FEDERICO ENRIQUE DE ORANGE-NASSAU
Estatúder de Holanda
La Haya, 1640
Cuando perdí a mi madre siendo muy pequeño, con solo cinco meses de vida, tuve la suerte de recibir de mi padre una educación esmerada. Luego, mi hermanastro Mauricio fue mi maestro militar, el mejor de Europa sin duda.
Puedo decir, porque ahora que se van acabando mis días en La Haya estas cosas carecen de importancia, que Spínola pagó con el tufo de superioridad que se adueñó de él tras la caída de Breda. Le perdió la escasa opinión que de mis virtudes militares tuvo por esos días. Olvidó que menospreciar al enemigo es tener perdida media batalla antes de empezar a combatir.
Cuando Bergh invadió desde el Bajo Rin, se extendió el pánico en Holanda.
A diferencia de las tropas españolas y holandesas que manteníamos un cierto espíritu civilizado en la guerra, evitando saqueos y grandes masacres, las alemanas imperiales que mandaba Montecuccoli no respetaban nada; robaban y mataban a mansalva por donde pasaban.
Pero mis fuerzas eran muy superiores en número a las del enemigo, y eso me permitió no levantar el asedio de ’s-Hertogenbosch, que ellos llaman Bolduque, y detener al mismo tiempo el avance del ejército de Bergh.
No me conformé con eso. Decidido a seguir golpeando, encargué al gobernador de Emmerich que atacase por sorpresa Wessel, en el Rin.
La mayor parte de la guarnición, formada por alemanes y valones quejosos por la falta de pago, estaba comprada. Solo se le opusieron un centenar de españoles e italianos que fueron pasados a cuchillo. Fue un golpe estratégico. En Wessel se almacenaban los suministros de Bergh y Montecuccoli, y ambos tuvieron que retirarse a toda prisa de Holanda para no quedar cercados.
Mientras tanto, apreté el cerco a ’s-Hertogenbosch, y cuando minamos sus últimas defensas la ciudad se entregó, era mediados de septiembre de 1629.
El suceso despertó gran interés internacional y la rendición de la guarnición fue observada atentamente por los gobiernos extranjeros, lo mismo que antes ocurrió con la toma de Breda.
La propaganda siempre fue una de nuestras armas principales para derrotar a la Corona hispana, y en este campo siempre les llevamos la delantera.
No en vano en imprentas y predicadores éramos muy superiores, aunque ellos trataban de rebajar pérdidas y derrotas con hojas volantes, relaciones o panfletos de noticias manuscritas o impresas.
Los medios españoles dieron amplia cobertura al triunfo de Spínola, pero cuatro años después apenas dieron noticia de la derrota de ’s-Hertogenbosch, y atribuían la caída de la ciudad a la imprudencia de un soldado que nos había informado de la poca pólvora que tenían los españoles sitiados. Una escasez solo conocida por los de dentro de la plaza.
Era algo bastante fantástico y no se correspondía con la realidad.
La pérdida de ’s-Hertogenbosch representó una bofetada a la autoridad española en Flandes. Un fracaso para su imagen en Europa y para un ejército que presumía de ser el mejor de la época.
Explicar esta derrota en la propia España, la nación que decía ser la elegida por Dios para proteger la fe católica, era harto difícil. Para maquillar la amarga verdad y demostrar que las fuerzas celestiales seguían ayudando a la gente española, sus curas inventaron acontecimientos milagrosos que el cielo envió contra los predicadores de la verdadera fe.
En una relación que vi impresa en Granada (obra posiblemente de algún converso), se hablaba de un clérigo protestante que desde el púlpito de la catedral pidió a los fieles que destruyeran una custodia del Corpus Christi muy querida por los católicos, a la que atribuían muchos milagros.
Tras insistir mucho, el predicador consiguió la destrucción deseada, pero poco después sintió un terrible dolor en el vientre, y al final el demonio se lo llevó en cuerpo y alma al infierno.
El memorial mencionaba asimismo otro episodio apócrifo en el que yo mismo figuraba como testigo.
Es sabido que los primeros servicios religiosos de las iglesias reformadas se celebraron al día siguiente de conquistar la ciudad de ’s-Hertogenbosch. Uno de ellos se celebró en la iglesia mayor, y allí estuvimos mi esposa Amalia y yo.
Pues bien, el cura castrense que había dirigido el servicio, un tal Boecio, en su afán proselitista viajó a La Haya poco después. Durante su ausencia de ’s-Hertogenbosch surgió un rumor sorprendente propalado por los españoles que se extendió por la ciudad y otras partes de Holanda.
El diablo —decían— había enviado a Boecio al infierno por haber criticado en sus blasfemos sermones la presencia de símbolos católicos (incluidas cruces) en las iglesias, y el caso fue que, a falta de otras noticias, la mayoría de la gente de ’s-Hertogenbosch le dio por muerto.
Un temeroso silencio cubrió su nombre hasta que unos meses después regresó, y entonces todos le recibieron como si hubiera surgido de la muerte.
Los rumores habían surtido efecto y Boecio tuvo buen cuidado de dejarse ver en muchos lugares de la ciudad para demostrar que aún estaba vivo.
Cuando ordené investigar el suceso, mis espías me informaron de que el inventor de esta calumnia era un jesuita cuyo nombre conservo: Sidronius Hasschinus. Tuvo que abandonar la ciudad cuando la conquistamos, y luego se dedicó a la poesía neolatina, lo que le valió un nombramiento en la corte de Bruselas.
Digo todo esto para demostrar cómo los papistas trataban de confundir con informaciones falsas al buen pueblo de Dios que con tanto tesón defendía nuestra causa. Cualquier cosa les parecía buena menos reconocer el verdadero mal que les corroía: la insuficiencia de los cuantiosos ingresos que venían de América y terminaban en manos de los prestamistas.
Eso, y no el demonio ni la orden de Moisés a las aguas del Mar Rojo, fue lo que mantuvo a nuestro mayor enemigo a raya.