AMBROSIO DE SPÍNOLA

Campamento de Casale

En realidad, La Esclusa se perdió por falta de alimentos. Después de cuatro meses de asedio, los soldados españoles que evacuaron la ciudad iban tan desfallecidos que muchos cayeron muertos de inanición al poco de dejar la plaza, caminando entre dunas y barrizales hacia su incierto destino.

Tras lo de Ostende, una vez reordenadas las tropas y puestos al día los papeles, partí para España a tratar con el rey el remedio a los problemas de Flandes y los planes de la próxima campaña.

Tuve que convencer a Alberto y la infanta de que mi presencia era necesaria en Valladolid, donde estaba entonces la corte. Los archiduques me consideraban su mayor sostén en Flandes, y temían no volver a contar con mis servicios si partía. Pero al fin, me dieron licencia y cartas muy honrosas que les agradecí sinceramente.

Del archiduque puedo decir que era un hombre mediocre, con menos talento que buena voluntad. En cuanto a su mujer, educada en la escuela de Felipe II, tenía más carácter y conocimiento de la realidad política que su marido, al que siempre cuidaba de no hacer sombra. Había heredado la prudencia de su padre y hubiera sido una excelente reina. En el manejo de papeles era gran maestra, y su piedad era tan grande que, al aconsejarle una vez uno de sus ministros que usase más severidad con sus súbditos, respondió que es menester portarse con ellos como deseamos que Dios se porte con nosotros, y quien dispensa gracia a su inferior puede esperar que Dios no se la negará a él.

En cuanto a su caridad, era inagotable y, cuando no tenía dinero a mano, vendía secretamente algunas joyas para socorrer establecimientos benéficos, conventos o iglesias pobres.

Yo esperaba, ciertamente, alguna recompensa por el reciente triunfo. En este sentido, el archiduque ya había escrito al rey encareciendo mis méritos y proponiéndome para maestre de campo general, pero no me hacía ilusiones. Eran bastantes los altos funcionarios del Estado que me tenían ojeriza, pues la antipatía personal, lo mismo en las personas que en los animales, nace espontánea del fondo del corazón y es inútil buscarle razones. Doy por hecho que nuestros enemigos nos acompañan siempre, como los humores o los recuerdos, y es locura intentar satisfacerlos o esperar algo de ellos.

El caso es que el Consejo de Estado trató la recompensa a mis servicios cuando todavía coleaba la búsqueda de sospechosos culpables por la pérdida de La Esclusa, aunque algunos de los señalados, como Luis de Velasco, ya iban y venían amigando con todos en la corte.

Durante mi travesía por Francia, un país que hubiera deseado conocer a fondo, poco antes de llegar a París, vino a mi encuentro Alfonso Ornano, un noble corso y mariscal del rey francés que se había distinguido en las guerras civiles de Córcega.

Me ofreció alojamiento en su espléndido palacio de París, pero hube de rehusar, pues había prometido al embajador de España alojarme en su casa.

Al día siguiente, pedí audiencia al rey Enrique IV para ofrecerle mis respetos. Enseguida me la concedió y tuvo a bien enviarme a un par de duques y un conde a la mansión del embajador Baltasar de Zúñiga para que me acompañasen al Louvre.

Al rey francés lo hallé relajado y de buen humor, lo que parece congruente con su conocida afición a las mujeres. Y eso que hay rumores sobre su olor corporal a macho cabrío. Dicen que nunca se baña, algo que no debe de importar mucho a sus numerosas amantes. Ningún mérito detecto en ello, pues ¿qué mujer en Francia, noble o plebeya, podría resistirse al deseo real? Conmigo al mando en Flandes me ocurría lo mismo. Desear hembra era tenerla. Y eso que carezco de corona.

Cuando me incliné para besarle la mano, el francés me abrazó y obligó a cubrirme. Hablamos durante una hora, y al final Enrique recomendó al embajador español, presente en la entrevista, que el rey de España tuviera muy en cuenta mis méritos, por haber llevado a cabo una empresa que ni él mismo se hubiera atrevido a encabezar.

