AMBROSIO DE SPÍNOLA

Campamento de Casale

El ofrecimiento del rey de Francia para dirigir el sitio de La Rochela era algo que no podía aceptar estando yo al servicio del rey de España, pero consideré obligado dar gracias al monarca francés por el honor que me dispensaba.

Lo hice al día siguiente. Luis XIII me acogió con gran deferencia, y me dijo que estaba en el campamento sitiador contra el parecer de sus médicos, convaleciente todavía de una peligrosa enfermedad.

Al poco, la conversación se hizo más amigable y creo que fue sincero cuando manifestó que tenía intención de humillar y castigar severamente a los defensores de La Rochela por haber pedido ayuda a los ingleses, que a toda costa quería expulsar de Francia.

Dicho esto, me invitó a recorrer con él los trabajos del cerco y pidió mi parecer sobre ellos.

Yo le dije que la circunvalación estaba demasiado próxima a la ciudad, y eso favorecía las salidas del enemigo por la facilidad de retirarse.

Luego pasamos a reconocer los trabajos de expugnación hechos en el mar para impedir la entrada en el puerto a los barcos enemigos. No hallé en estas obras defecto alguno, y elogié en especial un dique hecho a semejanza del que yo construí en Ostende.

Al terminar el recorrido di al rey mi opinión, que resumí en una concisa frase que él entendió enseguida.

—Es necesario cerrar el puerto y abrir la mano, Majestad —dije.

Al oírlo, Luis XIII se puso a reír de buena gana.

—Se nota que sois genovés. Siempre estáis pensando en el dinero.

—Al presente, es el nervio principal de la guerra —repuse.

—Desde luego, señor Spínola. Cerraremos el puerto para impedir la entrada de socorros y pagaremos con largueza a nuestros soldados —dijo el rey sin dejar de sonreír.

Después de esto celebré otras conferencias secretas con Richelieu y los principales jefes del ejército francés.

Todos me escucharon como si les hablara un oráculo y tomaron nota de cuanto les dije, aunque —por supuesto— fui muy discreto en cuanto a revelar secreto militar alguno.

Casi al término de mi visita, el cardenal Richelieu dejó caer lo más importante. Francia pensaba reactivar la guerra en Mantua. Su intención era ayudar al duque de ese territorio italiano en cuanto concluyera el sitio de La Rochela y los ingleses hubieran sido expulsados. Era muy mala noticia para España, cogida como estaba en el cepo de Flandes.

Todo esto lo comuniqué inmediatamente a la corte española por correo urgente en clave, y pocos días después reanudé el viaje a España.

El recibimiento que tuve en Madrid superó todas mis expectativas.

El ambiente era de júbilo y mi carruaje, cuando llegamos a fines de febrero, fue recibido en las afueras de la capital por altos dignatarios de la corte, atentos a mi fama desde la toma de Breda.

Fue el mismo conde-duque, seguramente celoso de mi pasajera notoriedad, quien me invitó a hacer el resto del recorrido en su carruaje privado.

Era la primera vez que Olivares y yo nos veíamos, y desde ese momento la relación fue rígida, como si existiera alguna invisible barrera entre nosotros que hacía que las palabras de amistad sonaran huecas. En personalidad, desde luego, éramos muy dispares, como tendría ocasión de comprobar. El conde-duque era severo y meticuloso, un maquinador sin verdadera capacidad dirigente que se creía destinado a grandes empresas. Su mayor virtud era el hechizo casi hipnótico que ejercía sobre el rey.

Dado a arrebatos de melancolía, alteración muy corriente en la corte de España, Olivares estaba empeñado en ensalzar su imagen como representación del poder hispano. Por lo que a mí respecta, nada tenía que demostrar. Mi autoridad y prestigio venían dados por los éxitos militares. Mi mente era eminentemente práctica en lo que atañía al negocio político, habituado a la franqueza que obliga a los comandantes de ejércitos en campaña.

Nuestro acalorado desencuentro de opiniones empezó en el mismo trayecto hasta el centro de Madrid.

—Tengo el desagradable deber —le dije— de informaros de la mala situación de Flandes. Las ofensivas están estancadas, no hay dinero para pagar las soldadas y todo el país está al borde del hundimiento económico.

—¿Qué proponéis?

—A grandes rasgos, la paz. Una paz duradera.

—¿Sin victoria militar?

—Una victoria tal sería milagrosa.

—Os equivocáis, marqués. No es momento de cesiones. Francia está empantanada en su guerra contra los hugonotes de La Rochela, y las tropas imperiales van ganando en Alemania. Es un buen momento para que España aproveche esas ventajas. Nunca ha habido un periodo más favorable para la causa católica.

