DE AMBROSIO DE SPÍNOLA

A JUAN DE IDIÁQUEZ

Agosto de 1606

No llegué a Flandes hasta junio. Las operaciones ya habían comenzado cuando el francés Du Terrail trató de tomar La Esclusa con un golpe de mano; pero de nuevo la diosa Fortuna de la guerra se le mostró esquiva y no le permitió salir triunfador.

Con su tropa de irlandeses y valones se plantó de noche en la ciudad, después de una dura caminata a través de terrenos pantanosos, sin ser descubierto por el enemigo. Por lo que supe, la columna caminaba en buen orden. En vanguardia iban arcabuceros exploradores al mando de un capitán. Llevaban arcabuces de rueda, lo que les permitía no ser descubiertos en la oscuridad, al no tener que utilizar las mechas encendidas. En caso de retirada, los arcabuceros debían servir de cobertura, lo cual resulta discutible. De producirse un encuentro imprevisto con el enemigo, sobre todo si ataca con caballos, pienso que las picas siempre son mejor barrera de contención que los arcabuces por la noche. Sin visibilidad, los arcabuceros disparan a ciegas, y después de hacer fuego la humareda lo enturbia todo aún más.

Fijados al terreno frente a una de las puertas de La Esclusa, los de Du Terrail consiguieron cruzar el foso y bajar el puente levadizo. Con un petardo reventaron la entrada y la vanguardia penetró en el muro. Pero la mala suerte quiso que murieran a las primeras de cambio los dos capitanes que dirigían el ataque. A la tropa le entró el pánico y se retiró en desorden. Los que no cayeron por el fuego enemigo, se ahogaron en el foso y los canales, y el grueso de la fuerza atacante, que ya se preparaba para entrar en la ciudad, también se retiró frustrado. Dos oficiales de los piqueros irlandeses, hallados culpables de flojedad en el cumplimiento de su deber, fueron decapitados.

El plan de campaña ultimado en España, del que yo había perfilado todos los detalles, era bastante realista, aunque altamente impredecible, como todo en la guerra.

El ejército a mi mando directo debía cruzar el río Yssel y adentrarse en territorio del Güeldres holandés. Una vez conseguido esto, las tropas de Bucquoy deberían partir desde Brabante, cruzar el Waal, ese brazo del Rin que desagua en el Mar del Norte, y tomar Nimega.

El éxito del plan se basaba en que los rebeldes —por los informes obtenidos de las inteligencias— no contaban con un ejército mayor de sesenta mil hombres. Una cifra con la que no podrían impedir el cierre a la navegación de los ríos Yssel y Rin, lo cual causaría grave daño económico al enemigo. Se trataba, en cualquier caso, de una ofensiva limitada. No pretendíamos invadir en profundidad Holanda, porque nuestra logística desde las bases del Rin no lo permitía. Hacerlo sería ir al desastre. Los holandeses inundarían el país y nuestro ejército quedaría aislado y hambriento en territorio hostil, y el enemigo solo tendría que esperar a que los nuestros desertasen o muriesen de hambre. Pero si eludíamos esa trampa, el plan, insisto, era muy realista, basado en los debates que en Madrid habíamos mantenido en el Consejo de Guerra. En suma, se trataba de cerrar el tráfico fluvial de Holanda y tomar posiciones en Frisia para presionar desde allí continuamente. Esta política se complementaría con el hostigamiento al comercio holandés con nuestra marina y los corsarios que actuaban desde Dunkerque, Calais y Boulogne.

Salí de Bruselas el 20 de junio. Dos días después llegué al Rin. Pasé revista a las tropas desplegadas en orden de batalla, y me reservé las mejores para proseguir la ofensiva en Frisia: tres tercios de españoles, uno italiano, uno borgoñón, otro inglés y otro valón; más dos regimientos alemanes y cinco compañías irlandesas. Para mover esta fuerza y la artillería contaba con dos mil quinientos carros cargados con munición, víveres y bastimentos.

Pasada la inspección general, eché un bando para que todas las mujeres que iban en el ejército quedaran acogidas en lugares de guarnición, exceptuando dos por compañía como lavanderas. Y a las que iban con los soldados de infantería, para su subsistencia, se les entregase un pan diario de ración, y un escudo al mes a los de caballería.

Harta grima da la suerte de estas mujeres, expuestas a todos los peligros de la guerra y sin otra ventaja que seguir con servidumbre a sus hombres. Ellas les llevan el equipaje, les sirven de ayudantes, mantienen limpias las tiendas, cocinan las comidas, encienden los fuegos y cuidan a los soldados si caen enfermos o heridos. Las penurias de la guerra no las asustan.

En total, entre mujeres públicas y soldaderas son unas dos mil en todo el ejército. Su única ventaja es que en ocasiones las dejan compartir el botín. Pero cuando sus hombres mueren, o en caso de derrota, su suerte tiene poco de envidiable. El enemigo suele degollarlas o dejarlas abandonadas en los campos, a merced de cualquiera.

Lejos han quedado ya los tiempos del duque de Alba cuando inauguró el Camino Español para ir a escarmentar a los rebeldes de Flandes. Llevaba entonces cuatro tercios completos con once mil hombres y dos mil prostitutas italianas de bella presencia y bien alhajadas, repartidas por compañías, según me han dicho. Tocaban a cinco soldados y medio por puta, si mis cálculos no fallan.

Alba contaba con eso para evitar problemas con la población civil. Para más asegurarse, rebajó la cuota carnal que entonces se consideraba normal en los tercios. Una prostituta por cada ocho soldados. La única condición era que las mujeres debían abandonar el campamento al anochecer para no causar problemas.

Lo peor son los contagios del mal francés. En algunas campañas casi la mitad de los soldados han caído enfermos de las bubas, a veces contagiadas por mujeres jóvenes que los holandeses enviaban a los campamentos por la noche, o ponían al alcance de los soldados, haciéndolas pasar por simpatizantes de la causa católica.

Las curaciones, además, a base de aguajes, infusiones muy concentradas de palosanto y sudores de bubas no curan gran cosa. La enfermedad se reproduce, aunque algo alivia.

Tras la inspección, en lo primero que pensé fue en pagar a las tropas, y di orden al conde de Solre de que cruzara el Rin con quinientos caballos y sesenta mil escudos de oro para pagar a las guarniciones de las plazas conquistadas el año anterior.

Como los espías me advirtieron de que los rebeldes estaban sobre aviso y tenían intención de robar ese dinero, reforcé a la caballería de Solre con unos cuatro mil soldados de infantería. Todo un ejército. Aunque pudiera parecer exagerado, con eso aseguré que los fondos llegaran a su destino y las tropas fueran puntualmente pagadas.

De no haber sido así, se corría el riesgo de que los soldados se negaran a combatir y abandonaran los acuartelamientos, como ya ha sucedido otras veces.

Las lanzas
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