EL ESPÍA

La persona que ha llegado al campamento y pide ver a Spínola es un hombre de unos cincuenta años, de pobre aspecto y rostro de campesino curtido.

Al aproximarse, un centinela le ha dado el alto y sin dejar de apuntarle con el arcabuz le ha ordenado que no se mueva del sitio, mientras da la voz para que acuda el cabo de guardia. Es un soldado viejo del tercio de Coloma y viene rezongando. Son casi las diez de la noche y arrecia un frío húmedo que raspa hasta el hueso.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —pregunta malhumorado el cabo en un flamenco deleznable.

—Traigo una propuesta para Su Excelencia. De seguro que le interesa.

—El general está descansando.

El villano se encoge de hombros. Ahora parece amedrentado. También él debería estar descansando con su familia en la ruinosa choza de caña y barro donde viven. Desde hace mucho tiempo, en su casa solo ve pobreza, y de sus ocho hijos, tres han muerto ya de frío y desnutrición.

Así es que ha venido a vender a los españoles lo único que tiene para ofrecerles. Su conocimiento del terreno, los lugares y caminos que ha recorrido, muchas veces descalzo, desde que era niño. Eso y la posibilidad de entrar en Breda sin que sospechen de él. Todo a cambio de alguna recompensa en dinero o en mercedes, desde luego, para que su escuálida prole y su enflaquecida mujer puedan subsistir por lo menos hasta el final del invierno.

A punta de espada, el cabo y dos soldados llevan al intruso hasta la proximidad de la tienda del capitán general, y uno de los alabarderos tudescos de su guardia personal les sale al paso.

En un cuchicheo, el cabo le explica de qué va la cosa, y el tudesco cabecea un tanto incrédulo. Mira al villano con suspicacia, se aproxima a él y le olfatea como si fuera la pieza de caza de un lebrel. Por un momento parece estar a punto de ensartarle con la alabarda, pero sabe que Spínola aprecia a los espías, maneja a muchos personalmente y se muestra generoso en pagarles.

El tudesco llama a otro de sus compañeros y hablan entre ellos. Spínola duerme poco y ahora está despierto, estudiando planos y tratando con un oficial de ingenieros el reforzamiento de un dique a punto de desbordarse. Podría inundar el campamento del conde de Isenburgh, situado al noroeste de la ciudad sitiada.

Los de la guardia personal deciden por fin llevar al villano a presencia del general, pero antes le cachean minuciosamente y comprueban que no lleva cosa alguna que pueda servir para herirle.

Cuando se convencen de que solo podría hacerlo con las manos, algo inimaginable porque es un tipo más bien esmirriado y falto de fuerzas, uno de los tudescos va a informar al oficial de guardia ante la tienda del general y regresa al cabo de un largo rato.

—Ha dicho que sí —dice a su compañero, y unos minutos después el villano es conducido a presencia de Spínola.

El general parece cansado, con la vista turbia de los insomnes. A la luz de un candil de campaña, se encara con el infiel personaje que se presenta dispuesto a vender su lealtad, aunque también es posible que se trate de un impostor y todo sea un cebo o un atentado contra su vida, lo mismo que le ocurrió a Guillermo de Orange.

Cuatro tudescos de su guardia, en tensión y con las alabardas dispuestas, rodean al villano por si acaso, listos para dejarle seco al menor ademán sospechoso.

—¿Para qué quieres verme? —pregunta Spínola.

—Soy práctico en esos lugares, Excelencia, y podría entrar y salir de Breda para lo que tengáis a bien mandarme. En la ciudad me conocen.

—¿Qué deseáis a cambio?

—Un poco de pan y piedad para mi familia, Excelencia.

—¿Por qué habría de fiarme?

—Probadme tan solo y lo veréis, excelencia. Nada perdéis con ello.

A base de astucia, Spínola se ha apoderado de las cartas de Justino de Nassau a Mauricio, y de las que este ha mandado a Mansfeldt. Eso le ha permitido saber muchas cosas. Ahora conoce las dificultades a que está sometida la ciudad cercada, pero meter espías en Breda es muy difícil, y casi todos los que ha enviado han perdido la vida. Si el villano dice la verdad, nada se pierde con intentarlo una vez más.

«El hombre es pobre y codicioso de premio —piensa—, dos buenas razones para espiar por beneficio.»

—Está bien —decide Spínola—, os pondré a prueba, pero moriréis de mala manera a la menor señal de engaño. A cambio, si os portáis bien seréis recompensado.

