12
Rachel Sexton se quedó sola en el umbral del hangar aislado de Wallops y escudriñó la oscuridad que tenía delante. Se sentía como si estuviera a las puertas de otro mundo. Del cavernoso interior del hangar emergía una brisa fresca y húmeda, como si el edificio estuviera respirando.
—¿Hola? —gritó Rachel con voz ligeramente temblorosa.
Silencio.
Rachel cruzó el umbral cada vez más inquieta. Su visión quedó cegada durante unos segundos mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra.
—La señorita Sexton, ¿verdad? —dijo la voz de un hombre a pocos metros de donde ella se encontraba.
Rachel dio un respingo y se volvió hacia el lugar de donde procedía la voz.
—Sí, señor.
Vio aproximarse la difusa figura de un hombre.
A medida que la visión de Rachel ganaba en nitidez, se encontró cara a cara con un hombretón de pétreas mandíbulas que vestía uniforme de piloto de la NASA. Era un hombre corpulento y musculoso y lucía un montón de insignias en el pecho.
—Comandante Wayne Loosigian —dijo él—. Siento haberla asustado, señora. Aquí dentro está muy oscuro. Todavía no he tenido oportunidad de abrir los portalones. —Y antes de que Rachel pudiera decir nada, añadió —: Será un honor para mí ser su piloto esta mañana.
—¿Piloto? —preguntó Rachel mirándolo fijamente, «ya tenía un piloto»—. He venido a hablar con el director.
—Sí, señora. Tengo órdenes de llevarla hasta él de inmediato.
Rachel tardó un instante en comprender la declaración del piloto. Cuando por fin asimiló lo que éste intentaba decirle, sintió una punzada de decepción. Al parecer, sus viajes no habían terminado. —¿Dónde está el director? —preguntó recelosa.
—No dispongo de esa información —respondió el piloto—. Recibiré sus coordenadas en cuanto estemos en el aire.
Rachel percibió que el hombre decía la verdad. Todo indicaba que Pickering y ella no eran las únicas personas desinformadas esa mañana. El Presidente se estaba tomando el asunto de la seguridad muy en serio y Rachel se sentía avergonzada al recordar con qué rapidez y facilidad la había «eximido de toda responsabilidad laboral». «Llevo sólo media hora fuera y ya me he quedado sin medio de comunicación y mi superior no tiene la menor idea de mi paradero».
Rachel estaba casi segura de que sus planes estaban perfectamente trazados aquella mañana. El paseo de rigor iba a dar comienzo con ella a bordo, le gustara o no. La única pregunta era cuál iba a ser su destino.
El piloto se dirigió con paso firme hacia la pared y pulsó un botón. El extremo más alejado del hangar empezó a deslizarse ruidosamente hacia un lado. La luz entró desde el exterior, perfilando un gran objeto situado en el centro del hangar.
Rachel se quedó boquiabierta. «Que Dios me asista».
En el centro del hangar había un reactor de combate de color negro y de aspecto feroz. Era el avión más aerodinámico que había visto en su vida.
—Dígame que es una broma —dijo.
—Una primera reacción de lo más común, señora, pero el F-14 Tomcat de derivas gemelas es un avión muy seguro.
«Un misil con alas».
El piloto condujo a Rachel hacia la nave. Indicó con un gesto la doble cabina. ,
—Usted irá en el asiento trasero.
—¡No me diga! —Rachel le dedicó una pequeña sonrisa—. Y yo que creía que iba a pedirme que lo pilotara.
Después de haberse puesto un traje térmico de vuelo sobre la ropa, Rachel se encontró trepando hasta la cabina y acomodó como pudo las caderas en el estrecho asiento. —Está claro que en la NASA no hay pilotos con el culo gordo —dijo.
El piloto le dedicó una sonrisa mientras la ayudaba a atarse el arnés de vuelo. A continuación le puso un casco en la cabeza.
—Volaremos a gran altura —dijo—. Necesitará oxígeno. —Tiró de una mascarilla del salpicadero lateral y empezó a adaptarla al casco.
—Puedo hacerlo sola —dijo Rachel, tendiendo la mano hacia arriba para ajustársela.
—Por supuesto, señora.
Rachel manipuló a tientas la boquilla moldeada y por fin, con un golpe seco, la colocó sobre el casco. La máscara resultaba sorprendentemente incómoda y extraña.
El comandante la miró durante un buen rato con una sonrisa de condescendencia en la cara.
—¿Pasa algo? —preguntó Rachel.
