LAS LANZAS

El rey le ha concedido 480 ducados para el viaje a Italia, dos años de salario, más otros cuatrocientos que ha sacado de atrasos cobrados de varios cuadros. Viaja con un criado y cartas de recomendación para los embajadores españoles y diversas personalidades religiosas y políticas.

Dicen que Rubens, ese monstruo de ingenio y fortuna, del que se ha hecho muy amigo en Madrid, es quien le ha animado a emprender el recorrido por Italia, la tierra de los grandes pintores del Renacimiento. Juntos han admirado las obras de arte que se guardan en El Escorial y los palacios madrileños. Quizá se siente ya un poco saturado por el ambiente de la corte, demasiado pacata y provinciana en lo cotidiano, aunque abierta al dominio del mundo en lo político.

En Barcelona le espera la nave en la que viaja también Spínola para hacerse con las riendas del caballo de la guerra que está arrasando Mantua y el Monferrato. Pero va a su pesar, pues hubiera deseado regresar a Flandes. Allí siente que su labor ha quedado inacabada, como todo cuanto uno emprende en esta vida.

Deja una corte cegata de ideas, bastante inquieta con la noticia del desastre que ha supuesto la captura de la Flota de la Plata. Una atrocidad más de la piratería holandesa y una calamidad pública. Ese tesoro, en manos del enemigo, es lo que le está permitiendo seguir guerreando con éxito, y las noticias de la derrota se suceden. Balduque está a punto de caer y don Gaspar de Guzmán, el conde-duque de Olivares, anda tan alicaído que rehúye aparecer en público y vive encerrado en su despacho. Los pocos que presumen de conocerlo bien dicen que son los días más amargos que le han tocado vivir desde que sirve y maneja al rey. La desgracia le tiene tan aturdido que no quiere ni oír hablar de un acercamiento a los rebeldes holandeses. No es el momento. Siempre ha pensado que para negociar hay que hacerlo desde una posición de fuerza, y España ahora es débil, aunque exteriormente todavía no lo parezca. Las paces se imponen, no se mendigan. Pero con la plata robada y sin dinero, este cálculo se ha derrumbado. Y ya no quiere hablar de paz. Los tercios tendrán que seguir luchando hasta el último arcabuz y la última pica, eso suponiendo que haya con qué pagarlos.

Rubens es hombre inteligente. Ha comprendido la situación y se ha marchado cabizbajo y desanimado de España. El pobre parece que quiere ayudar a detener la sangría, pero, como todos desconfían de todos, no le dejan, y además le consideran un intruso por meterse a diplomático sin ser noble de cuna. En verdad, ni siquiera sabe lo que piensa el rey, porque para eso tendría que saber primero lo que piensa Olivares, cuya cabeza es una fronda confusa de ideas.

El valido cree que las desgracias que acosan a la Monarquía Católica son un castigo por los pecados de Felipe IV o de la propia España, y no acaba de aclararse si desea la paz o guerrear en firme. Más bien parece esto último, pero a poco que pensara debería darse cuenta de que no hay medios ni dinero para mantener la guerra. ¿Y entonces, qué? Olivares no es tan tonto como para ignorar que España va de cabeza a un enfrentamiento total con Francia. ¿Y entonces, qué? Entonces, Dios dirá. Pero las guerras no son cosa de Dios, sino de los hombres.

En la galera que conduce al maestro de la pintura y al capitán general hacia Italia, los días de verano se hacen muy largos y hay mucho tiempo para hablar, sobre todo a última hora de la tarde, cuando desde el castillete de popa ven desplomarse la bola rojoamarillenta del sol sobre la línea gris del horizonte en la mar tersa. Un espectáculo que sosiega el ánimo y propicia las confidencias.

Spínola, receloso al principio, ha terminado disfrutando de la plática con el artista, que se muestra muy devoto del rey y más versado en asuntos políticos de lo que indica su oficio de pintor, porque no hay que olvidar que Velázquez es un hombre de corte, al servicio permanente de la Corona. Habita en palacio y tiene contacto asiduo con consejeros, diplomáticos y altos funcionarios. Está al tanto de las graves cuestiones de Estado que se cuecen a su alrededor.

Como es natural, Velázquez se ha interesado mucho por la toma de Breda, un hecho que todavía suscita la admiración de Europa. El rey le ha encargado un cuadro sobre la gesta. Una obra que, junto con otras, deberá llenar con cuadros de batallas triunfales las paredes y techos del Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro de Madrid.

