CARDENAL GIULIO MAZARINO
París, 1642
Aunque nadie por entonces hubiera previsto que llegaría a ser primer ministro de Francia, el abate Giulio Mazarino ha sido desde el principio el alma de las componendas para detener la guerra de Mantua, desde su puesto de secretario de la legación pontificia encargada de avivar la paz.
Nacido en un pueblo de los Abruzos, contaba entonces veintiocho años y había iniciado su carrera diplomática como secretario del comisario papal Juan Francisco Sachetti en el ducado de Ferrara, y luego en Lombardía y el Piamonte.
A sus dotes de talento y carácter unía una sólida formación humanista. Había estudiado en Roma con los jesuitas, pero esa es una época de la que prefiere no hablar mucho, pues la pasó entregado a la disipación y el juego.
Protegido de la aristocrática familia romana de los Colonna, estudió en Alcalá y estuvo a punto de casarse en Madrid, antes de volver a Roma y doctorarse en Derecho Civil y Canónico. Aunque por accidente, también había sido militar, y estuvo en un regimiento levantado por los Colonna en la Valtelina, como capitán de infantería.
El 7 de septiembre de 1630, Mazarino fue a visitar a Spínola, que había caído en una grave postración y debilidad que le dejaba inhábil para el mando y para el discurso.
Al legado italiano le habían informado de que la aflicción de Spínola se había agravado al enterarse de que su hijo Felipe, a quien consideraba su sucesor en las armas, no pudo impedir con su caballería que los franceses ocuparan el puente de Cariñano, que tanta sangre había costado mantener. En su delirio, el general preguntó si su heredero estaba muerto, herido o prisionero, y cuando le dijeron que no, que estaba a salvo, quedó sin palabras, encerrado en un mutismo depresivo.
Con todo esto, cuando el abate le vio lo encontró muy mal, casi sin conocimiento, y al aproximarse Mazarino a su lecho, Spínola fijó en él sus ojos medio apagados, que reflejaban una pena irremediable.
Haciendo un esfuerzo, el general le llamó por su nombre, lo abrazó con efusión y pronunció palabras entrecortadas que claramente reflejaban la turbación y decaimiento de su ánimo.
—Vuestra Señoría es un hombre de bien —dijo—, pero yo también... Me han quitado la honra.
Luego, revolviéndose agitado en el lecho de campaña, prorrumpió en amargas quejas contra Olivares y el rey Felipe IV.
—¿Sabéis de alguna apartada ermita adonde pueda ir a ocultar mi vergüenza? Solo deseo acabar mis días lejos del trato de los hombres —dijo Spínola, interrumpiendo sus tristes lamentos.
Cuando Mazarino salía de la tienda donde el general agonizaba estuvo a punto de tropezar con un oficial español que entraba en ese momento. Ambos se disculparon inclinando ligeramente las cabezas.
—Perdón —dijo el italiano.
—Soy yo quien se excusa, Eminencia.
—¿Sois ayudante del general?
—Algo así. He tenido la fortuna de que me permitiera estar cerca de él muchos años.
Mazarino observó con atención al oficial. Larga espada al cinto, rostro cetrino y alargado, cabellera castaña, ojos tristes cansados, mostacho y barba rala, y una estrecha banda roja cruzada sobre el coleto de cuero viejo renegrido.
—Soy el legado papal Giulio Mazarino. ¿Cuál es vuestro nombre?
—Montenegro, Alonso de Montenegro, para serviros —respondió el español—. ¿Cómo habéis encontrado al general?
—Bastante mal —constató el monseñor—. Sinceramente, dudo que viva mucho. Vuestro general se está muriendo.
—La traición y los sinsabores de este mundo han acabado con él. Disculpad, Eminencia.
Y tras estas palabras y una leve reverencia a modo de despedida, Montenegro entró en la tienda y Mazarino caminó un corto trecho, escoltado por dos alabarderos tudescos de la guardia personal de Spínola, hasta una carroza de cuatro caballos que le esperaba lista para partir hacia Mantua.
