BREDA

Palacio de Bruselas, 1624

Metidos en la turbamulta de acontecimientos, supimos que la flota neerlandesa se había apoderado de Bahía en Brasil, como era de esperar, y en Francia el poder empezaba a estar en las manos del cardenal Richelieu, pertinaz enemigo de la Casa de Austria.

Madrid se impacientaba al comprobar que los asuntos de Flandes habían vuelto donde solían, es decir, a un callejón sin salida. En Bruselas, entrada la primavera de 1624, se dudaba sobre qué operación iniciar.

La infanta gobernadora me consultó y sin dudar le dije que deberíamos sitiar alguna plaza importante en Brabante.

—¿Cuál sugerís?

—Breda, señora. Tanto por su floreciente comercio como porque su posesión permitiría invadir fácilmente Holanda por mar y tierra.

—Ya sabéis lo que piensan en Madrid. Son reacios a los grandes asedios. Ostende, pese a que ganamos, dejó mal recuerdo, y en Bergen-op-Zoom tampoco os fue muy bien.

—Lo comprendo, señora, aunque rendir esa ciudad sería un hecho de armas tan notable que asombraría a Europa. Una victoria así nos daría mucha reputación y tranquilidad. Los enemigos tardarían en reponerse del golpe.

—¿Cuántos hay de guarnición en Breda?

—Unos siete mil.

—Muchos son. Necesitaríais al menos un ejército de veinticinco mil hombres para iniciar el asedio.

—No es el número de la guarnición lo que más me preocupa, sino su bien tramado sistema defensivo. Una telaraña de fosos, reductos, parapetos, baluartes y toda clase de fortificaciones, sin parangón en Flandes, y aún me atrevería a decir que en toda Europa.

—¿No será picar muy alto? Quizá resulte más práctico rebajar el vuelo y acometer empresas más realistas. Otra ciudad menos defendida, que nos evite un asedio tan largo y difícil.

—El triunfo no sería comparable, señora.

—Pero el gasto tampoco. Contad con que en Madrid ni al Consejo de Estado ni al rey les entusiasma la perspectiva de volcar recursos en una guerra de sitio. Lo sabéis de sobra.

Callé, y con mi silencio le di a entender que me mantenía en mis trece. Era Breda o nada.

—Consultad al menos con los jefes del ejército —dijo la gobernadora—. Aquí en Bruselas la mayoría de mis consejeros están en contra del sitio.

Tiempo hacía que yo deseaba apoderarme de esa ciudad, pero no había podido hacerlo por carecer de la gente necesaria para cercar por completo su vasta extensión. Pero ahora las perspectivas eran distintas. El ejército estaba reforzado y deseoso de acometer un gran hecho de armas.

No obstante, aunque mi decisión estaba tomada, debía consultar primero con los mandos de los tercios.

Como suponía, solo uno de ellos votó en favor de la empresa. Los demás lo tenían por imposible.

Las lanzas
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