ALONSO DE MONTENEGRO
Ostende, diciembre de 1603
Cuando Spínola recibió el mando, yo y otros muchos que llevábamos bregando en el inmundo cieno de Ostende nos sentimos reconfortados.
El general era de los que arriesgaban sabiendo lo que tenía entre manos. Si había aceptado el mando del ejército era porque estaba empeñado en ganar y sabía cómo hacerlo. En este sentido confiábamos en él con la fe de los macedonios que seguían a Alejandro. Su sola presencia cercana nos parecía garantía de victoria, algo que ni siquiera yo sentía cuando combatí a las órdenes de Federico, que era muy valeroso, pero esa falta de miedo le empujaba con frecuencia al albur. De ahí vino su perdición, pues no es posible tentar con insistencia a la diosa Fortuna sin terminar cansándola y provocando su rechazo.
Bien pronto dejó sentir Spínola su impronta en el campamento. En nuestro bando no escasearon ya ni las pagas, ni los víveres ni las municiones. Su carácter franco, animoso, próximo a los soldados, levantó la moral. Los asaltos se reanudaron con más decisión y coraje, a lo que también contribuían los nuevos artefactos de expugnación. Aun a costa de muchas pérdidas humanas —porque los holandeses seguían defendiéndose bien—, pudimos tomar la contraescarpa del canal sur de Ostende, merced al reanimado vigor de las tropas.
Ostende quedó convertida en una pura batalla de desgaste. Día y noche se sucedían los trabajos de aproches, minas, trincheras y asaltos, con el general siempre vigilante, exponiéndose con frecuencia al fuego enemigo y a las inclemencias del piojoso tiempo flamenco, que apenas dejaba ver resquicios de sol entre los sombríos nubarrones, las nieblas y el agua mansa de la continua lluvia.
Fue por esos días cuando acudí a la pequeña casa que le servía de puesto de mando, cabe un bosquecillo de robles, para exponerle una idea que daba vueltas en mi cabeza.
Spínola me acogió afable, como solía, rodeado de planos de fortificación y diseños de aparatos de asedio que los ingenieros le presentaban para su aprobación. Estaba acompañado de unos cuantos oficiales y del inseparable y pálido Hove. A los oficiales los despachó pronto y enseguida entramos en el asunto.
—Aunque, desde que habéis quedado al mando de todo, el cerco avanza deprisa y los soldados se arriesgan más que nunca, las defensas enemigas siguen siendo poderosas. Nuestros ataques previsibles causan muchas bajas, y acaban enfangados en diques, canales y trincheras. Somos un ejército estancado que avanza a paso de caracol. Sería necesario activar el factor sorpresa, un elemento nuevo que desconcierte a los holandeses —dije.
Con un gesto, el general me animó a proseguir.
—Os escucho.
—Golpes de mano. Encamisadas. Atentados. Deberíamos organizar unidades pequeñas de asalto capaces de sorprender al enemigo y crearle confusión. Yo podría formar una, si me autorizáis.
Tomamos asiento. El general, tras pensarlo un poco, entendió la ventaja de mi propuesta. Platicamos largo rato perfilando los detalles. Las trincheras enemigas eran tomadas a costa de mucha sangre y vidas. El remedio era crear escuadras reducidas para infiltrarse tras las líneas, con la táctica de golpear y huir.
—Lo que os propongo, si fracasa, solo supondría la pérdida de unos cuantos hombres. A cambio, si la idea funciona, el daño al enemigo podría ser muy grande.
—¿De cuántos soldados hablamos?
—De una escuadra reducida, inicialmente. Ocho o diez como máximo.
—Estarían a vuestras órdenes, entiendo.
—Si así lo decidís. Estoy dispuesto.
Le pedí elegir yo mismo a los hombres. Serían apartados de sus unidades y quedarían bajo mi mando.
—¿Cómo irían armados?
—Aceros y alguna pistola. Bombas de mano, arcabuces y petardos cuando se requieran.
—La escuadra dependerá directamente de vos, y solo responderéis ante mí —decidió el general.
El plan, estuvimos ambos de acuerdo, sería secreto. A esas alturas, yo sabía que abundaban los espías en el campamento. Solo Spínola conocería y autorizaría las acciones que llevar a cabo, informando a los jefes de primera línea cuando fuera estrictamente necesario.
—Ya veo que no os fiais mucho de nuestras inteligencias —observó Spínola.
—El enemigo tiene muchos ojos y oídos vigilantes. Lo sabéis de sobra.
Asintió un tanto sombrío. El asunto del espionaje en nuestras filas le tenía preocupado. Como buen jefe, conocía el valor de las inteligencias en la guerra, y sabía que un ejército sin espías era como una persona sordomuda y ciega.
—Los mejores planes de nada valen si el enemigo los conoce con anticipación. Ninguna batalla se gana sin un punto de sorpresa... y otro de suerte —sonrió.
El servicio de información de Spínola dependía de él mismo, y abarcaba abastecimientos, defensas, transportes, comunicaciones, efectivos militares y pormenores de la vida de los notables de Flandes y de todo aquel contrario a los intereses de la causa española. El general conocía bien esa faceta vital. Controlaba una amplia red de confidentes y mercenarios de la información que actuaban ocultamente, desperdigados por pasillos, puertos, plazas y mentideros en Bruselas y otras ciudades. Sabía que el ánimo y bravura de un jefe sin advertencia es más temeridad que valor, y que es uso antiguo de la milicia y materia de Estado, observada por todos los famosos capitanes, aprovecharse de la oculta noticia de las cosas. «Ni astucia sin fuerza, ni coraje sin juicio», me repitió varias veces.
El espionaje en Flandes proliferaba al socaire de la guerra. La soterrada pugna entre espías y contraespías católicos y protestantes, movidos por dinero, ideales o necesidad, o por las tres cosas a la vez, no cesaba.
Yo le hice a Spínola de faraute y mensajero en todo lo que mandaba, sin añadir, torcer ni quitar nada a sus mensajes. En un arranque de sinceridad, cuando ya estaba muy decepcionado de su propia situación, le escuché incluso críticas veladas al rey, lo que da idea de la confianza que me tenía.
—Nuestro señor don Felipe es como un ciego con excelente entendimiento de las cosas de Flandes, pero solo puede ver los objetos externos a través de mis ojos o de mis inteligencias secretas. Su decisión es cautiva de lo que le transmiten, y en eso, Alonso, se cifra el baile de añagazas y contubernios de la corte.
Se refería, claro, a la corte de Madrid que, como todas, es un espacio de decepciones y rumores, de habladurías dañinas en el laberinto de pasillos y covachuelas que la conforman, impregnada del veneno de lo que se dice o avisa falsamente.