muertos y moribundos que aún respiraban los tiraban al agua, pero algunos de los que se daban ya por acabados consiguieron llegar nadando a la orilla.

Muchos quedaron sin enterrar en la costa, junto con otros cadáveres que el mar devolvió, y al descomponerse ocasionaron una epidemia en las poblaciones holandesas cercanas.

Algunos supervivientes lograban escapar y pedían entregarse en nuestros cuarteles desarmados y deshechos. Eran gente inexperta, sin entrenamiento militar ni práctica de disparar. En pocos días, menguados por las enfermedades y las deserciones, apenas quedaban cuatro mil de los catorce mil que traía Mansfeldt y, al ver detenidas por el hielo las naves enemigas, algunos capitanes suplicaron a Spínola que aprovechara la ocasión para ocupar Sevenbergh y Roosendael con el tercio de Carlos Coloma. Se sabía que eran plazas poco fortificadas y sus defensores estaban más prontos a huir que a pelear.

Pero Spínola, ponderando más las cosas, se mostró cauto. Quiso reservar fuerzas para la batalla final de Breda, pensando que por causas muy livianas suele cambiar la suerte de las guerras, y no era de jefe prudente procurar victorias menores con peligros mayores.

De repente, con la luna de marzo, que es cuando se embravece el océano, el tiempo cambió. Fue tan grande la violencia del agua que se deshicieron totalmente muchas de las fortificaciones del enemigo en el exterior de Breda. Los caminos de nuestros cuarteles quedaron empantanados, y el abastecimiento de comida se interrumpió.

Nunca se vio entonces más claramente la merced que Dios había hecho a nuestro ejército aquel invierno, pues si el tiempo hubiera sido tan inclemente y con tanta nieve como el que tuvimos pocos días antes de la primavera, no habríamos podido mantener el sitio.

En esos pocos días en que apretó más el frío, a muchos se les helaron los miembros. Algunos centinelas murieron congelados en sus puestos, y a otros hubo que amputarles las manos y los pies que tenían helados.

También perecieron en los caminos muchos carreteros y vivanderos que por la lluvia, nieve, lodo y viento no pudieron refugiarse de día y quedaron expuestos a la intemperie.

Apenas hubiera entrado en los campamentos vitualla alguna de no ser por las mujeres de los soldados alemanes, algunas de ellas con sus hijos, que acompañaban a las tropas en sus desplazamientos. Muchas de estas eran mujeres públicas, y otras particulares, pero unas y otras dieron ejemplo de valor y sacrificio admirables.

Cada día corrían en grupo a las aldeas y casares vecinos. Allí se abastecían y luego ellas regresaban a los cuarteles con las provisiones a cuestas, para servicio de sus maridos o compañeros. Recorrían largos trechos acarreando leña, buscando por todas partes el forraje, guisando la comida, lavando la ropa y cargando a hombros el bagaje en acémilas.

Las lanzas
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