Su Majestad Cristianísima, que es título señalado del rey de Francia, me pidió quedarme en París cuatro o cinco días más, pero excusé de hacerlo como mejor pude, pues deseaba llegar a España cuanto antes. Enrique nos invitó a comer, y en la comida, tras reiterar los elogios a mi persona, tuvo el detalle de regalarme un caballo turco de pura raza. Para no ser menos, yo regalé una cadena de oro macizo al palafrenero que me entregó el corcel. El metal amarillo sirve sobre todo para pagar a las tropas y hacernos quedar bien ante los grandes de este mundo.

Ese mismo día partí hacia Valladolid, donde entonces estaba la corte, que poco antes había sido trasladada a Madrid.

Cuando llegué, el rey estaba de caza y mi primera visita fue para el duque de Lerma. Luego entré en mi propio palacio, que había hecho amueblar y alhajar sin reparar en gasto, con sirvientes y pajes de buena librea. La noticia de mi arribo ya había circulado por la ciudad y en el palacio me esperaba un gran número de caballeros españoles e italianos para darme la bienvenida. Muchos me trataban de Excelencia, y otros, con zalamería, de Señoría Ilustrísima, sin duda por esperar de mí alguna ventaja.

Pronto hubo algunos adulones que me hicieron confidencias. El Consejo de Estado estaba de acuerdo en que se me hiciera merced por lo de Ostende. Quizás el título de Duque de Santa Severina en Nápoles, o incluso el Toisón, pero sin darme el de Grande de España ni el oficio de maestre de campo general, que es el único que en realidad me interesa. Atribuían mayores méritos para ello al maestre de campo Agustín Mexía.

Fueron días de mucho ajetreo. Los principales y grandes de la corte, además de embajadores y ministros, acudían a visitarme, sin faltar los secretarios del rey, don Pedro Franqueza y Juan de Idiáquez. Este último, encargado de las inteligencias, había sido muy amigo de mi hermano Federico, a quien Dios tenga a estas horas en el cielo, como espero.

Sin hacer alarde, socorrí a muchos soldados viejos llegados de Flandes. Le di a cada uno un escudo, y a los hidalgos pobres que a mí acudieron les entregué algún dinero para ir tirando. Con esto, mi popularidad y los afectos aumentaron.

El día de Santo Tomás me recibió el rey, que ya había vuelto de la cacería, y el duque de Lerma me acogió en la antecámara. De la mano me condujo ante el monarca, que estaba de pie apoyado en un escritorio.

Inclinándome, le besé la rodilla, y él puso la mano en mi espalda y ordenó que me levantase. Luego, hablamos largo rato. Ponderó mis méritos, y añadió que aún los esperaba mayores en servicio a su persona. Yo le entregué las cartas de los archiduques. La más elogiosa era la de la infanta, que contenía un amplio muestrario de mis virtudes. Isabel pedía a su real hermano que me recompensara con munificencia, y añadía que mi presencia en Flandes, ascendido ya definitivamente a maestre general del ejército, era necesaria para continuar la guerra.

Tras las cortesías y agasajos de rigor, heme aquí de nuevo entrampado en los asuntos de Flandes. La pregunta que unos y otros prodigan siempre es la misma: ¿Qué hacer? Deben de pensar que tengo alguna respuesta mágica. No es así, aunque al menos tengo un plan y a él me atengo. Eso es más de lo que tienen quienes son del todo ignorantes de lo que allí está pasando y esperan la ocasión de morderme con su veneno.

Aunque mostró interés por la situación en Flandes, el monarca desvió la atención hacia otros asuntos más livianos. Preocupaciones cortesanas de preeminencias y chismorreos. Parecía tener prisa. Seguramente por alguna cita con la reina, con la que había renovado amores y cuyo lecho frecuentaba más por entonces.

Cuando abandonamos la real cámara, quedé charlando largo rato con el duque de Lerma en su despacho. Ambos coincidíamos en que era necesario adoptar decisiones radicales para concluir una guerra que estaba consumiendo las energías humanas y materiales de la Monarquía Católica.

Se hacía necesaria la paz, o al menos una tregua prolongada. Pero los rebeldes, confiados cada vez más en su victoria, no parecían inclinados a dejar las armas.

—Mauricio de Nassau —dije— ha conseguido poner pie en las provincias del sur de Flandes, y desde ahí nos coloca en peligro constante. Lo que necesitamos a todo trance es cambiar el sistema de guerra. Hacerla ofensiva y no defensiva.

—Algo que ya intentó Alejandro Farnesio, como recordaréis —deslizó Lerma.

