ALONSO DE MONTENEGRO
Nunca le han gustado las galeras ni el mar. En ellas se sentía inseguro, separado del abismo solo por unas tablas de madera, con gente hacinada y oliendo mal. A pesar de eso, cuando Federico de Spínola, que no se había olvidado de él, lo llamó, acudió presto a ponerse a sus órdenes.
Descontento con la monotonía de la espera y los trabajos de las primeras semanas en la galera asignada a su compañía, Montenegro se acordó de su compañero de tropelías en Alcalá. Andaba por entonces en la corte, y le envió una carta. Unas semanas después, al capitán Mújica le llegó una comunicación directa del gobernador de Flandes desde Bruselas: «Por la presente le comunico que, a partir de esta fecha, el soldado Alonso de Montenegro y Alzate queda asignado a la galera capitana, etcétera, etcétera, en las compañías de galeras que aguardan en Lisboa, etcétera, etcétera.» Mújica lo dejó marchar sin poner objeciones, aunque la espera en puerto de la mugrienta galera le estaba desguazando la compañía. Sus hombres se quejaban con razón de la inactividad y la mala comida, y ya le habían desertado siete. A este paso, si llegaban a Flandes o donde quisieran mandarle, lo haría con media bandera. Eso contando con que la espera no se prolongara un par de meses más.
Con Federico, sujeto a mil condicionantes para crear una escuadra de galeras y arruinar el tráfico naval de los rebeldes en la costa de Flandes, Montenegro pasó la mayor parte del tiempo yendo y viniendo de Lisboa, La Coruña, Laredo o Santander a Dunkerque y La Esclusa, aunque también hubo combates y abordajes en los que a punto estuvo de perder las tripas o hundirse en el mar para pasto de los peces.
Desde el primer momento se entendieron. Montenegro daba por hecho que Federico conocía su triste huida hasta Madrid. El silencio de ambos sobre el turbio pasado creó una complicidad esencial que la actividad de las armas fue engrosando, sin franquear nunca la línea roja de autoridad que los separaba. Federico era un noble, conocido del rey y sus ministros, un jefe destinado a volar alto en el mando de tercios y navíos, destinado al renombre; y él solo era un soldado novato. Su vuelo era rasante, subiendo con mucho esfuerzo y heridas, peldaño a peldaño, el escalafón menor de la milicia. En la vida, cada uno tenía su lugar. Pero al menos en los tercios, fuera del campamento y las obligaciones militares, todos se consideraban caballeros y se trataban de tú a tú, sin permitir más ofensa que la que tolerasen las espadas y la honra de cada cual.
Aun así, continuaban sin gustarle las galeras, y sobre todo los galeotes. Seres humanos ensartados en ristra como ganado, atados en cadenas sobre el duro banco. Amarrados por las brancas a los costados de la nave. Doblados por el látigo del cómitre entre gemidos, maldiciones y blasfemias. Siempre con el grillete al pie. Sin ni siquiera el consuelo de comprar con su martirio las migajas de la gloria que se repartían los que combatían en cubierta. Su eterno alimento era el bizcocho o galleta, un pan medio fermentado, con forma de torta pequeña. Y una vez al día se les daba un cucharón de habas peladas y cocidas.
Además, en las largas estancias en los puertos, aquellos desgraciados encadenados sufrían el frío o el calor extremos, soportando en estío la quemazón de los hierros que les abrasaba la piel, o tiritando bajo los bancos si llovía o helaba. Noche y día.
En combate, o cuando la nave era perseguida, al grito de «ropa fuera», el galeote remaba con tanta desesperación que las argollas de los pies se le clavaban en la carne y escupía a cada aliento bajo el látigo, hasta quedar boqueando exhausto o muerto sobre el banco.
Y recuerda el canto desesperado que una noche le llegó de la garganta de uno de aquellos desventurados, cuando paseaba de guardia por la cubierta:
Varias veces por huir
Nos hacen que reventemos
Y en tan crueles extremos,
Por alcanzar y seguir,
Morimos junto a los remos.
Montenegro, conmovido, bajó al espacio atosigado y maloliente de los remeros y preguntó quién era capaz de sacar coplas de aquel foso de suplicio, pero el cantor no se reveló y nadie quiso decirle nada, temerosos de sufrir más castigo.
Cuando pensaba en ellos, Montenegro se consideraba afortunado, a pesar de que sus magros recursos en Madrid solo le daban para malcomer. A ese paso, llegaría a ser un auténtico caballero del milagro, como llamaban en las banderas a quienes vivían sin que nadie supiera de qué.
Y recordaba también el resabio gozoso del yantar abundante de sus días en Bruselas, sobre todo cuando el general estaba de buen humor y le invitaba a compartir su mesa.
Primero venía la fruta, naranjas enteras o en rodajas con azúcar, ensaladas, uvas blancas, granadas. Después aparecía el maestresala, una vez colocados los platos con el trinchante: pavipollo, conejos, capones, gallinas, perdices espolvoreadas de pimienta, carnero, ternera o puerco. De todo había. Dos o tres trozos a cada comensal. Sin que faltaran el ajo, las especias, el perejil y las cebollas, que a Spínola le gustaban mucho. Y al final, las aceitunas, el queso, las nueces, castañas, confituras y turrones para mojar en hipocrás o vino generoso con almizcle. Y en cuanto a la bebida, cerveza sobre todo, aunque él, como también el general, prefería el vino de España o de Borgoña, servido en pequeñas jarras de vidrio de medio azumbre, a veces mezclado con un poco de agua.
En tales ocasiones, Spínola era un anfitrión amable y se divertía soltando jocosamente refranes como «la perdiz es perdida si caliente no es comida», «el arroz nace en agua y hay que hacerle morir en vino», o «las aceitunas, una por una».
«Qué tiempos idos», pensaba Montenegro sumido en la miseria de su cuchitril de la calle del Avemaría, con la nostalgia de los buenos momentos de tripa llena huidos para siempre.