AMBROSIO DE SPÍNOLA
Campamento de Casale, julio de 1630
En realidad, la ocasión me la brindó mi hermano. Se adelantó una vez más.
Federico llevaba de aventurero en Flandes varios años, ganando reputación. Tenía madera de héroe.
El archiduque Alberto le había ofrecido cargos en el ejército, pero los desdeñó. Prefería mantenerse independiente, en espera de señalarse para una gran empresa.
Aficionado a navegar, le vino la idea de sostener una escuadra de galeras en el Mar del Norte para quebrar el comercio holandés y la ayuda que los rebeldes recibían desde Inglaterra. Bien sabía Federico que no había victoria posible en Flandes sin ganar en el mar, y para eso necesitábamos combatir a los neerlandeses con sus propias armas. Naves en corso bien armadas que impidieran la comunicación costera entre Holanda y Zelanda. Utilizar lobos contra lobos.
Eso imposibilitaría el desplazamiento de tropas de refuerzo y el socorro a las plazas que nuestro ejército sitiaba en tierra.
Mi hermano no lo tuvo fácil. Su plan suscitó muchas suspicacias en Flandes, pero sobre todo en España, donde cualquier dificultad se acentúa por el carácter quisquilloso, receloso y discutidor de los españoles, y más si desempeñan cargo público en la corte.
Las críticas en esta ocasión, además, se justificaban con facilidad. Las galeras no son barcos para las tempestuosas aguas del norte; un mar embravecido con grandes mareas y surcado de fuertes y extrañas corrientes.
Finalmente, el archiduque y su consejo terminaron aceptando, pero la decisión última dependía de Madrid. «Debes ir a España —le dijo Alberto—, y exponerlo allí en persona.»
Es así como Federico se presentó ante Felipe II, cuando el rey estaba ya en los años postreros de su vida y todo lo quería negociar por escrito. Aun así, el monarca lo escuchó y departió con él. Aunque no mostró aprobación, le animó a razonar su plan en un memorial y comunicárselo al Consejo de Estado.
Pero en el Consejo hubo fuerte oposición y se torcieron las cosas.
La mayor parte de los consejeros consideraba el proyecto un dislate, aunque el rey tuvo más fe. Las críticas se suavizaron cuando el monarca le concedió llevar a Flandes cuatro galeras a modo de prueba, con base en La Esclusa. Le dieron el mando, pero sin nombramiento de general.
Poco era, pero su entusiasmo podía con todo. A Federico aquello le pareció un presagio evidente de victoria, el punto de apoyo que necesitaba para acceder a la gloria.