ALONSO DE MONTENEGRO

Madrid, 1635

A pesar de estar enfermo y maltratado, el general seguía cumpliendo con su responsabilidad con la mayor entrega, como era su deber, el deber que nunca rehusó.

Hasta que tuvimos que acostarle en el jergón de campaña que tenía en su tienda, pasaba muchas horas consultando los planos y correspondencia que le ayudaban a preparar la estrategia de conquista de Casale, la capital del Monferrato. Pero a pesar de su aspecto aseado y su mirada bonachona, el general desprendía un cansancio que asomaba en las canas de su recortado cabello. Estaba hastiado de tantos años de batallas y de los desaires de la corte. La Corona se había olvidado de darle las recompensas que creía haber merecido con creces, y a esto se sumaron al final los celos de Olivares, que no soportaba la admiración que muchos sentíamos por Spínola. El conde-duque pensaba que eso ponía trabas a la hinchazón de su propia vanidad.

En las últimas semanas, el general estaba cada vez más débil, agobiado por el fardo de tener que cumplir con la conquista de la mayor fortaleza de Europa, sin apenas medios. El nombre de su peor enfermedad era la pérdida de la ilusión que, solía repetir, le habían robado en la corte. Pero sabía bien que Flandes no podría resistir sin el Camino Español de los tercios, y para eso era fundamental no perder Saboya. Apenas le veía con energías para seguir, cansado del rechazo y la falsedad de una corte en la que nunca le acogieron con sinceridad.

El aura poderosa del vencedor de Breda ya se había esfumado. Estaba viejo, casi decrépito. Su porte era el de un hombre de casi ochenta años, cuando apenas había cumplido los sesenta. Había arrugas en su rostro demacrado, cubierto de una canosa barba fina y puntiaguda. Pero era su mirada lo que más vejez traslucía, dejando asomar el hastío por la ingratitud de un rey al que había servido y el rencor de un valido celoso de su gloria, cegado por la testarudez y la incomprensión de una realidad que le superaba.

Su nombre, tan respetado antaño, carecía ya de influencia en Madrid, con el descredito que eso comportaba ante un enemigo sabedor de su desdicha. Además, estaba cantado que la corte preparaba ya su relevo.

Así terminó el mayor general del imperio en su tiempo, aunque a decir verdad nada es sorprendente en esto, pues el mal pago es moneda común a los mejores hijos de España, como los años me han ido enseñando.

Las lanzas
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