ALONSO DE MONTENEGRO

Madrid, 1635

Del ejército católico de varias naciones que había en Flandes en 1624 se sacaron las tropas del cerco a Breda, emprendido por propia decisión de Spínola. El general concentró sus esfuerzos en un gran sitio que le permitiera ganar reputación y fama universales. Por eso eligió Breda, por no poderse dar a Mauricio ningún golpe más grave, pues traía esta plaza en los ojos y era la cuna de su familia. Si la perdía, perdería autoridad con todos.

Porque me lo han preguntado algunas veces, diré que en el cerco de Breda es muy probable que estuviera Calderón, el mejor dramaturgo de España. Yo lo vi en Flandes en 1623, y por lo que conozco estuvo allí hasta fines del verano de 1625, es decir, meses después de la rendición. Debió de volver a Madrid en septiembre de ese año, y algo más tarde estrenó una comedia del sitio de Breda en palacio, aunque todavía no la he visto publicada en imprenta.

Todo lo que hay que decir sobre Breda creo que ya se ha dicho. El laberinto de fortificaciones y el gran despliegue de fuerzas en torno a la ciudad solo pudieron sostenerse por el decidido empeño de Spínola y el gobierno de Madrid, que por una vez actuaron al unísono. Si el rey no dio orden expresa de iniciar el sitio, la verdad es que lo apoyó resueltamente, sin que lo disuadieran la mala situación general de Flandes, las maniobras diplomáticas de los holandeses, la oposición de algunos miembros del Consejo de Estado y la angustiosa falta de dinero.

Cuando el enemigo se puso en campaña de nuevo, a Spínola le preocupaba que pudiera suceder alguna desgracia de todo punto irremediable, ya que hacía mucho tiempo que no se había pagado a los soldados.

Spínola sabía que lo de Breda solo había sido posible por una extraordinaria conjugación de fuerzas y recursos económicos a lo largo de nueve meses, y una empresa así no volvería a repetirse. Era imposible pensar en tomar otras plazas semejantes y resultaba necesario concentrar los esfuerzos en la guerra del mar. La victoria no se podía esperar ya de los tercios, sino de los galeones. Mantener el bloqueo del Canal de la Mancha era una cuestión vital, escuché decir al general. No era ilógico pensar, decía, que los esfuerzos combinados de tantos territorios que componen el imperio español, algunos con buenos astilleros y experta marinería, si se cuidaban las buenas relaciones con los países circundantes de Holanda, tenían que imponerse a la fuerza naval de tan reducido país. Eso le despojaría de las cuantiosas ganancias que le reporta el comercio por todos los mares del globo.

Después de rendirse Breda, para poner en práctica el giro de la guerra terrestre a la marítima, Spínola quedó al frente de la armada corsaria que operaba desde Dunkerque al servicio de la Corona, y que en buena medida se sostenía gracias a las presas capturadas.

Pero el general no tomó parte en las expediciones marítimas. No tenía vocación de marino. Acaso le retrajo del mar el fin trágico de su hermano Federico, que sintió en las entrañas. Puede que también considerase que las actividades corsarias estaban por debajo de su categoría de gran señor. Yo creo que nunca llegó a comprender los fantásticos planes de guerra que el conde-duque de Olivares tenía pensados en el Mar del Norte. Su interés seguía centrado en la guerra terrestre, aunque se mantuviera a la defensiva por falta de medios.

Su cargo de capitán general de la armada de los Países Bajos quedó en honorífico y pecuniario. Esto último no le vino mal, pues el sueldo que percibía por ello era cuantioso, y sumado a otros alcanzaba casi cuarenta mil ducados. Yo lo supe por algunas cartas que Spínola me dejó leer. Y a esto se añadía el diezmo de todas las capturas de la flota corsaria, que siguió percibiendo mientras estuvo en España antes de morir en Italia.

Las lanzas
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