Velázquez nunca ha visto de cerca una batalla y las explicaciones del general le sirven para imaginar mejor el cuadro, que aún tardará algunos años en terminar. Spínola le habla de las penalidades sufridas en el cerco, del desenfado ante el riesgo y la bravura de los tercios, del contraataque de Mauricio de Nassau, frenado a duras penas, del frío y los muertos, pero Velázquez parece estar en otra onda. Recuerda lo que Rubens le ha dicho sobre la necesidad de acabar con una carnicería que destruye a Flandes y está acabando con las energías de una monarquía planetaria cuyos cimientos han empezado a crujir. Le gustaría que el cuadro fuera un canto a la reconciliación, al reencuentro de vencedores y vencidos, no a la guerra. Quiere pintar los rostros de los hombres que han ganado la batalla, individualizar por lo menos a algunos de los jefes todavía cansados y orgullosos. El humo y la destrucción quedarán en segundo plano, en fantasmal alejamiento.

—Entonces —pregunta Spínola—, ¿haríais de los soldados el motivo central?

—Sí, pero en el centro de todo iría vuestra figura y la del gobernador vencido. No recuerdo ahora el nombre.

—Justino de Nassau.

—En efecto. Disculpad mi mala memoria —sonríe Velázquez.

—¿A caballo?

Velázquez hace un gesto de indecisión. En realidad, ha pensado que representará a los generales pie a tierra, compartiendo el suelo conquistado con los soldados que les rodean. Pero elude una respuesta clara. A pesar de que parece persona amable y poco afectada, a Spínola podría molestarle no ser pintado a caballo, lo mismo que ha hecho con el rey, el conde-duque de Olivares y el duque de Lerma.

«Debería ser —piensa—, una pintura abierta a la esperanza del punto final de una contienda que se prolonga ya demasiado. Un cuadro directo, con figuras reales de carne y hueso, sin alegorías.» Pero no quiere mostrar la dureza de una batalla, sino el símbolo de una idea que haga la obra perdurable. Así se lo comenta al general.

—Una intención loable —dice este.

—El final de toda guerra siempre es la paz. Por mucho que nos empeñemos, la hostilidad nunca es perpetua. Las armas siempre acaban callando, aunque luego todo vuelva a comenzar, porque la vida se repite siempre igual. Solo cambiamos los hombres.

—Flandes está partido en dos, don Diego, y el abismo entre las provincias leales y las protestantes es tan profundo que se ha hecho insalvable. Aun así, más valdría una mala paz que una guerra sin final ni sentido porque la victoria con las armas no parece posible.

—¿Qué haríais vos si estuvieseis en el lugar del conde-duque?

—El enemigo principal es Francia. Habría que acomodar la paz con Inglaterra y alcanzar compromisos en el Palatinado y los protestantes de Alemania. No podemos luchar contra todos a la vez. Tregua y fuerza militar no son términos opuestos. Se complementan.

—Os entiendo.

Como buen cortesano, Velázquez capta al vuelo y calla. No desea ir más lejos en este asunto, pues no podría dar la razón a Spínola. Sabe que la opinión del general es contraria a la belicista del conde-duque, que imagina utópicas visiones de campañas navales en el Báltico y el Mar del Norte. Algo que a Spínola le suena a música celestial. ¿Con qué barcos? ¿Desde qué bases? ¿Con qué dinero? ¿Con qué marinería?

El general ha entendido ese silencio. Es mejor volver a hablar de pintura.

—Lo que deseo —le ha dicho el pintor— es reflejar lo que debió de ser aquel momento magnífico. Veo que quizá Justino de Nassau se os inclina con respeto, resignado, aunque sin humillación, y a vos recibiéndolo en actitud afectuosa, casi cordial, posando vuestra mano en su hombro con ademán consolador. En cuanto a los señores coroneles y maestres que os rodean, quisiera que aparecieran serenos, casi imperturbables, sin sonrisas altivas ni jactancias.

Spínola le ha puntualizado cómo fue en realidad la rendición, pero Velázquez desea ir más allá. Trascender la escena y dotarla de un aura de reflexión, no sobre las consabidas miserias de la guerra, sino sobre la ilusión de una tregua duradera, sin vencedores ni vencidos, que incite al olvido y el perdón de las crueldades irreparables que unos y otros han cometido.

—Contadme, pues, cómo fue la rendición, general.

—Llegado el momento en que la guarnición de Breda tuvo que salir, prohibí toda demostración de burla que los soldados vencedores suelen emplear en tales casos. Eso fue lo primero: usar con moderación de la victoria.