—No os arrepentiréis. ¿Qué queréis que haga?

Finalmente, convienen en que el villano diga a los de Breda que ha conseguido llegar tras haber engañado a los centinelas sitiadores, y les proporcione manteca, tabaco y queso. Además, debe ofrecer a Justino de Nassau llevar sus cartas a Mauricio cuando se lo pidan.

—Demasiada facilidad para burlar a los centinelas levantaría sospechas —observa Spínola—. Debéis decirles que estáis en trato fraudulento con uno de los nuestros, un sargento de compañía o cabo que os permite pasar a cambio de compartir con él las ganancias de vuestros manejos.

—Así lo haré, Excelencia.

Aquel pobre hombre, a quien llamaremos Hans, cumplió su promesa.

Conforme a las instrucciones que le dieron, llegó a los muros de Breda y consiguió entrar en la ciudad con los víveres que traía. Los vendió a buen precio y eso le granjeó la estima de los hambrientos habitantes.

Justino de Nassau, deseoso de saber lo que pasaba en el campo hispano, lo mandó llamar a su presencia y le asaeteó a preguntas: cómo estaban dispuestos los cuarteles de los sitiadores, cuál era su estado y voluntad de proseguir el sitio, por dónde había conseguido llegar hasta la ciudad, y la opinión del mando sitiador sobre la situación.

A todo contestó Hans con la astucia innata de los campesinos avezados en sortear las miserias de una guerra cuyo principio ni siquiera recordaba y en la que habían muerto sus padres y hermanos.

Con pericia de furtivo inconmovible contó al gobernador algunas cosas verdaderas, otras que lo parecían y otras falsas. Una papilla de verdades, fantasías y mentiras que Justino se tragó porque encajaba con sus deseos. Aquel hombre la parecía tan simple e infeliz que le creyó incapaz de elaborar un relato tan ajustado a los hechos. El jefe holandés deseaba creer en la salvación de la ciudad.

Por fin, Justino le hizo la pregunta que justificaba la peligrosa misión que Spínola había encomendado a su espía.

—¿Podréis volver por dónde habéis venido para llevar algunas cartas?

El corazón de Hans saltó de gozo. El villano, en un alarde de fingimiento, se encogió medroso antes de responder.

—Lo intentaré, Excelencia, pero es realmente un asunto muy peligroso. Tengo familia que mantener... hijos enfermos... ¿Qué será de ellos si me pasa algo?... Es mucho riesgo para un hombre insignificante como yo...

El gobernador de Breda sacó tres monedas de oro de una pequeña caja de caoba oscura que tenía a mano.

—Esto es solo un adelanto. Si mis cartas llegan a su destino habrá más para vos.

—No penséis que soy desagradecido, Excelencia, pero tengo miedo. Solo soy un desgraciado, una víctima de la guerra que intenta ganarse la vida. Es demasiado arriesgado.

—Os prometo que vuestra familia quedará protegida si los de Spínola os detienen.

A Justino, aquel desdichado le pareció hombre de bien. Poco a poco, con promesas, le fue incitando a emprender lo que, aparentando rehusar, deseaba hondamente.

Una vez dada su conformidad a regañadientes, Hans se hizo cargo de las cartas destinadas a Mauricio que el gobernador de Breda le entregó.

—Os aseguro que seréis premiado en cuanto volváis con la respuesta —insistió el gobernador holandés.

Esa misma noche, el espía llegó a los cuarteles del ejército católico y entregó las cartas a Spínola, que mostró gran satisfacción al leerlas y le dio la recompensa prometida.

El contenido de aquellas cartas no tenía precio. Eran como un plano de las intenciones de Justino y proporcionaban una visión exacta de cuanto estaba sucediendo en la ciudad. En ellas, el gobernador holandés manifestaba a Mauricio su contento al saber que Mansfeldt estaba cerca con tropas de Inglaterra y Francia para socorrer a Breda.

En cumplimiento de las instrucciones recibidas, Justino procuraría que las reservas de grano de la ciudad alcanzaran hasta mayo, si no las quemaba el enemigo con los ingenios de fuego que tiraba y que estaban haciendo mucho daño en la población. Pero la situación de los sitiados se iba haciendo cada vez más difícil. La guarnición disminuía a ojos vistas por la peste, las fiebres y el escorbuto, que hacía sangrar las encías, la nariz y los genitales, y causaba hemorragias internas graves. Sus consecuencias eran malestar general, hinchazón de las extremidades, ictericia, dolor de huesos, pérdida de dientes y trastornos nerviosos. Los enfermos no se podían curar por la falta de medicamentos y viandas. Todo se arreglaba, decían los médicos, con jugos de limón o naranja, pero ¿de dónde sacar esas exquisiteces en una tierra fría y permanentemente húmeda?

