– II –
Los tres hombres avanzan por el camino angosto en una camioneta destartalada.
—Qué gusto conocerlo en persona, subcomisario. Es un honor que no esperaba tener.
Pablo se arrima a su acompañante y le susurra al oído.
—No sabía que era una celebrity dentro de la fuerza. Después, si acepta, me gustaría sacarme una foto con usted.
Bermúdez lo mira de reojo.
—No me cargue, ¿quiere?
El oficial de General Lemos no puede disimular su entusiasmo.
—El comisario Gutiérrez fue el que me habló por primera vez de usted. Era un gran hombre, y yo lo admiraba mucho.
Los ojos de Bermúdez se conmueven, apenas.
—Gutiérrez era un amigo. Más de una vez nos cuidamos las espaldas en alguna balacera, y siempre me sentí muy seguro con él.
—Por lo que me contó, hubiera dado su vida por usted.
—Lo sé. Y yo también hubiese dado la mía por él. —Se hace un silencio, y después de un rato, como si su alma estuviera preparada para escuchar la respuesta, pregunta—: ¿Cómo murió?
El policía que está al volante gira apenas para observarlo antes de responder.
—Con dignidad. —Hace una pequeña pausa—. Llevaba un par de semanas internado por un cáncer de páncreas que lo tenía a mal traer, cuando una noche se presentó en la comisaría. Yo estaba de guardia. Le pregunté qué hacía ahí, y me dijo que no preguntara boludeces, que El Ñato, un pesado que manejaba la prostitución del pueblo, había metido la pata y podíamos agarrarlo. Me ordenó que juntara a los hombres que había a esa hora, éramos cinco, y saliéramos para lo de Memé, la dueña del cabaret del pueblo. ¿Sabe? Aquí nadie se animaba a desafiarlo, así que obedecimos sin chistar. Nos subimos al jeep y fuimos para allá, pero a mitad de camino, no lejos de acá, nos interceptaron. Se nos cruzó un auto adelante, y en unos segundos aparecieron unos hombres de todos lados.
—Fue una batida.
—Seguro. Nos dispusimos a defendernos, pero él nos ordenó que no hiciéramos nada, y se bajó del jeep. Se acercó a ellos, habló un rato con el tipo del auto y nos dijo que volviéramos a la comisaría. Imagínese que yo no entendía nada. Le pedí que se subiera y viniera con nosotros, pero se negó. —Piensa.
—¿Qué pasa? —lo interroga Bermúdez.
—Que al otro día encontramos su cuerpo al costado de la ruta con un balazo en el pecho. Nos dijeron que, de seguro, había muerto durante un enfrentamiento, pero yo sé que no fue así. Gutiérrez sabía que esos tipos habían ido por él, y estoy convencido de que hizo un arreglo y se entregó sin chistar para que nos dejaran ir a nosotros. ¡Carajo! —insulta al destino—. Y algunos dicen que los canas somos todos una mierda. La cuestión es que ahora Gutiérrez está en el cementerio, y El Ñato sigue explotando pendejas y ganando guita. Pero le juro que, aunque sea lo último que haga, a ese hijo de puta le voy a meter una bala en la cabeza.
Durante un instante nadie dice nada, hasta que Bermúdez se estira y le pone la mano en el hombro.
—No se regale, Andrade, necesitamos gente como usted. Y piense que, en definitiva, no hubiera sido digno que Gutiérrez terminara sus días en una sala de hospital rodeado de enfermeras vestidas de blanco que le acercaran el papagayo cada tanto. No, eso no era para él. Así que estuvo bien. Se fue a lo macho, como se lo merecía.
El vehículo se sacude al doblar a la derecha y entrar en un camino de tierra. Pablo revisa su celular y comprueba que no tiene ningún mensaje. Continúan andando unos cinco minutos más hasta que por fin la camioneta se detiene. El comisario baja, y ellos lo imitan. El hombre camina unos metros.
—No entiendo —comenta Pablo—. ¿Qué es esto?
—El orfanato en el que se crio Dante Santana.