—Nada, señora —respondió el piloto disimulando—. Las bolsas para vomitar están debajo del asiento. Casi todo el mundo se marea durante su primer vuelo en un aparato de derivas gemelas.
—No se preocupe por mí —le tranquilizó Rachel al tiempo que su voz quedaba amortiguada por la sofocante presión de la máscara—. No suelo marearme cuando viajo.
El piloto se encogió de hombros.
—Lo mismo dicen muchos de los miembros de las fuerzas de élite de la Marina, y tengo que decir que he limpiado más de uno de sus vómitos en mi cabina.
Rachel asintió débilmente. «Qué encanto».
—¿Alguna pregunta antes de despegar?
Rachel vaciló un instante y luego se dio un golpecito en la boquilla que le cruzaba el mentón.
—Me está cortando la circulación. ¿Cómo pueden llevar estos trastos en viajes largos?
El piloto sonrió pacientemente.
—Bueno, señora, normalmente no los llevamos puestos al revés.
En el extremo de la pista, con los motores vibrando tras ella, Rachel se sentía como una bala dentro de una pistola a la espera de que alguien apretara el gatillo. Cuando el piloto empujó el acelerador, los dos motores gemelos Lockheed 345 del Tomcat rugieron, activándose, y el mundo entero sufrió una sacudida. Los frenos se soltaron y Rachel fue lanzada hacia atrás contra el respaldo del asiento. El reactor salió despedido por la pista y despegó en cuestión de segundos. El avión se alejaba de la superficie terrestre a una velocidad vertiginosa.
Rachel cerró los ojos mientras el aparato seguía ascendiendo imparable hacia el cielo. Se preguntó en qué se había equivocado aquella mañana. Debería estar sentada delante de su mesa, escribiendo resúmenes. Ahora se encontraba a lomos de un torpedo alimentado por testosterona y respirando por una máscara de oxígeno.
Cuando el Tomcat por fin dejó de ascender y niveló el vuelo a cuarenta y cinco mil pies de altitud, Rachel se encontraba mal. Se obligó a concentrar la mente en alguna otra cosa. De pronto, al mirar el océano, ahora a quince mil metros por debajo, se sintió lejos de casa.
Delante de ella, el piloto hablaba con alguien por la radio. Cuando la conversación terminó, cortó la comunicación e inmediatamente hizo virar bruscamente el Tomcat hacia la izquierda. El avión se inclinó hasta quedar casi en posición vertical y Rachel sintió que el estómago le daba un vuelco. Por fin, el piloto volvió a equilibrar el aparato.
—Gracias por avisar, genio.
—Lo siento, señora, pero acabo de recibir las coordenadas secretas de su reunión con el director.
—Déjeme adivinar —dijo Rachel—. ¿Dirección norte?
El piloto pareció confundido.
—¿Cómo lo ha sabido?
Rachel suspiró. «Hay que ver cómo son estos chicos entrenados con simuladores de vuelo».
—Porque son las nueve de la mañana, amigo mío, y tenemos el sol a la derecha. Estamos volando en dirección norte.
Durante un instante reinó el silencio.
—Sí, señora. Viajaremos en dirección norte esta mañana.
—¿Y a qué distancia en dirección al norte viajaremos?
El piloto comprobó las coordenadas.
—Aproximadamente a cuatro mil quinientos kilómetros.
Rachel se enderezó en su asiento. —¿Qué? —Intentó visualizar un mapa, incapaz siquiera de imaginar qué podía haber tan al norte—, ¡Pero eso son cuatro horas de vuelo!
—A nuestra velocidad actual, sí —dijo el piloto—. Sujétese bien, por favor.
Antes de que Rachel pudiera decir nada más, el hombre retrajo las alas del F-14 hasta colocarlas en posición de bajo rozamiento. Un instante más tarde, Rachel se vio de nuevo estampada contra el asiento mientras el avión se lanzaba hacia delante como si hasta entonces no se hubiera movido. Un minuto después volaban a una velocidad aproximada de dos mil cuatrocientos kilómetros por hora.
Rachel estaba mareada. A medida que el cielo pasaba junto a ella a una velocidad cegadora, sintió que le sacudía una incontrolable oleada de arcadas. La voz del Presidente resonó levemente en su cabeza: «Le aseguro, Rachel, que no lamentará haberme ayudado en este asunto».
Con un gemido, Rachel buscó bajo el asiento la bolsa para vomitar. «Nunca hay que fiarse de un político».