– IX –
—Contame qué te trae por acá.
—Supongo que la misma razón por la que deben venir la mayoría de tus pacientes. No creo tener nada demasiado original.
—Bueno, no todos los pacientes vienen por el mismo motivo. Además, aunque el asunto por el que otros me consultan tuviera puntos de contacto con el tuyo, cada persona es única y vive esas cuestiones de un modo particular.
Pablo cree percibir una exhalación que lo hace intuir un gesto risueño.
—¿Ah, sí? Y decime, ¿vos qué ves de único en mí?
El silencio que sigue le indica que José ha quedado desconcertado con la pregunta y le confirma la veracidad de su primera impresión: el supuesto Hernán es muy inteligente y salta a las claras que tiene una enorme capacidad de seducción.
Al instante la voz del analista da cuenta de su intento por revertir ese comienzo en el que el paciente ha pasado de presa a cazador.
—Es demasiado pronto para responder eso, pero seguramente a medida que nos conozcamos voy a poder darte algunas de las características que te hacen diferente.
—¡No, Gitano, no! —exclama Pablo y se levanta de la mesa.
Está enojado con su amigo. Lo conoce muy bien. Es un terapeuta experimentado y, por eso mismo, no entiende cómo ha caído en la trampa. Todo analista sabe que es crucial no acceder a la demanda del paciente. Debe sorprenderlo, no decir lo que él espera escuchar, y eso es precisamente lo que José no hizo. Por el contrario, con su respuesta lo ha puesto en un lugar preferencial. Le ha dicho que es diferente, único, e incluso la frase a medida que nos conozcamos demuestra un interés por continuar con los encuentros que Hernán todavía no ha manifestado.
Intenta servirse un poco más de vino, pero la botella está vacía. Camina unos pasos, sin embargo, se frena antes de llegar a la cava. Tiene que estar lúcido y no va a conseguirlo si elige aplacar su enojo con alcohol. Además, un pensamiento lo detiene. Es claro que se siente afectado por el modo en que el joven está manejando la entrevista.
—Hijo de puta. —Piensa—. Hernán también me está manipulando a mí.
Y en ese momento toma dos decisiones. La primera es escuchar la grabación desde un lugar mucho más distante, sin involucrarse afectivamente, y la segunda es negarse a llamar Hernán a ese farsante, porque si lo hace se transforma en uno más de los títeres que él maneja a su antojo, y no piensa permitírselo. Así que, a partir de ahora, va a nombrarlo HH. Es cierto que resulta una solución intermedia, pues son las iniciales de Hernán Hidalgo, pero aun así le suena mejor que NN.
Va hasta la máquina de café, se prepara un expreso fuerte, vuelve a sentarse frente a la computadora, toma el mouse, da un click en el botón de play y sigue el relato con atención unos minutos, hasta que algo despierta su interés.
—En realidad creo que vengo para ver si puedo hacer algo con el tema que tengo con mi viejo.
—¿Y cuál es el tema que tenés con tu viejo?
—Que no nos llevamos demasiado bien o, mejor dicho, que nos llevamos muy mal.
—¿Tenés alguna idea de la causa de esa mala relación?
—Creo que nunca estuvo conforme conmigo.
—¿Por qué decís eso?
—Porque es la verdad. Soy el Hefesto de la familia. —Bromea—. No siento ser el hijo que un hombre como Raúl Hidalgo hubiera elegido tener.
—Esa debe ser una sensación horrible. ¿Es una idea tuya o alguna vez te dijo algo?
—No con esas palabras, pero todo el tiempo está en contra de lo que hago. Le molestan mi carácter, mis elecciones…
—¿Qué tipo de elecciones?
Silencio.
—Todas. Mi trabajo, mi estudio…
—¿De qué trabajás?
—Soy auxiliar docente en un instituto de educación.
—Qué bien. ¿En cuál?
—No creo que lo conozcas, porque es nuevo. Es uno privado que está en la calle Arenales al 2400.
—No, no lo conozco.
—Me imaginé.
—¿Y por qué le molesta que des clases?
—No lo sé. Simplemente porque él es así. Mirá mi carrera, por ejemplo.
—¿Qué pasa con tu carrera?
