– XVII –

Calcula que han pasado más de dos minutos y aún aguarda la aparición de los síntomas que le anuncien la llegada de la muerte. Sin embargo, a pesar de que el sabor permanece en su boca, sigue respirando como si nada ocurriera. Levanta la vista y observa primero el rictus desesperado de Sofía, y luego la sonrisa calma de Dante Santana.

—Resultó ser un hombre valiente, licenciado. Mucha gente dice estar dispuesta a dar la vida por alguien, pero raramente cumplen esa promesa cuando llega el momento. Usted, en cambio, lo hizo y con eso se ganó mi respeto. —Pablo lo interroga con un gesto—. No, por lo que veo no va a morir. Tuvo suerte, y espero que no se moleste por la broma. En la botella con agua diluí una almendra para que, al beberlo, el gusto fuera similar al del cianuro. Si yo hubiera bebido el otro frasco, ambos tendríamos el mismo sabor en los labios, pero solo uno moriría. Por favor, no se enoje, solo lo hice para estirar un poco más el misterio. Sin embargo, dado el acuerdo que hicimos, tengo derecho a una vida más así que… —Con lentitud hace rodar el otro recipiente hacia un costado—. Un verdadero desperdicio, pero así es la vida.

—Puede ser. Pero, como según el pacto el conflicto entre Sofía y vos está resuelto, supongo que ella puede irse.

—No es tan fácil.

—¿En serio? Qué decepción. Estaba convencido de que eras un hombre de palabra.

—Y lo soy. Créame que no voy a lastimarla, pero si dejo que se vaya ahora, en cinco minutos tendríamos a toda la policía acá, y no puedo permitir que eso pase. Antes, usted y yo tenemos que terminar la partida. Después de eso, si gano, le juro que voy a cumplir con el acuerdo.

Rouviot no se asombra, sabía que no sería tan sencillo.

—¿Entonces?

—Primero escuchemos qué dijo su amiga, por favor.

Pablo va a su buzón y enciende el altavoz. Lo que oye es el llanto de Candela de fondo y luego el reclamo de Helena:

Rubio, la puta madre. Atendeme, carajo. ¿Dónde estás?

Eso es todo. Pablo siente cómo la angustia le recorre el cuerpo. Es obvio que ha pasado algo importante, y teme que se trate de lo peor. La sola idea de que el Gitano haya muerto lo angustia, y aprieta los ojos intentando contener las lágrimas, sin conseguirlo. Santana lo mira.

—Lo siento mucho, de verdad. Aunque no lo crea, a mí también me duele. Como le dije, José era un gran hombre.

Rouviot siente el impulso de arrojarse sobre él, pero la presencia de la joven que tiembla a su lado lo disuade. No puede creer lo que está pasando y, como si fuera poco sabe que, si no maneja bien la situación, la noche puede ser más trágica todavía.

—Si le parece, conversemos un poco antes de continuar —propone Dante—. No quiero aprovecharme de su estado, soy un jugador honesto. —Hace una pausa—. Todavía no sé su nombre.

—Pablo.

—Pablo —repite—, nombre de poeta. —Lo mira con detenimiento, casi como si pretendiera estudiarlo—. Por alguna de las cosas que dijo, deduzco que tuvo acceso a las grabaciones de mis encuentros con Heredia. Un grave descuido de mi parte. Pensé que con llevarme el grabador bastaba, pero veo que me equivoqué. Debí sospechar que tendría una copia en otro lado. —De pronto, así, de la nada, se muerde los labios y se golpea la frente con violencia—. ¿Cómo… cómo no me di cuenta?

Sofía se sobresalta y Pablo se pone alerta. Dante ha dado una clara muestra de enfado con él mismo, y ahora cubre su cara con la mano y se aprieta los ojos. Pablo conoce este tipo de reacciones, las vio a menudo cuando trabajaba con enfermos graves en el hospital psiquiátrico. Como sostuvo Jacques Lacan, esas personalidades son como un banco de tres patas: parecen muy estables si uno se sienta en el medio, pero basta con hacerlo en uno de los bordes para que se vengan abajo, y presiente que eso mismo está ocurriéndole a Santana. Y, pensándolo bien, no sería nada extraño que así fuera. Si para cualquier persona sería difícil atravesar por semejantes episodios de violencia y tantas semanas de tensión, cuánto más para una psiquis endeble como la de Dante. Lo observa con disimulo. Lo ve bambolearse sentado sobre el cemento, apoyado en uno de los cajones con el arma en la mano, e imagina el odio contenido que debe haberle generado ser descubierto antes del final de la tragedia que planificó con tanto esmero. ¿Será posible que su banco de tres patas haya comenzado a tambalear? Es momento de averiguarlo, piensa, y con mucho cuidado lanza la afirmación.

