ISABEL CLARA EUGENIA

Primavera de 1609

Por fin, en abril de 1609, Spínola envió un mensaje gozoso al rey, informándole de que se había concertado una tregua de doce años. En la misiva le daba la enhorabuena por haberse desembarazado —siquiera temporalmente— de una guerra que tanto trabajo y gastos ha ocasionado, «y con tan poca esperanza de sacar más fruto de ella», añadía.

Pero el general era realista. Aunque en su fuero interno estaba satisfecho, conocía perfectamente el terreno que pisaba. Sabía que la tregua no contentaba a muchos ni en Madrid ni en La Haya. Era solo un aplazamiento forzado por las circunstancias, una suspensión de armas. Los antagonismos seguían enconados.

En Flandes, los que más deseaban bloquear la paz eran los patricios urbanos de Zelanda, Ámsterdam y Delft, a los que se añadía el vociferante clero calvinista, belicoso y ávido de barrer el catolicismo en el sur de los Países Bajos.

Por el lado español, destacados consejeros de Estado y Guerra se oponían a la tregua, y el resto se mostraba indeciso y discreto. Entre los mayores oponentes estaban el condestable de Castilla, Juan Fernández de Velasco, duque de Frías; el duque de Osuna y el conde de Fuentes, sobrino del duque de Alba y gobernador de Milán.

Todos ellos protestaban con más o menos vehemencia, y aconsejaban al rey que no mendigara la paz. El mar de dudas en el gobierno español hacía frotarse las manos a los enemigos de la tregua en Holanda.

—Diego de Ibarra —tronaba el condestable de Castilla— tiene razón. Es una gran indignidad que después de una guerra de cuarenta años que ha consumido torrentes de sangre y dinero, todo se reduzca a una tregua ignominiosa.

Escandalizados, y aunque ninguno se atrevía a criticar directamente la decisión del rey, que en definitiva era quien había tragado con todo, los consejeros, en su mayoría viejos soldados, recordaban lo que Diego de Ibarra les había contado cuando regresó de Flandes, después de que Spínola y los archiduques hubieran desdeñado sus consejos. Que los valones y belgas lloraban al conocer que el armisticio no incluía la libertad religiosa para los perseguidos católicos de las siete Provincias Unidas, o sea, Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia, Groninga, Overijssel y Güeldres. Y que, a pesar de lo que el archiduque Alberto y sus cortesanos de Bruselas dijeran, los funcionarios españoles de más peso en Flandes, como Luis de Velasco, Iñigo de Borja, gobernador de Amberes, o Juan de Ribas, gobernador de Cambrai, estaban convencidos de que el acuerdo socavaba la seguridad del sur de los Países Bajos leal a España, y reforzaba el poder de Zelanda y Holanda, los focos inextinguibles de la rebelión.

Por contraste, en el bando rebelde, el ala militarista de los seguidores de Mauricio de Nassau estaba interesada en prolongar una guerra que le permitía acumular autoridad y beneficios contantes en dinero.

En eso se parecían a los consejeros castellanos, representantes de la vieja nobleza guerrera, cuya influencia y prestigio estaban muy vinculados a la presencia militar hispana en el norte de Europa.

En una de las últimas reuniones conjuntas que celebraron el Consejo de Estado y el de Guerra, poco antes de sellar la tregua, el duque de Osuna condensó con lucidez y buen verbo las razones por las que convenía volver a la guerra.

—Señores —dijo a sus colegas—, la tregua en las condiciones pactadas por Spínola es un grave error.

Sus palabras dejaron en vilo a los presentes, entre gestos de asentimiento.

—La suspensión de armas es solo por tierra, pero queda abierta la guerra en el mar, en la que ellos emplearán a partir de ahora todas sus fuerzas. Con esto, además de perder reputación, no se excusan los gastos que se pretenden, porque tendremos la guerra más cerca, en la misma España y en América, y las pérdidas y el gasto serán mayores.

—Razón tiene Osuna —apoyó el condestable Fernández de Velasco—. Los holandeses se llevan la parte del león. No solo les reconocemos la soberanía plena, sino que seguirá prohibida la religión católica en sus estados, y encima queda abierta la guerra en el mar.