Rouviot mira lo que tiene delante sin dar crédito a lo que ve.
—Pero esto no es más que una tapera.
—Así es. El hogar dejó de funcionar hace unos diez años, y está abandonado desde entonces.
—Más que abandonado, parece demolido.
Andrade se encoge de hombros.
—No exagere. Pasa que esta es una ciudad muy pobre, y bueno… algunos vecinos se han ido llevando cosas que les pudieran servir, y yo no voy a meter preso a un pobre porque toma algo que necesita. Pero venga, que todavía quedan cosas por ver.
El policía empuja una puerta de chapa oxidada e ingresan. El lugar, efectivamente, está derruido. Las paredes descascaradas, un patio a la intemperie y una galería que rodea ese espacio central son toda la arquitectura. Con lentitud, caminan en silencio, hasta que llegan a un salón en el que hay unas veinte cuchetas de hierro, de tres pisos cada una.
—No entiendo qué estamos haciendo, Bermúdez. Aquí no hay nada.
—No crea —le palmea la espalda—. Piense que, en alguna de estas camas, Santana pasó más de quince años de su vida.
—¿Y con eso qué?
—Qué sé yo, el psicólogo es usted, pero me imagino que el sitio donde uno creció debe ser importante, ¿no? A lo mejor, conocerlo lo ayude a comprender un poco más de la psicología de este tipo.
Bermúdez tiene razón. En su frustración, no pudo pensar en algo tan obvio como eso. Se ha olvidado de quién es y de lo que sabe hacer, pero ahora lo recuerda. Cierra los ojos y respira profundo. Luego, con una actitud muy distinta, comienza a transitar el lugar, toca el frío de las camas derruidas, ve las rejas de las ventanas, e intenta imaginar lo que debe haber sido vivir en un hogar como ese. Olvidándose de los demás, sale al patio con piso de baldosas y lo recorre.
—Este ha sido todo el mundo de Santana durante mucho tiempo —se dice, y por un momento siente compasión por él.
De pronto algo llama su atención. Se acerca un poco y comprueba que se trata de una placa amurada a la pared. Tiene dibujada una pluma y una inscripción en letras góticas: Nunca he salido de este sitio y, sin embargo, e recorrido el universo.
La voz que suena a sus espaldas lo sobresalta.
—Esta era la entrada a la biblioteca. Por eso se colocó esa frase, para invitar a los chicos a descubrir el mundo a partir de la lectura.
El hombre que tiene enfrente debe tener unos ochenta años, y unos bigotes blancos le dividen el rostro curtido. Es alto, canoso y, a pesar de la edad, su porte resulta imponente.
—Si no me equivoco, es una traducción un poco modificada de una frase del I Ching —comenta Pablo a modo de presentación.
El viejo abre sus brazos, como justificándose.
—Es lo mejor que se me ocurrió en aquel momento.
—Perdón —se excusa—. ¿Usted mandó poner esa placa?
—Sí. —Le estira la mano—. Francisco Mansilla, un gusto.
—Tiene una falta de ortografía —dice mientras le devuelve el saludo—. Le falta una «h».
—Tiene razón. Es que le pedí a uno de los chicos que lo dibujara. El pobre se esforzó tanto, y le quedó tan lindo que no me animé a decirle nada —le responde al tiempo que los policías se les unen.
—Como no había mucho para ver, pensé que, a lo mejor, don Pancho podría aportarles algún dato que les sirviera. Después de todo, fue el director de este hogar durante más de treinta y cinco años —señala Andrade.
—Veintisiete, exactamente —lo corrige.
La mirada de Rouviot es un puñal.
—Entonces, usted conoció a Dante Santana.
Tomándose todo el tiempo, Mansilla saca un atado de cigarrillos y le ofrece uno. Él lo rechaza.
—Yo sí le acepto el convite —irrumpe Bermúdez con amabilidad.
Don Pancho le da uno, luego saca un encendedor plateado, lo abre, gira la piedra con el pulgar y le acerca la llama. Una vez que el policía lo enciende, él hace lo propio. Pega una pitada eterna, retiene el aire, y a los segundos exhala lentamente el humo.