—Sí, tenés razón, fue un descuido imperdonable. Además, ya no importa lo que ocurra, de todos modos, perdiste.

—¿Por qué me dice eso?

Rouviot elige con cuidado cada palabra.

—Porque nadie va a reconocerte como el autor de mi muerte. —Le clava la mirada—. ¿Me parece a mí o no tenés un libro a mano para dejar junto a mi cuerpo?

El comentario, aunque parece banal, surte efecto. Lo sabe por el parpadeo nervioso de sus ojos. Este tipo de estructuras se sostienen a partir de la coherencia del delirio y es común que, el menor cambio en esa realidad alucinada, provoque que todo el edificio se derrumbe. Lo entiende teóricamente y, en este caso particular, lo comprobó por la sencillez con que el Gitano despertó su ira con un simple comentario.

Herido por su intervención, Santana ha bajado la guardia, y Rouviot sabe muy bien dónde golpear. Ahora comprende que las horas que dedicó a escuchar los encuentros que tuvo con José no fueron tiempo perdido.

Su voz suena monocorde, suave y sin matices.

—La grabación de tus sesiones, el acceso a tu historia clínica, ahora la ausencia del libro… demasiados cabos sueltos. Por lo que veo, no sos tan inteligente como creías. Tal vez por eso pude descubrirte. Pero no te castigues tanto, es entendible. Después de todo no fuiste más que un chico que nunca le importó a nadie. —Hace una pausa dramática—. Y mucho menos a Hernán.

—Basta —susurra acongojado.

—¿Basta, por qué? —lo asedia—. ¿Acaso no querías jugar conmigo? Bueno, te propongo algo: juguemos al juego de la verdad. —Santana lo mira confundido—. Es muy simple. Yo debo decir cosas que nadie sepa de tu vida, y por cada una que acierte vos sacás una bala del revólver y me la das. Si fallo, aunque sea una vez, simplemente ganás y tenés derecho a dispararme. ¿Qué te parece?

—No sé —contesta con voz temerosa.

—¿Qué no sabés? Dale, aceptá. —Lo fuerza—. Hay seis proyectiles en el tambor, y basta con una equivocación de mi parte para que ganes vos. Tenés más del 80 % a tu favor. Deberías ser muy estúpido, o muy cobarde para rechazarlo.

Dante tiembla y comienza a menear la cabeza con movimientos breves y compulsivos. Después de tanto pensar en él, Pablo cree tener un diagnóstico preciso, un diagnóstico que le indica que este es el momento de actuar. Si bien Santana tiene una personalidad muy débil, en las grabaciones lo ha escuchado recuperarse con rapidez y no puede darle esa chance, pero tampoco desequilibrarlo al punto tal de que nada lo soporte, porque en ese desencadenamiento podría ser capaz de cualquier cosa.

La situación es compleja. Debe lograr que se recomponga un poco, pero no tanto como para que recupere el dominio. En este momento, se siente como un anestesista que sabe que una gota de menos hará que el paciente se despierte y ponga en riesgo la cirugía, y una de más hará que muera. Por eso, cada movimiento que haga debe ser en extremo preciso.

—Aunque reconozco que lo de Sibyl Vane fue una genialidad. —Lo halaga—. Utilizar un personaje secundario, perdido en medio de una novela tan importante, era una pista muy difícil de descifrar. Te felicito. —Dante le sonríe—. ¿Y sabés qué? Estuve en el hogar en que creciste y admito que solo una persona especial podría haber resistido eso y enfrentarse al mundo sin más ayuda que su inteligencia. Así somos algunos —dice intentando empatizar con él—: podemos equivocarnos, pero siempre sacamos un as de la manga.

Santana asiente un poco más calmado. Pablo decide callar y se produce un silencio que parece interminable, hasta que por fin el joven toma la palabra.

—Estoy pensando en el juego que me propuso.

—¿Y?

—No me parece justo para usted, pero si está dispuesto a arriesgarse, acepto.

