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Mira a su alrededor y todo le resulta desconocido. No sabe cómo ha llegado hasta allí, ni por qué está caminando por ese angosto desfiladero. Su corazón late acelerado y percibe que tiene miedo. Apoya la espalda contra la ladera de la montaña e intenta desplazarse de costado, pero la visión del abismo le genera un vértigo que lo invita a dejarse caer. Siente la tentación de arrojarse al vacío, pero sabe que no puede, tiene que ayudar a José. Eleva la vista intentando no mirar hacia abajo y percibe que en el cielo dos águilas pelean, hasta que una de ellas suelta un pichón que llevaba en el pico; la otra vuela rauda intentando agarrarlo, pero no consigue hacerlo y la cría se estrella contra el suelo. De pronto, todo se tiñe de rojo. Se mira, y constata que él mismo está manchado de sangre y envuelto en una sustancia gelatinosa. Unos metros más adelante hay un agujero en la roca y, con mucho cuidado, se dirige hacia él. Una vez que llega, descubre que se trata de una cueva y, con una clara sensación de alivio, entra en ella. Tarda unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad. A lo lejos, en el fondo, se impone una luz. Supone que debe tratarse de la otra entrada, la que da al otro lado de la montaña. Da unos pasos y tropieza con algo. Se detiene y comprueba que es un sarcófago que lleva grabados algunos números y unos jeroglíficos en el frente. No puede descifrarlos, pero sabe que se trata del nombre del difunto. Avanza unos pasos hasta que se detiene al escuchar un gruñido. Delante de él, tres pares de ojos encendidos lo escudriñan. Está paralizado, pero de pronto la bestia gira y muestra una cola formada por una hermosa mata de pelos que crece hasta convertirse en una suave alfombra.
Siente que se va relajando, pero de golpe, la montaña tiembla y parece a punto de estallar. Debe elegir si dirigirse a la salida que tiene adelante o girar y volver hasta a la abertura por la que entró. El rugido de la tierra, cada vez más fuerte, le indica que no hay tiempo para dudas y, sin pensarlo, sale disparado hacia la puerta desconocida. El crujir de las rocas se confunde con una serie de llantos y alaridos. Siente cómo unas manos intentan retenerlo, pero ya lo ha decidido, no va a detenerse. Al llegar al precipicio extiende sus brazos y se arroja al vacío. Detrás de él, la montaña estalla en pedazos.