Los gritos de la multitud que nos recibía al entrar en Madrid, interrumpieron la desabrida conversación que manteníamos en la carroza. Con su deseo de ganar popularidad, Olivares sacaba la mano por la ventanilla y saludaba a la gente que se alineaba a nuestro paso.

El rey y toda la corte parecían desvivirse por tenerme satisfecho, pero como siempre ocurre, tras el sol llegan siempre las nubes.

Pasados los primeros días de entusiasmo vinieron los recelos y contrariedades.

Yo había dado cuenta minuciosa al rey en una primera audiencia secreta del estado del gobierno de Flandes y el fallido socorro a Grol.

—¿Cuánta gente tenemos exactamente en Flandes, marqués? —preguntó el rey.

Le di cumplida cuenta. Por lo que ahora recuerdo, había casi sesenta mil personas de pagamento, otras treinta y ocho mil de servicio y diez mil por otros conceptos.

—¿Y la situación es tan desesperada como la pintáis?

—Peor, Majestad.

—¿Qué proponéis para aliviarla?

—Solo veo dos medios. Aprovechar la ocasión para negociar otra larga tregua o allegar poderosos recursos y emprender con decisión la guerra ofensiva. La guerra defensiva actual deja toda la iniciativa al enemigo y es garantía segura de derrota.

—¿Y vos qué partido elegiríais?

—La tregua, Majestad. Es el más factible y menos costoso. Salvo milagro, la guerra es imposible de ganar por fuerza.

—Pero los holandeses se empeñan en que reconozcamos su independencia. En eso han persistido siempre. Perderemos reputación.

—No ahora, Majestad. Mis inteligencias aseguran que ese punto podrían obviarlo. Al fin y al cabo, no deja de ser una formalidad.

—Si la victoria por las armas es imposible, ¿para qué una guerra ofensiva?

—Exacto, Majestad. Si las cosas corren bien con las armas, todo lo que se podría hacer es tomar una plaza importante en un verano, pero eso serviría solo para ganar reputación, como en Breda, no para terminar la guerra.

—O sea, que Breda, fue un espejismo.

—No, Majestad. Fue una gran victoria, pero insuficiente para decidir la guerra. Aunque tomemos una ciudad grande, si después faltan las provisiones y el dinero, el enemigo ocupará luego otras plazas y se corre el riesgo de un motín grandísimo de los tercios si faltan los pagos.

—Los tercios amotinados... qué maldición. Necesitan mano dura —dijo el monarca, la mirada perdida, como si hubiera visto pasar a un fantasma.

—Si hay motín general, y sabemos que los holandeses están tratando de fomentarlo con sus espías, no sé cómo podríamos pagar a los amotinados sin cargar de infinitas contribuciones a la población de Flandes, lo que pondría en peligro su lealtad. Sería jugar con fuego exprimirla más.

—Dinero, siempre dinero. Mi padre me lo advirtió. El estiércol del diablo.

—La tregua —proseguí— frenaría el continuo gasto que causa esta guerra a vuestra real Hacienda. Os permitiría acudir a resolver otros problemas acuciantes que en faltando el dinero son de imposible solución. España podría volver a comerciar en todas partes y vuestros vasallos descansarían de lo mucho que han padecido.

—¿Veis acaso ahora el momento de asentar una tregua?

—Al menos debería intentarse, Majestad. El futuro puede ser peor si se conciertan los franceses e ingleses con los holandeses. Eso cerraría todas las puertas.

—¿Y qué hay de la religión? Estamos hablando de pactar con herejes, Spínola.

—Si no es posible acordar con ellos ahora en esta materia, mejor pasar adelante y asentar la tregua. Veremos si el tiempo mejora lo que no se ha logrado en tantos años de guerra. Este asunto siempre podrá ajustarse después en el tratado de paz definitivo.

Durante la entrevista vi al rey con profundas ojeras. Cuando me despidió parecía un tanto agotado y ausente. Si los rumores de la corte eran ciertos, es posible que la actividad nocturna en los lupanares de Madrid tuviera algo que ver con su aspecto fatigado. Las noches viciosas dejan huella incluso en los reyes, por muy planetarios que sean.

Después de la secreta audiencia, el rey pidió al conde-duque que se reuniera el Consejo de Estado para escuchar mi opinión, y se le remitiera informe.