—Y no solo eso —le secundó el conde de Fuentes, llegado a la corte desde Milán para caldear el rechazo al armisticio—. Mantener un poderoso ejército en Flandes es el cimiento de nuestra influencia en los asuntos de Europa. Sin armas no hay poder. Si hacemos la paz con los rebeldes holandeses, este ejército será desmantelado. Dejará de ser la brida que sujeta a Francia, Inglaterra y los estados protestantes de Alemania, la plaza de armas de nuestras tropas para cualquier empresa.

—Todo ha sido redactado de modo tan ambiguo —admite Spínola en charla con el archiduque Alberto y la infanta—, que cada cual podrá interpretar lo que quiera.

—Y romper el acuerdo cuando quiera. ¿No es eso? —comenta Alberto, cuyo agotamiento físico por los trabajos de las últimas semanas es palpable en las ojeras que bordean su mirada escurridiza.

Spínola compone un gesto de circunstancias.

—Todo acuerdo vale lo que la buena voluntad de las partes vale. Si ellos rompen, iremos a la guerra y seguiremos igual que hasta ahora. Poco habremos perdido.

—¿Y podrán los holandeses negociar en las Indias? Hay quien asegura que así ha quedado pactado en secreto —inquirió Isabel Clara Eugenia.

—Señora, eso no es cierto. No hay tal, pero los holandeses comerciarán en cualquier lugar del mundo si carecemos de fuerza para impedírselo. Solo valdrá la ley del más fuerte. Otra cosa sería engañarnos.

—¿Y qué será de los católicos del norte de Flandes? ¿Nada se ha podido conseguir?

—Nada, señora. Los calvinistas se han mostrado tercos como mulas en este punto. Insistir en proponerlo equivalía a romper todo trato.

—Si os entiendo bien, seguirán marginados, sin poder rezar públicamente al verdadero Dios.

Spínola asiente con gesto sombrío. «A estas alturas» —medita para su coleto—, ya no sabe nadie en Europa cuál es el verdadero Dios, salvo los muy fanáticos que parecen hablar con Él a todas horas, como si fueran parientes.» Si la Inquisición pudiera leerle los pensamientos, sus días de mando habrían terminado. Sería hombre acabado. Mejor no pensar. «Combatir mucho y pensar poco. He ahí una buena máxima», sonríe el genovés, sin que Isabel Clara Eugenia vislumbre la causa.

—Debo reconocer nuestro fracaso en eso, pero a cambio —recuerda Spínola a la infanta—, nuestra Hacienda mejorará con la tregua. Pienso reducir el ejército de Flandes a la mitad en los próximos días, y Sus Altezas podrán dedicarse a reconstruir la desolación de tantos años de guerra en estas tierras.

—Pero les declaramos independientes —interviene Alberto— y el bloqueo de Amberes continúa.

—Sí, pero habrá libre circulación en ambas zonas de Flandes, y lo del bloqueo será temporal. —«Eso espero», piensa.

—¿Y vos qué haréis ahora? —pregunta la infanta.

—Asentada la tregua, ya no es necesaria mi presencia en Flandes. Solicito vuestro permiso para volver a España a besar los pies de Su Majestad y retirarme temporalmente a cuidar de mi casa.

—Os veo cansado.

—Lo estoy, señora. Han sido muchos los trabajos en estos años y mi salud no es muy buena.

—Partid, pues —decide la infanta sin consultar a su marido, que calla y asiente con la cabeza.

Ahora que ya no hay guerra, la presencia de Spínola no es tan necesaria. Los archiduques podrán hacer lo que hasta ahora no han hecho: gobernar en los estados que el gran rey Felipe les dejó en herencia. Eso suponiendo que ella sea capaz de parir, lo cual a estas alturas ya no es probable. Con lo fácil que les resulta la procreación a los pobres. Pero la Providencia suele dar buenos dientes a quien no tiene comida. «En el mundo nadie tiene lo que anhela —piensa la infanta—. Esa debe de ser la voluntad de Dios en penitencia por nuestros pecados.»

Las lanzas
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