—Hecho. Solo tengo una condición.

—¿Cuál?

—Si gano, Sofía y yo nos vamos. No pretendo que te entregues y mucho menos que mueras, podés hacer lo que quieras. ¿De acuerdo?

La joven lo mira asombrada, pero Rouviot sabe que la sola idea de volver a estar encerrado, como cuando era chico, podría desencadenar toda su locura y por eso elige dejarle a mano una salida.

Sofía lo aprieta con fuerza. Tiene miedo. Él también, aunque debe disimularlo. Se toma un instante, cierra los ojos, respira profundo y deja que lo invada toda la información que recolectó en esos días y las conclusiones a las que ha llegado. Sabe que debe ir de menor a mayor. No puede correr el riesgo de que ese delicado andamio que es la psiquis de Dante se desmorone, no hasta que le quede la última bala. Al menos así, sabe qué hacer para salvar la vida de Sofía.

—Que comience el juego, entonces —lo invita el joven con cierta ansiedad.

Pablo asiente, mientras evalúa por dónde empezar. Tiene seis preguntas, y hace unos minutos dedujo que también son seis las personas que deben morir según el plan que Dante ha trazado en su mente enferma. Elige tomarlos como hoja de ruta para llevar adelante este juego mortal siguiendo una simple lógica: plantear primero los casos que afectivamente comprometan menos su precaria estabilidad psíquica. De todos modos, debe encubrir esta elección intentando que él no lo note. Demostró ser muy inteligente, y si su parte racional toma el mando de sus comportamientos, Rouviot perderá la única chance que tienen de salir ilesos de esta situación.

—Si no te molesta, preferiría arrancar por las cuestiones más importantes para mí. —Miente.

—Como quiera. Es más, le confieso que me alegra comprobar que también los analistas tienen su costado narcisista —comenta con una calma que no tenía hace apenas unos minutos.

—José Heredia, entonces.

—Adelante.

—Pienso que lo consultaste por una razón muy simple.

—¿Cuál?

—Porque, como dijeron los griegos, todo lo que un hombre hace en su vida, lo hace nada más que para que algún día alguien pueda contarlo. Bueno, creo que tuviste necesidad de contarlo, y qué mejor testigo de tu impostura que una persona que no iba a ponerte en peligro dado su compromiso de confidencialidad. Ese análisis empezó de un modo lúdico para vos, casi como una travesura que, de a poco, se fue volviendo cada vez más peligrosa. El ámbito íntimo y confidencial te invitó a hablar de vos, a narrar, aunque fuera de modo velado, tus infiernos personales, como los llamaste. Y en ese momento, la cosa empezó a complicarse. Confundido por tus propias emociones, te expusiste demasiado y dejaste de tener el control de las sesiones, algo que no pensabas permitirte.

—Su deducción es muy buena —lo interrumpe—. Pero tengo dos preguntas que hacerle. La primera, ¿por qué di los datos de Hernán cuando podría haber inventado una identidad ficticia?

—Porque necesitabas que una parte tuya quedara unida a él. Era importante para vos dar cuenta de la relación que habían compartido. Pensás, como los griegos, que aquello que no se dice es como si nunca hubiera existido, y sentís que ese amor fue lo más real que te ocurrió en la vida. ¿Y cuál es la segunda cuestión? —se apura en preguntar para no darle tiempo a decidir acerca de la validez de su respuesta.

—¿Por qué cree que le disparé a Heredia, cuando hubiera bastado abandonar el análisis y no volver más a su consultorio?

Pablo esperaba poder eludir el tema para no ingresar tan rápido a los espacios oscuros de Santana, pero no tiene margen para callar o equivocarse, de modo que opta por decir la verdad, de manera cuidadosa.

—Le disparaste porque el dispositivo analítico había dado sus frutos y José se acercó mucho a la verdad. Como Ícaro, elevó su vuelo demasiado cerca del sol, y al igual que él, lo pagó con su vida. —Lo ve dudar, un recorte de sesión viene en su auxilio y acota de inmediato—. Además, reconozco que tuviste una razón mucho más justa para hacerlo: él fue uno más de los que no entendió nada de lo que en realidad te pasaba. —Pausa—. ¿Respuesta correcta?

Dante lo observa unos segundos en silencio, al término de los cuales abre el tambor del revólver y, complacido, retira una bala y se la arroja.

La voz ausente
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