En cuanto a los defensores que estaban sanos, no perdían el ánimo, y deseaban emplearse y mostrar su valor en una salida que rompiera el cerco.

Spínola leyó con mucho detenimiento las cartas, cuyo contenido compartió y comentó con sus oficiales. Después tornó a cerrarlas y las reenvió por el mismo mensajero a Mauricio, prometiéndole una gran recompensa si le traía respuesta de Mauricio y Mansfeldt.

Quizá porque ya estaba enfermo y no razonaba bien, el caso es que el caudillo holandés no sospechó del enviado. Juzgó que podía fiarse. Era hombre de la confianza de Justino y le había traído fielmente sus cartas. En consecuencia, no dudó en darle también no solo las suyas, sino otras que también escribió Mansfeldt para el gobernador de Breda. Y por ello Hans obtuvo otra generosa recompensa.

Demostrando una asombrosa habilidad para el engaño, el espía salió del campamento holandés y entregó a Spínola las cartas que los jefes holandeses le habían confiado. En ellas Mauricio se disculpaba por la tardanza en el socorro, y echaba la culpa al mal tiempo, que entorpecía cualquier operación.

A Justino le pedía que procurase alargar la provisión de alimentos entre la población sitiada, al menos hasta finales de abril, porque le era necesario todo ese tiempo para reunir los socorros. De otro modo serían vanos los grandes gastos que las Provincias Unidas hacían para sostener el sitio. Todos habían de ayudar con industria a la fortuna en ese momento, cuando las tropas reclutadas por Mansfeldt en Francia, Inglaterra y Alemania estaban ya en camino, por tierra o en barco, para salvar a Breda.

«Dentro de pocos días —prometía Mansfeldt a Justino— seré vuestro compañero y huésped, y entonces beberé alegremente a vuestra salud y la de vuestros valerosísimos compañeros. No dudéis del socorro, pues conmigo vienen cien compañías de infantería y cuarenta de caballos.»

La muerte prematura de Mauricio de Nassau no menguó la importancia de aquel espía que descubrió a Spínola los secretos de Breda.

Haciendo gala de una audacia formidable, Hans acudió a ofrecer sus servicios a Federico Enrique de Nassau, el nuevo jefe del ejército holandés. Y esta vez lo hizo por intermedio de su mujer, que acudió al campo del príncipe de Orange para quejarse largamente de que su marido estaba muy enfermo por los trabajos en ese invierno, llevando y trayendo las cartas de Mauricio a Breda.

—Pero no le han pagado todo, Excelencia —dijo la mujer—. Hay dinero prometido que aún se le debe, y espero que vos se lo deis.

El sucesor de Mauricio, entonces, esperando utilizar también al falso mensajero, le dio lo pactado y prometió una gran recompensa a su consorte si este quisiera llevarle una carta más a Breda.

La mujer fingió dudar, pretextando los muchos achaques y dolencias de su hombre, hasta que, por fin, después de muchos tiras y aflojas, dijo que intentaría convencerle para llevar la carta que Federico Enrique de Nassau le pedía.

Al poco, apareció Hans fingiendo cojera, como si con las heladas de las últimas semanas se le hubieran agarrotado los pies. Simulando tener que hacer un gran esfuerzo para burlar otra vez a los sitiadores.

Sin dudarlo, Enrique de Nassau le dio la carta que debía entregar a Justino, y con ella una buena cantidad de dinero en premio.

Hans repitió la operación y la carta llegó a manos del gobernador holandés después de que Spínola la hubiera descifrado y leído.

Fue la última misión de este espía excepcional, de valor increíble, del que ya no se volvió a saber nada.

Después de recibir la carta de manos del jefe holandés y llevársela a Spínola, desapareció del lugar con toda su familia.

Es probable que con el dinero ganado a base de tanto riesgo se mudara a otro país lejos de Flandes. Posiblemente se instalara, con la recomendación de Spínola, en las Indias o Filipinas, pues los holandeses, que al final descubrieron su doble juego, dieron órdenes a sus agentes de localizarle y matarle junto a su mujer.

Lo cierto es que durante mucho tiempo estuvieron buscándole hasta que quizá se cansaron. Quién puede saberlo.

Las lanzas
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