—Que él quería que yo fuera ingeniero como él, y siguiera sus pasos en la empresa que tanto le costó armar. Pero ese fue su sueño. ¿Y a mí qué carajo me importan sus sueños? Después de todo, a él jamás le interesaron los míos. Es más. No sabe quién soy, ni siquiera me conoce.
—¿Y vos hiciste algo para que él pudiera conocerte mejor?
Se toma unos segundos antes de responder.
—No pude. Jamás me dio la oportunidad.
De pronto la voz de HH ha cambiado y Pablo lo percibe. A diferencia del comienzo de la entrevista en que parecía tener todo bajo control, ahora el tono denota la presencia de algo distinto, algo que conoce muy bien, la angustia, y comprende que, a pesar de su postura inicial, la escucha y las intervenciones de José lo llevaron a hablar de él. Ya no de Hernán Hidalgo, sino de él.
—Muy bien, Gitano —murmura satisfecho de saber que ha aparecido una punta para ir dilucidando el jeroglífico que ese desconocido le plantea.
Toma unas notas y vuelve a escuchar cómo José vuelve al punto en que habían dejado.
—Hablame un poco más del conflicto que tiene tu padre con tu carrera.
HH parece recomponerse.
—Pasa que no soporta que haya decidido estudiar Filosofía. La considera una disciplina sin sentido. Claro, como solo le interesa hacer plata, mi fascinación por «El Hombre» le molesta, y en lugar de aceptar que somos diferentes se empeña en convencerme de que debo abandonarla y dedicarme a estudiar algo provechoso. No va a ceder en eso, y yo tampoco.
—Con lo que tenemos un problema hegeliano, ¿no?
Pausa.
—¿Por qué lo decís?
—Porque tu padre y vos parecen haber entablado una lucha a muerte por el puro prestigio.
El silencio del joven denota sorpresa.
—Como en «La dialéctica del amo y el esclavo» —se explaya José.
—Sí, puede ser —acota HH con voz dudosa.
Pablo detiene por un momento el relato de la sesión.
«La dialéctica del amo y el esclavo» aparece en La fenomenología del espíritu, la obra más importante de Hegel, y es quizás su apartado más significativo.
Hegel fue uno de los grandes filósofos de la historia. Un hombre oscuro, pero paradójicamente brillante, que revolucionó el mundo intelectual a partir de su pensamiento.
La dialéctica es un método que consiste en enfrentar distintas posiciones hasta extraer de ellas alguna conclusión que las incluya y las supere, conclusión que llevará a un nuevo conflicto, y así sucesivamente. Con este modo de aventurarse a la búsqueda de la verdad, Hegel marcó un camino que le permitió elaborar un marco conceptual que influyó en las teorizaciones de todos quienes lo sucedieron, especialmente en Marx, Nietzsche y Heidegger, aunque el motivo por el que Pablo conoce tan bien su obra es por el impacto que tuvo en la teoría de Jacques Lacan y, por ende, sobre el psicoanálisis.
Inconscientemente, aleja apenas la computadora, cierra los ojos y recuerda casi con exactitud la primera vez que escuchó esa idea.
Cursaba la carrera de Psicología y estaba sentado en el piso porque la cantidad de alumnos había desbordado la capacidad del aula magna, la misma en la que tiempo después Rouviot daría tantas clases.
Aquel día, la titular de cátedra, una afamada analista, tomó el micrófono y lo cautivó con pensamientos que él desconocía y que, a partir de entonces, formarían parte de su vida cotidiana.
—Para Hegel —dijo—, el centro mismo de la historia del hombre es el deseo de reconocimiento, y una persona solo logra el estatuto de ser humano cuando es reconocido por otro ser humano. Piensen en Tarzán. Mientras estuvo perdido en la selva, criado por los monos en su reino salvaje, era un animal más. Solo podemos suponer que alcanzó su lugar como hombre cuando los pasajeros del Arrow, el barco inglés que llegó a las playas africanas, lo encontraron y lo reconocieron como alguien perteneciente a su especie. Hasta ese momento, era solamente un mito, una leyenda o, si prefieren, una especie de bestia intermedia: un hombre-mono.
Según la teoría hegeliana, todo sujeto necesita ser reconocido para sentirse pleno, y esto es algo que podemos comprobar en los diferentes ámbitos de nuestra vida. Lo vemos en el enamorado que se desvive por la aprobación de su amada, el trabajador que aspira a recibir una felicitación de su jefe, o el alumno que quiere sacarse un diez. Pues bien, este deseo da origen a una disputa por el prestigio de ser reconocido por el otro.