Avisados de urgencia, el marqués de Santa Cruz y el gran canciller de Milán acudieron desde Génova al campamento donde yacía Spínola convulsionado, como si algo le corroyera por dentro, con la mente cada vez más alterada. El rey había decidido que fuera Santa Cruz el sucesor del general, y este le cedió con silabeos agónicos el peso de su maltrecha autoridad. Luego le hizo una seña a Montenegro para que se aproximara a la cabecera del moribundo.
—Willem Hove, ese malvado, os traicionó... Mis inteligencias me advirtieron, aunque ya fuera tarde. Perdonadme. Fui un necio.
—Era de esperar. Nadie os reprochará ya por eso. Reposad ahora.
Montenegro cayó de rodillas y entre lágrimas, en el lecho de muerte, besó la mano de Spínola. Luego, el general se desvaneció y acudieron varios nobles a verle.
En medio de su delirio, Spínola pedía con insistencia que no aceptase la tregua, por ser muy ignominiosa para España.
—No aceptéis, no aceptéis. El papa y los franceses nos odian. Quieren llevarnos del ronzal a una tregua innoble.
Afligido de alma y agónico, Spínola dejó el campamento de Casale el 15 septiembre. Se dirigió a Castelnuovo di Scrivia, y allí, abrumado por sus sombríos pensamientos y su desgracia, acabaron sus fuerzas.
Murió diez días después, sin haber tenido fiebre ni un solo momento. En realidad, murió de pena y rabia por sentirse abandonado. Parecía cansado de vivir, amargado por la hostilidad que algunos le demostraron en la corte.
—Honor y reputación, honor y reputación —balbuceaba constantemente.
Esas fueron sus últimas palabras.
Tenía sesenta y un años.
Antes de partir a Mantua, a la vista de Casale, Mazarino escribió a su colega el cardenal Barberini:
«Toda la enfermedad de Spínola nació de la pena que le produjo el haberle quitado el rey los plenos poderes, y haber tenido que declararlo así a sus aliados y enemigos. Para este ilustre caudillo el honor valía más que la vida misma. No es por tanto maravilla que la afrenta recibida le produjera el efecto de un decreto de muerte.
Bien sabe Vuestra Eminencia que la reputación en esta vida es el alma de ella, y que por conservarla los soldados con honra se exponen a cuantos peligros se ofrecen en la guerra.»
Con gran amargura se lloró en Bruselas la muerte de su brazo armado más fuerte, y se honró su memoria con un suntuoso funeral.
Los soldados de la guarnición, abrumados con la noticia, mantuvieron una especie de luto silencioso durante varios días.
En treinta años de vida militar, ninguno de los que a su lado combatieron le vio iracundo ni orgulloso, entregado a liviandades y placeres sensuales, ni maldiciente ni envidioso. Y pese a su rigor en la observancia de la disciplina, no había soldado de los tercios que no le hubiera seguido al infierno para compartir con él trabajos y fatigas.
Por lo demás, aquel opulento genovés, que puso su genio militar y su cuantiosa fortuna al servicio de España, murió tan pobre que su hijo solo aceptó la herencia en honor a la memoria del padre.
«Con su cuerpo enterraron —dijo el poeta Quevedo— el valor y la experiencia militar de España. Murió de los que no osaron morir y hasta muriendo fue maestro, pues enseñó a morir de vergüenza a los que viven con miedo.»
Cuando finó, todo se volvió aciago. El Milanesado se quedó sin gobierno y el ejército sin jefe, aunque la rueda de la guerra siguiera girando con el nombramiento de su sustituto. Álvaro de Bazán y Benavides, segundo marqués de Santa Cruz de Mudela, hijo del famoso almirante.
Sus palabras resultaron proféticas. La paz que Spínola tanto desaprobaba entregaba todas las plazas en discordia a un comisario imperial, y los tercios españoles regresaron al Milanesado sin derrota ni victoria. El emperador aceptó que el duque de Nevers, súbdito francés, fuera soberano de Mantua-Monferrato, y España no obtuvo nada, sino frustración y pérdida de hombres y dinero, aunque no de honra, que era lo que Spínola más hubiera temido de seguir con vida.