—Sí, y entre nosotros, duque, creo que Farnesio hubiera conseguido acabar con la rebelión de no haber tenido que intervenir en Francia y preparar la invasión de Inglaterra. Órdenes del rey don Felipe, que en gloria esté.

—Lo pasado, pasado está —dijo el valido—, de poco nos sirve ahora. Quiero escuchar vuestro plan.

—Es sencillo. Invadir territorio enemigo y sustentar en él la guerra con destrucciones y gravámenes. Que la población conozca del sufrimiento de las armas. Entonces presionará a los políticos de La Haya para concordar la paz.

—Tal cosa exigiría un gran ejército —objetó Lerma.

—No menos de treinta mil infantes y cuatro mil caballos. El primer paso sería sitiar La Esclusa. Debemos recuperarla como sea. Luego de dejar allí una buena guarnición, el resto del ejército pasaría el Rin y entraría en Frisia. El corazón de Flandes lindante con Alemania. Una provincia rica por la que los rebeldes reciben mucha ayuda de los luteranos alemanes.

Lerma dudaba. El plan parecía lógico, pero un fiasco, con la Hacienda real depauperada, podría ser fatal.

El duque sacó mapas de los Países Bajos y yo le fui señalando el territorio y los objetivos propuestos. Lerma parecía encandilado jugando a la guerra de papel, imaginando el movimiento de los ejércitos.

—La guerra no finalizará si no logramos volcar los acontecimientos con un buen golpe. De lo contrario, el enemigo no verá ninguna ventaja en pararla. El bando belicista de Mauricio de Nassau cree que nos tiene contra la pared.

Lerma sonrió y se permitió una agudeza:

—Yo diría que aún nos faltan un par de pasos atrás, quizá tres. Mirad lo que me ha llegado hace unos días. El autor es un oficial de Flandes. Capitán por más señas.

El valido sacó de una gaveta lo que parecía una relación, y me la entregó.

—¿Lo conozco?

—Seguramente. Pero su nombre ahora no viene al caso. Leed.

Lo leí con atención. El informe trataba sobre todo de los problemas provocados en los tercios por el orgullo herido de los españoles. Consideraban recortadas sus prerrogativas sobre el resto de las naciones del ejército. El autor acusaba directamente al archiduque y los señores flamencos que le rodeaban por despilfarrar el dinero que llegaba desde España. En vez de emplearlo en pagar a las tropas se gastaba en nimiedades y en dar satisfacción a los nobles flamencos. Alberto les dejaba hacer. Estaba más deseoso de congraciarse con ellos que de granjearse el aprecio de los jefes españoles.

El escrito denunciaba también que la mayor parte del dinero del ejército se diluía en anticipos y en pagar deudas, por lo que nunca quedaba moneda para la soldada de las tropas.

No obstante, en lo sustancial, el informe coincidía con lo que yo proponía. Era precisa una ofensiva general en territorio rebelde. Estancar la guerra resultaba insostenible. Una sangría. Pero el mando se debería dar a algún general español veterano que llevara mucho tiempo guerreando en Flandes.

Dejé el papel con un leve gesto de desagrado. Quizá Lerma estaba fingiendo, preparando el momento de darme la mala nueva. Habría ofensiva en Flandes y yo no estaría al frente de ella. ¿Era eso lo que el valido pretendía decirme?

El privado parecía escrupuloso en este punto, como dando a entender que la decisión no le atañía y estaba en manos del rey. Pensé que quizá debería tentarle directamente ofreciéndole dinero. Conocía bien su afán codicioso en lo tocante al oro, propiedades y prebendas. Ya iba a proponérselo cuando el valido dejó caer que el conde de Solre, Philippe de Croÿ, que recién había estado en la corte enviado por el archiduque, había causado grata impresión al rey.

Nadie conocía mejor que él los sucesos de Flandes. Se mostraba capaz de mantener la armonía entre la corte de Bruselas y la española, y para acabar con el conflicto insistía en reformar los consejos de gobierno tradicionales, dando mayor participación a los naturales del territorio.

Solre había prestado servicios en Flandes con Alejandro Farnesio, y Felipe II le nombró capitán de su guardia flamenca. Cuando el conde de Fuentes llegó a la gobernación de los Países Bajos, se le encargó el gobierno de la importante ciudad de Tournai, y más tarde combatió como el que más en la recuperación de Hulst y el ataque por sorpresa contra Amiens.

