AMBROSIO DE SPÍNOLA

Campamento de Casale

Las dificultades para reforzar al ejército con nuevas tropas eran cada vez mayores. Unas veces por la mucha disciplina y otras por la cuestión religiosa, ya que en España eran reacios a contratar en Alemania gente protestante.

Así se lo dije al Consejo de Estado varias veces, hasta forzarles a deliberar sobre asunto tan grave.

Su respuesta fue que era inconveniente engrosar el ejército con alemanes luteranos, escoceses o ingleses, por ser naciones de poca confianza al estar entre ellas tan extendida la herejía.

Repliqué que lo mejor sería tener solo españoles, italianos, valones y borgoñones, pero por no poder reunirlos en el número que convenía, era menester valerse de soldados de cualquier nación, y por supuesto de alemanes.

—En cuanto a los escoceses o ingleses católicos, doy fe —les dije— de que se trata de soldados muy valerosos, que nunca han hecho cosa mala en el servicio.

Los acontecimientos se sucedían, y en ese tiempo me vi obligado a realizar una difícil retirada entre dos ejércitos enemigos sin que mis tropas sufrieran mengua. Una maniobra sumamente difícil para todo aquel que entienda de guerra.

Todo empezó con el intento que hicimos de tomar Bergen-op-Zoom, ciudad en la que secretamente mantenía tratos con un sargento mayor de la guarnición, que a cambio de dinero había prometido abrirme una de las puertas de la plaza.

Con esta intención hice aproximar tropas al lugar, pero sin abrir trincheras ni levantar fortificaciones.

Por desgracia, lo que podría haber sido un gran triunfo se frustró. El destino quiso que el sargento resultara muerto por nuestro propio fuego en una escaramuza, y eso me obligó a emprender el sitio en toda regla.

Cuando al cabo de tres meses de asedio habían caído casi todas las fortificaciones exteriores de Bergen-op-Zoom (que los españoles decían Bergas), a pesar de las enormes dificultades para aproximar las defensas por lo pantanoso del terreno, tuve aviso de que acudían dos ejércitos en socorro de la ciudadela. Uno de holandeses, al mando de Mauricio de Nassau, y otro de alemanes, con el conde de Mansfeldt a la cabeza. Ellos serían el martillo, y Bergen-op-Zoom el yunque para machacar a mi debilitado y escaso ejército, que por entonces no debía de llegar a los siete mil hombres.

De primera intención, quise hacerles frente, pero los dos cuerpos de tropas de refresco que la infanta gobernadora me envió no llegaron a tiempo. Aun con esa falta, hubiera intentado combatirles solo, pero mi ejército estaba muy menguado por las muchas penurias sufridas en el cerco de Bergen-op-Zoom y las continuas deserciones. Los soldados estaban a media paga y crecían las protestas.

El asedio de Bergen-op-Zoom acabó siendo una pesadilla. Aunque solo duró tres meses, condensó las peores experiencias de una operación de este tipo. Nunca logramos cercar por completo la plaza, que se mantuvo bien abastecida, ni tampoco resolvimos nuestros problemas de suministros ni pudimos vencer las defensas exteriores. Añádase a esto las continuas salidas de la guarnición, y se tendrá una idea del daño que sufrimos.

Para resolver la situación, pedí parecer a los mandos principales del ejército, desgastado y medio amotinado por falta de pagas. Todos se mostraron unánimes en levantar el sitio y así lo hice, pero sin perder el lugar de Pute, situado entre Amberes y Bergen, desde el cual quedé a la expectativa de los movimientos del enemigo.

Sin jactancia debo decir que a pesar de las dificultades que ofrecía esquivar el paso entre dos ejércitos, y más con una plaza bien guarnecida detrás, los tercios recibieron poco daño. Llevaron consigo toda la artillería, bagajes y un gran número de enfermos y heridos, aunque los holandeses dijeron que habíamos dejado detrás nuestro un reguero de cadáveres, enfermos y desertores.

Sin duda fue una señalada operación militar en la que no perdimos reputación, aunque se tratara de una retirada, pues en la guerra tanto mérito tiene saber escapar a tiempo de una encerrona como atacar gallardamente.

La guerra en Flandes, como bien sabía mi hermano Federico el héroe, exigía también atender a las necesidades de la armada corsaria que manteníamos en Ostende, Dunkerque y otros puertos. Yo visitaba e inspeccionaba las naves y atendía a la gente, equipos y aprestos. Sería prolijo referir aquí las presas y descalabros que en aquel sombrío mar causábamos al comercio de los holandeses, que por primera vez encontraron el ojo por ojo en nuestros corsarios.

En premio a esta actividad fui nombrado poco después Capitán General del Mar Océano, un cargo que se daba por primera vez en Flandes y por el que mi hermano habría dado doblemente la vida.

De lo que se trataba era de asfixiar la economía neerlandesa bloqueando sus costas y forzándoles a una negociación ventajosa, ya que cualquier victoria total parecía descartada. Estuvimos a punto de lograrlo, contando con el concurso de otros corsarios que operaban desde la Península. Fueron ellos los que estuvieron a punto de arruinar a Holanda, cuyas pérdidas en el mar parecían por momentos insalvables. Si no ganamos fue porque la guerra de Alemania lo devoró todo.

Con todo esto, las armas hispanas, aunque en 1622 habían perdido mucha gente, no habían cedido ni un palmo de tierra desde que acabó la tregua de los doce años. Y eso a pesar de la doblez del rey de Francia, que dice llamarse Cristianísimo y asiste con dinero y tropas a los holandeses y protestantes alemanes. Las quejas que presentamos al embajador francés quedaron sin fruto, como era de esperar, pues este se limitaba a tomar nota y enviarlas a París, que respondía con el silencio.

Toda la situación en Flandes depende ya de los asuntos de Alemania y la terrible devastación que está aniquilando a este país. Como escribí al rey, era de temer allí una guerra general, si Dios por su misericordia no lo remediaba. Convenía, desde luego, prevenirnos. Pero todo se ha demorado más de la cuenta mientras la lista de nuestros enemigos crece.

Las lanzas
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