La dialéctica del amo y el esclavo describe un momento particular en el que se encuentran dos seres, dos conciencias, y se enfrentan en busca de ese reconocimiento. Se trata de una lucha a muerte y vencerá el que anteponga ese deseo de reconocimiento a la vida misma, aquel en quien ese anhelo supere incluso el miedo a morir. En cambio, el que se rinda por temor a perder la vida quedará esclavizado y reconociendo al vencedor como su amo. Pero Hegel va más allá y llegará a decir que quien no sea capaz de arriesgar su vida para alcanzar fines que no son vitales, como el ideal de libertad, por ejemplo, nunca será verdaderamente un hombre.
Pablo lleva aquellas palabras grabadas a fuego, y por eso sabe que la intervención del Gitano ha sido atinada y clara, porque apuntó a denunciar esa batalla que HH y su padre libran inconscientemente y en la que, según sus propios dichos, ninguno de los dos está dispuesto a ceder. Sin embargo, el paciente no parece haberla entendido, algo que debería haber llamado la atención de José, porque se trata de una de las ideas más importantes de la filosofía y un estudiante de la carrera no podía desconocerla. Saltaba a las claras que el paciente mentía acerca de eso, pero el Gitano no lo percibió, o quizás pensó que era demasiado pronto para cuestionarlo. Tal vez estaba esperando a que el vínculo se hiciera más fuerte, a que, como dicen los analistas, se instalara la transferencia.
Pero es hora de suspender los recuerdos y ocuparse del presente. Por eso, acerca la notebook, presiona play, y vuelve a sumergirse en la sesión.
—En cambio con mi mamá todo es distinto.
—Contame. ¿Cómo es tu mamá?
Pausa.
—Es una mujer noble y muy comprensiva. Ella sí me ama, y sé que me apoyaría en todo, porque lo único que le importa es que yo sea feliz. Supongo que eso debe querer una buena madre, ¿no? Que su hijo sea feliz. —Silencio—. Y lo que más me duele es saber que sufre por toda esta situación, porque si fuera por él…
—Si fuera por él, ¿qué?
—Me daría lo mismo.
De repente la voz de HH se vuelve desafiante.
—A mí no me importa nada si mi padre sufre o no por lo que soy. Es más, te confieso que hasta me da un cierto disfrute comprobar que lo pasa mal por mi causa. ¿Te parezco muy retorcido?
—Lo que me parezca a mí no tiene ninguna importancia, Hernán.
—Claro, cierto que vos no podés opinar. Después de todo sos analista, y un analista no opina, solo intenta conocer todo lo que pueda acerca del mundo oculto de sus pacientes, ¿no?
Lo dice de un modo provocador, y Pablo comienza a sentirse incómodo. Como si esas palabras irónicas estuvieran dirigidas a él. Mientras lucha contra eso, la voz continúa su alegato.
—Meterse en su universo inconsciente hasta descubrir los secretos más velados, esos que duelen y condicionan cada una de nuestras decisiones. ¿Y sabés qué? Conmigo te vas a divertir bastante, entonces. Porque tengo algunos infiernos que pueden resultarte muy interesantes. Aunque antes de conocerlos, vas a tener que dormir a Cerbero.
Diez minutos después concluye la sesión. Durante todo ese tiempo HH se encargó de desplegar su encanto y su buen humor. Habló de ciertos amigos de la facultad y se rio de algunas anécdotas. José parecía atento, aunque para la mirada de Pablo, sonaba demasiado seducido por el discurso de su paciente. Pero, al menos, puede sacar dos conclusiones de lo que ha escuchado. La primera es que HH no es estudiante de Filosofía, y la segunda, que tiene un gran conocimiento de cuestiones mitológicas.
El viento que entra por el ventanal lo acaricia y tiene una sensación agradable. Mira el reloj y advierte que es muy tarde. Y lo que es peor, ya no tiene energías para seguir pensando. Por eso decide ir a su cuarto e intentar dormir. Sabe que en pocas horas lo espera un encuentro difícil.
No lejos de allí, en la penumbra de su cuarto en Barrio Parque, unos ojos enormes y azules siguen abiertos temiendo la llegada de ese mismo encuentro.