CARLOS COLOMA
Carta al conde-duque de Olivares,
20 de septiembre de 1629
«[...] Digo pues, Señor, que si no se pone pronto remedio para que gobierne las armas de Flandes una cabeza de gran calidad, español o de sangre real, a quien nadie desdeñe obedecer, y todos los demás cargos de la milicia en personas que los entiendan, todo esto va a la ruina, sin que sea de provecho el dinero, por mucho que se envíe; ni la soldadesca, por mucha que sea... Dígase todo: que el sin dinero y comer no puede entretenerse gente de guerra junta ni disciplinada, y el enemigo tomará el año que viene Amberes con más facilidad que tomó a Bolduque [...]
Una cosa puedo asegurar a V.E. con toda verdad; y es no haber estado jamás los ánimos de todas estas Provincias tan alienados de los españoles como hoy en día lo están; y es de manera que si la rabia de la herejía permitiera al príncipe de Orange y a los estados rebeldes declarar la unión y libertad de conciencia con las provincias leales a España, dando seguridad al clero católico de gozar sus rentas, todos se incorporarían con ellos, sin que le quedara al rey otra cosa que algunos castillos con poca guarnición de españoles muertos de hambre, en carnes vivas y pidiendo limosna de puerta en puerta.
La fidelidad que aquí se guarda al rey no es por amor, ni por esperanza de beneficios, sino por estar seguros bajo la sombra de un monarca tan poderoso como el nuestro; pero si la gente ve que los rebeldes son más poderosos, no dudarán en entenderse con ellos; y esto desde el menor hasta el mayor.
Pensar que tal asunto se puede remediar con otra cosa que no sean grandes ejércitos bien pagados, nutridos de españoles, italianos, borgoñones, valones veteranos y buenos alemanes, dirigidos por jefes de calidad, es engaño grande.
Cabezas, Señor, es lo que importa, y persona de sangre real acá; porque si a Lucifer no se le opone un San Miguel de mayor marca, todo va perdido.
Treguas no las espero, si las cosas de Italia no se arreglan y al mismo tiempo llegan a Flandes tres tercios de italianos y dos de españoles, con diez mil infantes.
Con esto habrá aquí miedo y vergüenza; sin esto, ni vergüenza ni miedo, pues hemos llegado al colmo de miseria y pobreza y desnudez, en particular los españoles, de los cuales han muerto infinitos [...]
Cuando el enemigo tomó Wessel, que era el sustento del ejército en el Rin, los soldados llevaban seis y siete días sin pan... unos enfermando y otros muriendo; y todos aborrecidos y disgustados sin contar los prófugos. De la gente del emperador ha huido más de la cuarta parte y los más de ellos se pasan al enemigo; de suerte que el enemigo se jacta de que con nuestro vigor los desertores nos han de echar del país.
Grandes deben de ser nuestros pecados, pues tan visiblemente nos castiga Dios.