El conde era muy bien visto en la corte. Tenía el Toisón de Oro, y en diciembre de 1599 había viajado a España para acompañar al archiduque Alberto y a la reina Margarita de Austria en sus bodas con Isabel Clara Eugenia y el rey Felipe III.

—Y en lo principal, el conde sigue vuestras recomendaciones —dijo Lerma—: Una gran campaña en Holanda y reducir la contribución de las provincias católicas fieles. Esto último no place mucho a Su Majestad. Castilla ya no da más de sí en el pago a las tropas.

Yo no conocía el plan de Solre en detalle y Lerma me lo explicó.

—Los rebeldes deben sufrir los desastres de la guerra, como vos decís. Solo así exigirán a sus mandatarios que firmen la paz. Un cuerpo del ejército real debería empeñarse en el asedio de una gran ciudad. Una plaza lo suficientemente importante como para obligar al ejército holandés a intentar levantar el sitio.

—Poner un cebo. No es mala idea.

—Entonces otro cuerpo de ejército cruzaría el Rin en verano, cuando es más fácil vadearlo, y entraría en Frisia desde Alemania.

—El mayor inconveniente —argüí— es el paso por Alemania. Conozco esa zona de la frontera y en su mayor parte es protestante.

—Solre piensa que, si actuamos con tacto, sin causar daño a los habitantes, y les pagamos bien los víveres y los vehículos de transporte que nos proporcionen, no habría problema. En sustancia, ganarles los corazones con el dinero. Pero el conde puso una condición fundamental.

—Imagino cuál.

—Hizo mucho hincapié en que los preparativos de la operación deberían ser secretos. La fuerza de las armas debería acompañarse con la maña y el disimulo, y las tropas de recluta local deberían ser movilizadas con muy poca antelación.

—Son medidas juiciosas.

—Aplicadlas, entonces. El rey así lo desea.

Las lanzas
titlepage.xhtml
part0000.html
part0001.html
part0002.html
part0003.html
part0004.html
part0005.html
part0006.html
part0007.html
part0008.html
part0009.html
part0010.html
part0011.html
part0012.html
part0013.html
part0014.html
part0015.html
part0016.html
part0017.html
part0018.html
part0019.html
part0020.html
part0021.html
part0022.html
part0023.html
part0024.html
part0025.html
part0026.html
part0027.html
part0028.html
part0029.html
part0030.html
part0031.html
part0032.html
part0033.html
part0034.html
part0035.html
part0036.html
part0037.html
part0038.html
part0039.html
part0040.html
part0041.html
part0042.html
part0043.html
part0044.html
part0045.html
part0046.html
part0047.html
part0048.html
part0049.html
part0050.html
part0051.html
part0052.html
part0053.html
part0054.html
part0055.html
part0056.html
part0057.html
part0058.html
part0059.html
part0060.html
part0061.html
part0062.html
part0063.html
part0064.html
part0065.html
part0066.html
part0067.html
part0068.html
part0069.html
part0070.html
part0071.html
part0072.html
part0073.html
part0074.html
part0075.html
part0076.html
part0077.html
part0078.html
part0079.html
part0080.html
part0081.html
part0082.html
part0083.html
part0084.html
part0085.html
part0086.html
part0087.html
part0088.html
part0089.html
part0090.html
part0091.html
part0092.html
part0093.html
part0094.html
part0095.html
part0096.html
part0097.html
part0098.html
part0099.html
part0100.html
part0101.html
part0102.html
part0103.html
part0104.html
part0105.html
part0106.html
part0107.html
part0108.html
part0109.html
part0110.html
part0111.html
part0112.html
part0113.html
part0114.html
part0115.html
part0116.html
part0117.html
part0118.html
part0119.html
part0120.html
part0121.html
part0122.html
part0123.html
part0124.html
part0125.html
part0126.html
part0127.html
part0128.html
part0129.html
part0130.html
part0131.html
part0132.html
part0133.html
part0134.html
part0135.html
part0136.html
part0137.html
part0138.html
part0139.html
part0140.html
part0141.html
part0142.html
part0143.html
part0144.html
part0145.html
part0146.html
part0147.html
part0148.html
part0149.html
part0150.html
part0151.html
part0152.html
part0153.html
part0154.html
part0155.html