AMBROSIO DE SPÍNOLA
Mientras Federico se esforzaba en cumplir lo estipulado, Ambrosio llegaba a Flandes al frente de dos tercios creados y pagados con su propio dinero. Parecía sentir más que nunca la necesidad de no quedar atrás en esa gran carrera de emulación que le había impuesto su alter ego fraterno. La otra cara de la moneda de su propia personalidad. Sentía angustia al lamentar pasar el tiempo y diluirse la vida sin haber podido ejecutar sus mejores sueños: ser un héroe por la gloria de las armas. Y como los antiguos héroes espartanos que cantara el poeta Tirteo, él no sentía miedo de morir si era en ocasión memorable y dando el último aliento.
Ambrosio compartía la idea que su hermano consideraba inexcusable para la victoria española en Flandes. Habían hablado de eso muchas veces y conservaba cartas de Federico en las que este exponía sus razones en torno al asunto. Para reducir a los holandeses era necesario hacerles la guerra por mar y con galeras. Sustentar una escuadra en Flandes para cortar a las provincias rebeldes el aire que necesitaban para subsistir. Impedirles las faenas de pesca y apoderarse del ganado que alimentaba a su población. Tales propuestas hubieran parecido muy razonables a cualquiera entendido en campañas, pero muchos jefes militares en Flandes y en España veían a los Spínola como extranjeros advenedizos, ambiciosos y adinerados, que buscaban su propio beneficio en el negocio de una guerra interminable y alimentada con la sangre de los tercios.
Federico era persistente. Primero convenció al archiduque Ernesto, tío de Felipe II que gobernó durante un corto tiempo Bruselas a la muerte de Alejandro Farnesio, y luego intentó convencer a Juan de Idiáquez. El provecto consejero del rey, que movía los hilos del espionaje hispano, le pidió que fuese a Madrid a exponer sus planes.
Idiáquez, al que la gota y los achaques mantenían muy dolorido, sin poder moverse apenas, lo escuchó con atención y no se anduvo con circunloquios.
—Considero muy arriesgada y costosa la empresa de mandar más barcos a Inglaterra y el Mar del Norte. Aquello es un cementerio para nuestras naves y los soldados. Pero es el rey quien decide. Habladle.
—Como digáis, Excelencia.
Pocos días después lo recibió el rey Felipe III, y la labia del genovés alucinó los oídos del soberano.
—La guerra, Majestad, solo se ganará con barcos y poniendo pie en Inglaterra. Debemos combatirles con las mismas armas y destruirles en su territorio.
Convencido el monarca, mandó hacer dos capitulaciones con Federico. Una por la cual debían entregársele seis galeras que estaban en Santander. A cambio, el aventurero italiano se obligó a pagarlo con su dinero si el gasto de las galeras pasaba de 13.500 ducados al año cada una.
En la segunda capitulación, el rey le autorizaba a levantar en Flandes cuatro mil infantes valones y mil caballos, con veinte cañones, más pólvora abundante y otras cosas para componer un tren de artillería.
También le concedía autoridad para embargar todos los navíos que recalasen en el puerto de Dunkerque, y desde allí pasar a ocupar un lugar en la costa inglesa en el que hacerse fuerte.
Quedaba el asunto del pago de las levas, y en eso el rey Felipe fue inflexible.
—Debéis servirme —le dijo— con cien mil ducados prestados gratis, y sin interés por un año. En cuanto a la tropa, sustentadla con las contribuciones de Flandes.
—¿Y la artillería, Majestad?
—Esa, junto con las municiones de guerra, que la pague el señor archiduque de Flandes.
Asentadas las capitulaciones, le quedó a Federico de Spínola el arduo camino de ponerlas en práctica. Algo —piensa Ambrosio— más duro para un general que la propia batalla. Y lo sabe por experiencia propia.
A principios de 1599, Federico fue primero a Italia y luego a Flandes. En Bruselas negoció las levas con el cardenal gobernador interino Andrea de Austria, mientras el archiduque Alberto arreglaba su boda. Fue un acuerdo tenso por el asunto de los dineros, ya que, como era habitual, las arcas flamencas estaban vacías. Todo se lo llevaba la guerra y la corrupción que proliferaba en torno al gobierno. Al final no quedaba nada con que pagar a las tropas, hartas de una guerra infructuosa y prolongada, de barros y trincheras, abocadas al saqueo y el destrozo por la falta de pagas.
—Para las levas —le dijo el cardenal Andrea— tenéis que entregar cuarenta mil ducados al pagador general, y yo tendré a la gente apercibida.
Pero el genovés no se fiaba. Todo el mundo le pedía el dinero por adelantado, y aunque era rico de familia, su fortuna tenía un límite y estaba obligado a conservarla. Cuando el crédito se le hubiera acabado, nadie le haría caso. Le despreciaría la misma gente que ahora le adulaba deseosa de aprovecharse de su bolsa.
—¿Y qué hay acerca de las municiones de guerra y el resto del material de guerra? —inquirió el genovés—. Tenéis la lista de lo que necesito.
—No os preocupéis. Yo os entregaré la mayor parte de lo que figura en la relación que me habéis dado.
—¿La mayor parte?
—No podré daros todo si no me proveéis el dinero necesario.
—¿Cuánto necesitaríais?
—Al menos otros quince mil ducados.
Federico dudó. El cardenal gobernador se mostraba ladino y evitaba mirarlo a los ojos. Era un hombre de aspecto melifluo y menguado de arrestos. De seguro que la mayor parte de esa suma se la quedaría él, pero el genovés había hecho un pacto con el rey y el honor estaba en juego. El dinero iba y venía y solo era un instrumento para la gloria. Que aquel vil cardenal con autoridad reventase con los ducados que le robaba.
—Sea. Los tendréis.
—Veo que sois decidido y emprendedor. Haré llegar noticia de vuestra generosidad a la corte. —El cardenal esbozó una sonrisa rastrera de alcahuete—. Ahora aceptad una copa de vino en mi compañía. Esta noche he dispuesto un banquete para vos. Deseo presentaros a mi sobrina Raimunda. Vive conmigo en palacio y aunque es muy joven y discreta ha oído hablar mucho de vos y os admira.
Federico hubiera ensartado de buena gana al infame. Pero a cambio de sus ducados, saborearía al menos en el lecho a la sobrina. Una fruta fresca que el cardenal le ponía en bandeja.