—Por supuesto que lo conocí —responde con calma—. Es más, casi podría decirse que lo crie.
Pablo siente que el piso se mueve debajo de él y hace un esfuerzo para disimularlo. No puede mostrarse débil justo ahora, cuando por fin ha encontrado una grieta que puede conducirlo hasta la persona que intentó matar a su amigo.
—Hábleme de él.
El hombre mira la puerta que tienen enfrente.
—Con mucho gusto. Además, en todo el mundo, no habría un lugar mejor que este para hablar de Dantecito.
—¿Por qué dice eso? —pregunta el psicólogo, algo molesto por el uso del diminutivo.
—Porque, como le dije, este era el sector de la biblioteca.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que él pasaba aquí la mayor parte de su tiempo. —Hace una pausa, como si estuviera buscando en su memoria—. Era un chico diferente al resto, y a pesar de todo, siempre tenía una mirada tierna.
—¿Qué quiere decir con eso de a pesar de todo?
—Que tuvo que soportar una carga muy dura.
—Cuénteme.
Y casi sin darse cuenta, como si lo impulsara una fuerza que no pudiera dominar, Mansilla ingresa al lugar que ahora no es más que un recinto habitado de estantes vacíos.
—Nuestro orfanato alojaba a chicos muy pobres, pero que, por lo general, tenían padres, tíos o abuelos que, al menos una o dos veces por mes venían a visitarlos. También era bastante común que fueran a lo de sus familiares los fines de semana, o a pasar las fiestas. —Pausa—. Eso nunca pasó con Dante. Jamás, en los casi quince años que estuvo acá, vino nadie a visitarlo.
—Pero imagino que, como el resto de sus compañeros, saldría de vez en cuando.
—Imagina mal. Solo yo venía a verlo los sábados o domingos, cuando sabía que estaba solo, y excepto dos o tres veces, en las que lo saqué a pasear, nunca salió de este lugar.
Pablo está acostumbrado a escuchar historias duras, y sabe que un analista debe conectarse con sus pacientes de un modo tal que pueda latir con sus emociones, y eso lo lleva a sentir una oleada de angustia al imaginar la situación que atravesó aquel chico. Pero esta vez no puede permitirse esa empatía. No se trata del pasado de un pobre chico que ha sufrido mucho. No, no es Dantecito, es Santana, o mejor aún, es HH, un delincuente que usurpó el lugar de un muerto y le pegó un tiro a José. Sin embargo, la voz tierna del exdirector del hogar lo invita a entenderlo.
—Le gustaba mucho el fútbol, ¿sabe? Y alguna vez lo llevé a ver un partido de la liga local. Incluso, allá por sus diez años, le regalé una camiseta del Deportivo Lemos para Navidad. Estaba tan feliz. Pero esa no era su vida habitual. Por lo general, era un chico solitario que, cuando todos los demás se iban con su familia, pasaba encerrado y solo todos los fines de semana de su vida, sin más compañía que los libros.
Otra vez siente la tentación de comprenderlo, pero sabe que no debe hacerlo y, como si leyera sus pensamientos, Bermúdez le susurra:
—Escúcheme, Rouviot. Atrás de todo delincuente suele haber una historia triste. Sin embargo, no todas las personas tristes se transforman en delincuentes.
Pablo lo mira agradecido, y el recuerdo de su padre lo rescata. También él había tenido una infancia dolorosa y, aun así, luchó para convertirse en un hombre de bien. Es cierto que no se había ido de esta vida como hubiera merecido, pero construyó una familia y, más allá de sus defectos, marcó en él una impronta de sacrificio y dignidad.
