FRAY JOSÉ DE LA CRUZ
Amberes, 2 de enero de 1623
A Martín de Aguirre, consignatario de los comerciantes vizcaínos en Amberes, los negocios no le van bien en los últimos tiempos.
Dos navíos de carga flamencos con mercancías del Báltico se han hundido por una fuerte galerna cuando se aproximaban a su destino, el puerto de Laredo. Otro de sus cargamentos, embarcado en Bilbao, ha tenido que refugiarse en el puerto inglés de Falmouth, pero los ingleses, tan cabrones cuando se trata de barcos españoles, han detenido a la tripulación y requisado las mercancías.
—La consecuencia de todo esto, padre —dice al fraile dominico José de la Cruz, que le escucha—, es que tengo muy gruesas pérdidas, y me veo con grandísimo trabajo y descontento de espíritu, sin saber qué hacer para salir del trance con honor.
El fantasma de las deudas le tenía abatido. Para colmo, ha fracasado una compleja operación comercial con Hamburgo y tenía deudas con otro consignatario de Londres. Aguirre ha remitido varios cargamentos por valor de mil quinientas libras a un comerciante inglés que le ha pagado en letras de cambio. Con ese dinero pensaba saldar la deuda que tenía pendiente con el consignatario londinense. Pero las letras de cambio resultaron ser papel mojado. El comerciante inglés no tenía fondos y ha desaparecido. Nadie sabe su paradero. Y el consignatario de Londres le exige los pagos a los que ya no puede hacer frente.
Cuando piensa en ello le entran sudores fríos y no sabe qué hacer.
—Tranquilizaos —aconseja el fraile—. Hay veinte mil escudos de recompensa por la cabeza del hereje. Es una buena obra y en estos casos la Corona es generosa.
—Algo os tocará a vos también —dice Aguirre.
—Nada deseo, pero si hay recompensa que sea el propio Spínola quien decida en conciencia.
En su fuero interno, el fraile dominico cree que Aguirre accedería a darle la mitad de la recompensa por su participación en los preparativos del atentado, y en caso de que Aguirre se cerrara en banda, tiene amigos influyentes en Madrid que podrían llevar el caso hasta el mismo conde-duque. No duda de que a cambio de sus buenos oficios sería recompensado con un cargo honroso en la Iglesia. «Diez mil escudos de recompensa en dinero efectivo y, probablemente, el hábito de la Orden de Santiago, es algo que creo obtener de Olivares», piensa.
Además de deudas, el mercader vizcaíno tiene remordimientos de conciencia. Una cosa es matar en combate y otra a sangre fría, por sorpresa. A fin de cuentas, un asalto de este jaez más parece un asesinato que una muerte en honrada lid.
—Padre, ¿sería pecado mortal matar al príncipe de Orange en el caso que decís?
—No os lo propondría si así fuera —chasquea la lengua el fraile—. Sería grave pecado si un particular lo llevara a cabo por su cuenta, pero no si lo manda la Justicia del Rey, cuyo poder viene de Dios.
—¿No se condenarían, pues, los que así hicieren?
—El rey es persona pública, no un particular, y al poner precio a la cabeza de Orange ha dado su aprobación a cualquiera que esté dispuesto a matarlo.
—Escuché decir a un cofrade vuestro, un jesuita, que no es lícito comprar con dinero la vida de otra persona.
—Bueno, los jesuitas tienen sus ideas, pero en este caso se trata de herejes, enemigos de España y de la fe católica. Es lo que en teología llamamos la teoría del mal menor.
El dominico aprovecha la ocasión para poner de relieve la incongruencia de los jesuitas en la delicada materia de los asesinatos selectivos de personas notables, cuando miembros de su orden, como el padre Mariana, proclaman el regicidio y ven lícito acabar con el tirano, aunque este sea el mismo rey.
Fray José de la Cruz es nacido en Luxemburgo, la tierra más leal de Flandes. De padres españoles, desde hace años trabaja para el servicio secreto español y es capellán de la colonia hispana en Amberes. En calidad de tal celebra misa con frecuencia en casa de Aguirre, que también es uno de sus principales informantes.
El consignatario ha nacido en Bermeo, familia de concejales de la ciudad y padres cristianos viejos. Es enjuto de rostro y luce fina y recortada barba bajo unos ojos inquietos. También es hombre culto y de recursos, amén de varón discreto y de rara virtud, devoto de Santa María y competente en su trabajo. Además de castellano, habla francés, italiano y flamenco. Antes de que se le amontonaran las deudas, sus negocios eran sustanciosos y había residido en Brujas, donde fue cónsul de la Casa de Vizcaya. En su oficina de Amberes trabajan siete personas: un cajero, un escribiente, un contable y cuatro empleados flamencos.