—Vuestros veteranos lo acogerían mal, supongo.

—Los más de ellos entendieron que el momento no se prestaba a la chanza, que se trataba de algo solemne, algo de lo que podrían alardear mucho tiempo después y contárselo a sus nietos. Ese aliento de posteridad los mantuvo dignos.

—Continuad, os lo ruego.

—El conde Hermann de Bergh iba delante con cinco escuadrones de caballería para acompañar a los que salían de la ciudad, y entre los carros puse soldados de caballería para custodiar el bagaje holandés y evitar el pillaje. En medio de la tropa vencida iba Justino a caballo, rodeado de la infantería. Cada coronel o capitán de los holandeses marchaba al frente de su regimiento o compañía, desfilando a banderas desplegadas y tambores batientes, como se había pactado.

—¿Y dónde estabais vos?

—Me coloqué, con mis ayudantes, maestres y nobles de mi campo, en una pequeña elevación situada en el cuartel de Balançon, entre las fortificaciones de Breda y la trinchera interior. Desde allí saludé cortésmente a cada uno de los capitanes que pasaban, y en particular al gobernador Justino, que, por cierto, nunca me dio las llaves de la ciudad —sonríe—. Los oficiales vencidos correspondían a mi saludo con la inclinación respetuosa de sus banderas. Nosotros permanecíamos silenciosos, en un silencio exento de hostilidad.

—Todo muy caballeresco. Como en los viejos tiempos —observa Velázquez.

—¿Y por qué no? Combatíamos en campos distintos, pero no por ello debíamos ser bestias inhumanas que se odian a muerte. Ninguna voz afrentosa se oyó, y los soldados callados se sonreían unos a otros.

Spínola le habla al pintor muy bien del yerno, Diego Mexía Felípez de Guzmán, marqués de Leganés, casado con su hija Policena, y Velázquez entiende que el personaje debe aparecer también en el cuadro. Lo pintará como una estatua viva del temperamento heroico español, mirando al frente, un tanto adelantado respecto a las figuras apretadas que le rodean. Con el rostro sosegado y ligeramente inclinado a la derecha, mosca y bigote, recortado el cabello y la frente calva y dilatada en un plano iluminado, con la mirada fija y concentrada.

Otro que deberá aparecer, sin duda, es Carlos Coloma, que ha participado como jefe destacado en Breda y a quien Velázquez conoce personalmente. Terminará sus días en Madrid, retirado ya de las armas, en el puesto de consejero de Estado, sobrado de prestigio. Lo pondrá en el lienzo mirando también de frente, por encima y un poco a la derecha de Diego Mexía.

Spínola ha hecho notar al pintor que Coloma tampoco es optimista sobre el estado de las cosas en Flandes, y el pintor intuye que su presencia en el cuadro aportaría, para quien sepa leer en los colores, una nota distintiva más al tono conciliador del lienzo.

El general también le ha hablado de otros personajes posibles, como el marqués de Balançon, que perdió una pierna en el sitio, del príncipe de Neoburgo o del duque de Feria.

En cuanto a los vencidos, debe quedar claro que han sido derrotados. Ocuparán lugar marginal en el cuadro, y sus rostros reflejarán la decepción y mediocridad de los perdedores, frente a la gallardía enhiesta de las lanzas vencedoras.

Spínola le ha hablado también de uno de sus mejores ayudantes, soldado valiente y hombre de confianza para todo. Aunque no es noble de origen y nunca tuvo mando de compañía, lo considera como si fuera uno de sus mejores capitanes.

—¿Cuál es su nombre? —pregunta Velázquez.

—Montenegro. Alonso de Montenegro.

Velázquez hubiera incluido también en la galería heroica del cuadro a ese tal Montenegro, pero no sabe cómo es y ni siquiera tiene un retrato para hacerse idea, así es que no sabría qué rostro ponerle. Por lo que le ha contado el general, bien podría ser un símbolo de la bravura individual del infante de los tercios. Se le ocurre que dejará ese testimonio plasmado en el cuadro de una manera difusa, casi como una sombra con forma de sombrero chambergo que se cierne al filo de las picas sobre el conjunto de la escena.

Eso estaría muy acorde con el verdadero sino de Montenegro. Soldado sin cronista ni fama, cuyos hechos, pasado algún tiempo, están predestinados a ser desconocidos, barridos por el viento putrefacto del olvido.

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