La reunión se celebró en el palacio de Olivares, y la junta estaba formada por los consejeros que le eran más adictos, como designados por él mismo: Agustín Mexía, marqués de Montesclaros, Fernando Girón, conde de Monterrey, Baltasar de Zúñiga, Juan de Villela, Diego Mexía, el duque de Feria y el marqués de Flores Dávila.

Hablé yo primero, como consejero más antiguo, pero a mi exposición sobre la precaria situación de Flandes se opuso frontalmente el conde-duque, y en vista de eso, como ocurre en tales casos, los demás consejeros no se atrevieron a disentir del valido.

El dictamen de Olivares resultó difuso, oscuro y alambicado, pues no es la oratoria su punto fuerte, sino el influjo personal con el que tiene hechizado al rey.

Lo que más me alteró fue su ciega vanidad de pretender entender más que yo de milicia y fortificación, no habiendo nunca militado ni dirigido ejércitos o expugnado plazas fuertes. Tamaña osadía dice mucho acerca de su personalidad proteica y avasalladora.

En cuanto a sus prolijos pretendidos ajustes matemáticos para ahorrar dinero a Flandes, no dejaban de ser cuentas galanas. Pues todo ahorro es posible y descabellado si al final se pierde lo que se quería conservar.

Vista la total discrepancia de mi dictamen y el suyo, el Consejo decidió que Olivares y yo volviéramos a debatir a solas, pero el valido (quizás en eso con buen criterio) creyó que tal cosa sería perder el tiempo. «Mejor que el marqués escriba una declaración y yo haré otra —dijo—, y que el rey vea las dos y decidida.»

Una astuta decisión, pues de sobra sabía Olivares que don Felipe no le quitaría nunca la razón para dármela a mí.

En lo único en lo cual el conde-duque y yo estábamos de acuerdo era en activar la guerra en el mar para ahogar económicamente a Holanda, pero en eso también los medios eran muy inferiores a los deseos.

La armada de Flandes, con base en Dunkerque, apenas llegaba a unos veinte barcos, que eran menos de la décima parte de los holandeses.

Con tan poca flota, solo podíamos emprender acciones del corso contra barcos menores, pero nada podíamos hacer contra barcos mercantes protegidos por buques de guerra.

Levantar una poderosa armada es más difícil que levantar un ejército. En el caso de Flandes, aparte de dinero, eran necesarios navegantes y pilotos experimentados en esas aguas, y cincuenta o sesenta barcos como mínimo.

Sobre este punto, avezados marinos al servicio de la Corona presentaron proyectos que siempre fueron descartados por la soberbia de Olivares. El valido nada entendía de mar, y tampoco supo rodearse de gente experta en asuntos marineros. En su ignorancia, despreciaba a los extranjeros y prefería poner el mando de nuestra flota en manos de nobles o militares castellanos, aunque no supieran nada de marear.

En solo tres años habíamos pasado de predadores a presas en la guerra que España mantenía en los mares del mundo.

Cierto era que habíamos conseguido expulsar a los holandeses de Guayaquil, Puerto Rico y Bahía, pero los barcos enemigos seguían acosando a los puertos españoles de América y se habían apoderado de Pernambuco, en Brasil, y otros territorios del Caribe.

Entretanto, la guerra que desde Alemania y Bohemia se extendía a toda Europa quemaba a nuestros ejércitos. Demasiados enemigos en demasiados sitios al mismo tiempo. Y eso no solo en Europa, pues para desgracia de España también se combatía contra el Turco y los piratas berberiscos en el Mediterráneo. Una sangría más de hombres, armas y dinero.

¿Cómo hacer frente a todo esto cuando ni siquiera podíamos levantar un ejército de cincuenta mil hombres en Flandes?

Los días transcurrían en Madrid con falsa apariencia de normalidad. En el Alcázar Real, a los pocos días de mi llegada, se celebró la boda de mi hija Policena, dama de honor de la reina Isabel de Borbón, con el marqués de Leganés, Diego Mexía de Guzmán, primo del conde-duque, el todopoderoso ministro que ya se perfilaba como mi enemigo declarado en la corte.

Mexía había servido durante más de veinte años en Flandes como oficial y gentilhombre del archiduque Alberto. Poco antes de la boda había sido nombrado consejero de Estado antes de recibir el marquesado.

Su matrimonio con Policena no le vino mal, pues le entregué una dote de doscientos mil ducados. Poca cosa, en realidad, si se compara con los préstamos que he dado a la Corona española.

Según mis cálculos, suman más de seis millones y medio de ducados, y no veo manera de que la Corona me los pueda devolver nunca, pues hace años que las arcas de la Hacienda real solo contienen telarañas.

Las lanzas
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