CARLOS COLOMA

Milán, 1626

Ninguna estimación mayor recibió Spínola que la que le otorgó el rey cuando depositó en él su confianza al entregarle la instrucción secreta para que, cuando falleció sin hijos el archiduque Alberto, velara por la devolución de los Países Bajos a España, pasando incluso por encima de los derechos de la archiduquesa, que aún vivía.

Holanda acertó en aprovechar la tregua mucho mejor que nosotros. Desde su puesto de embajador en Inglaterra, el inteligente conde de Gondomar predicaba en el desierto la necesidad de llevar a cabo cambios radicales. Pedía invertir en nuevas industrias, construir navíos, fundar compañías comerciales, abolir las aduanas interiores y conceder facilidades a los mercaderes. Algo que ya hacían los ingleses. Sobre todo, decía que era necesario fortalecer el poderío naval, pues quien manda en la mar gobierna la tierra. Y si España no acertaba a sacar provecho de la paz, entonces sería preciso tomar cuanto antes el sendero de la guerra.

De esta opinión había otros altos cargos políticos o diplomáticos que vivían en Europa, como el duque de Osuna, virrey de Nápoles; el marqués de Vilafranca, gobernador de Milán, o los embajadores en Viena, Baltasar de Zúñiga y el conde de Oñate.

Tengo para mí que, si el archiduque no hubiera muerto tan tempranamente, entre él y Spínola hubieran renovado la tregua, aunque esto tampoco es seguro, por las numerosas pruebas de romperla que daban los holandeses. Eran actos que nos obligaban a la guerra. Cuando el general me envió a Madrid a principios de 1621 para procurar los auxilios necesarios y explicar el estado de las cosas en el Palatinado de Flandes, ya dije algo parecido cuando pidieron mi opinión en la corte.

Antes de que expirara la tregua, los holandeses habían mandado expediciones a la India oriental, pero no se vieron entonces más que las primeras centellas de ese fuego, pues ahora han asentado en el Oriente más de veinte factorías y otros tantos fuertes. De todo el comercio del clavo se han apoderado; son innumerables los bajeles que nos han asaltado y echado al fondo, tanto españoles en las Molucas como portugueses en la India. Finalmente, han adquirido en esa región del mundo tantas fuerzas, crédito y reputación en doce años como los castellanos y portugueses en ciento veinte, obligándonos a gastar en aquellas partes, solo para conservar la posesión de las islas, sumas de dinero mayores que las que hubiéramos menester para hacerles en Holanda una honrada guerra, sobre todo en la mar. Con impedirles el comercio y la pesca, conservar buenas relaciones con los reyes de Francia e Inglaterra, y contener a los protestantes de Alemania, los rebeldes holandeses deberían caer rendidos por fuerza.

Ante el Consejo de Estado, viajé a España en el breve tiempo que dirigí la caballería del Milanesado, pero mi vista estaba fija en Flandes, donde hube de poner de manifiesto que la inoperancia y el colaboracionismo, so capa de tregua, conducen a la catástrofe. Dirigido por Holanda, el mundo septentrional europeo acrecienta sus ventajas en unos pocos años de paz. El pulpo, de pequeña pero inteligente cabeza, extiende sus tentáculos por doquier. Holanda dilata sus mercados en el Báltico y el Mediterráneo, incluyendo a la misma España. No solo se han perdido muchas posesiones ibéricas en el lejano Oriente, sino que también corren serios riesgos las Indias de América y la llegada de sus metales preciosos. Si en Flandes no hay guerra, la tendremos en Italia, en España y en las Indias, sin poder sacar de estas partes sustancia para ninguna cosa. Pero si en Flandes hay guerra tendremos con qué poder hacerla, pues la riqueza de todo está en guerrear allí y el peligro está en tener paz. La guerra de Flandes evita costes y la paz los añade. Esta es la cuenta verdadera que hemos de hacer. Lo contrario ha sido lo que en estos doce años se ha hecho. Guerrear sin fruto.

Las lanzas
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