AMBROSIO DE SPÍNOLA
Campamento de Casale
No solo eran los motines y deserciones los que habían mermado considerablemente al ejército de Flandes, sino también las numerosas bajas en combate.
La verdad era que los tercios españoles se hallaban tan disminuidos por la guerra y las inclemencias del tiempo que de cuatro que eran hubiera sido imposible formar la mitad de uno completo.
Los graves inconvenientes que de esto se derivaban eran notorios, por ser los españoles el fundamento y parte más valiosa de la fuerza de la Monarquía Católica, tanto en Flandes como en Alemania.
Por intermedio de la infanta gobernadora volví a insistir al rey que me enviara más infantería española. Sugerí que la mandara desde Milán, ya que parecía haberse acomodado el problema de la Valtelina, los protestantes grisones que nos cerraban ese paso del Camino Español en el norte de Italia.
Isabel Clara Eugenia y yo mismo veíamos el porvenir poco halagüeño. Una vez más seguíamos sin recibir dinero para el sustento ordinario de los soldados, tanto los veteranos como los recién reclutados, mientras los holandeses iban acumulando fuerzas.
La mala situación general hacía temer que, como el verano ya estaba avanzado, antes de que nuestro ejército entrara en campaña, la falta de medios hiciera progresar al enemigo. Además, si los tercios salían a combatir sin haber cobrado lo que se les adeudaba, seguramente los soldados se amotinarían y el desorden estaba garantizado. Suponía jugar con fuego no poder dar el sustento ordinario a la gente de guerra.
Por otro lado, la asistencia que Francia prestaba a los rebeldes con dinero y tropas hubiera exigido invadir ese país, no solo por reputación, sino en defensa propia. Pero, ¿cómo invadir Francia si no había ejército ni para defender Flandes?
En cuanto a los holandeses, la ruptura de la tregua les había dado nuevos arrestos para piratear en ultramar a su antojo, que es lo que siempre deseaban, y enviaron navíos armados a Brasil, cuyas defensas eran muy débiles. Casi todos los portugueses que allí había eran judíos y gente no preparada para la guerra, por lo que la invasión estaba asegurada.
Mis espías en Holanda me informaron también de la salida de seis naves grandes holandesas para correr la costa de España, y de que la Compañía de las Indias Orientales armaba naos con destino a Angola, Cabo Verde, la Costa de Oro y Guinea.
Era como si las hienas estuvieran babeando y afilando los colmillos ante la perspectiva del banquete que les espera con los restos de una España vencida. Dios no lo permita nunca por el bien de la cristiandad.