—Y este era su hogar —continúa Mansilla, ajeno a sus pensamientos. Mira el sitio con nostalgia y, con un movimiento de su brazo derecho, pretende abarcar todo el espacio—. Lo que ve aquí, en una época, estaba lleno de libros. Siempre creí que la educación era lo único que iba a permitirle a mis chicos enfrentar el mundo con alguna posibilidad de éxito. Por eso dediqué parte de mi sueldo a comprar algunos textos que no podían dejar de leer. Imagine usted que un sitio como este, nunca fue de interés de los políticos de turno. Después de todo, para ellos no eran más que unos despojos humanos a los que mantenían por obligación.
—Pero veo que, para usted, no.
—Claro que no —contesta con orgullo—. Esos chicos eran mi vida y me daban muchas satisfacciones. Más de una vez, alguno volvió a saludarme, muchos años después, trayendo un título, o mejor aún, a sus hijos para presentármelos. —Sus ojos se llenan de lágrimas—. ¿Sabe? En esas ocasiones, me recorrió la sensación de que mi vida tuvo algún sentido.
Bermúdez observa la escena, y Andrade escucha atento. Rouviot parece conmovido, y siente que es el momento de romper la magia y volver al motivo que los ha llevado hasta allí.
—Lo felicito. Sin dudas ha hecho usted un gran trabajo. Pero me gustaría que volviéramos a Santana.
El hombre asiente con desgano, como si le doliera tener que alejarse de sus recuerdos.
—¿Qué es lo que quieren saber?
—¿Lo puso al tanto de algo? —le pregunta Bermúdez a su compañero de armas.
—No —responde Andrade.
—Bien, me presento, entonces. Soy el subcomisario Bermúdez, y estoy acá porque Dante Santana es sospechoso del intento de homicidio de José Heredia.
—¿Qué? —Mansilla reacciona con asombro—. No es posible. Dante era un buen chico, incapaz de lastimar a alguien.
—Eso está por verse —le contesta con dureza.
El exdirector del hogar desanda sus pasos y vuelve al patio, como si necesitara tomar aire.
—¿Y qué les hace creer eso?
—Entienda que no puedo darle datos, por esto del secreto de sumario, pero créame que tengo sobrados motivos para sospechar de él. Lo que necesito de usted es que me dé algún dato que me pueda ayudar a encontrarlo.
Don Pancho niega con la cabeza.
—Entonces, lo lamento, pero vinieron en vano, porque desde el día en que se fue de aquí, no volví a saber nada de él.
—Al menos podrá darnos una descripción física.
—Sí, claro. —Bermúdez saca una libreta pequeña y toma nota—. Dante es alto, tiene ojos color café, frente ancha, labios finos, pelo lacio y suave y, siempre fue muy serio, aunque cuando sonreía era capaz de convencer a todo el mundo. Estoy seguro de que están equivocados. Él no es un asesino, es un luchador, un hombre fuerte, culto y… no sé qué más podría decirles.
De pronto, Rouviot sale de su letargo.
—¿No tendrá una foto de él? —Bermúdez lo mira—. Y sí, sería mucho más práctico que intentar realizar un identikit, ¿no le parece?
El subcomisario asiente, como avergonzado de su torpeza, y guarda la libreta. Mansilla los mira.
—Es probable. Como ve, aquí no queda nada, pero cuando decidieron cerrar el lugar me llevé algunos recuerdos para que me acompañaran en mi vejez. Después de todo, esos chicos fueron mi vida. No sé, tendría que buscar entre mis cosas.
—Hágalo, entonces —ordena Bermúdez—. Vaya y, si le parece, en una hora pasamos por su casa a ver si pudo conseguirnos algo.
El hombre asiente y, sin hablar, caminan todos hasta la puerta. Don Pancho monta una vieja bicicleta y da vuelta en la esquina. Andrade observa el gesto asombrado de sus compañeros y ríe.
—En este pueblo casi todo el mundo anda en bici —acota—. El día que la dejan, hay que prepararse para velarlos.
Los tres vuelven a subir al jeep y, dejando tras ellos una intensa polvareda, se retiran del lugar.
Pablo se da vuelta, mira una vez más los restos de lo que fuera en otro tiempo un hogar de niños, y siente algo raro. No sabe de qué se trata, pero está seguro de que hay un detalle importante que se le está escapando.