París, un otoño...
Tras de dormir durante muchas horas gustaba de prolongar treinta o cuarenta minutos su estancia en la pereza, dormivelando, transmutando ensoñaciones, recuerdos y proyectos. Era su prólogo a la levantada, su contacto nebuloso con la realidad, la fuerza que buscaba para entrar en el nuevo día. La fortuna pisaba queda en el umbral, los pasados buenos tiempos hacían transparente y nítida la apelmazada tiniebla, donde angustiosos vértigos venidos desde lejanas perspectivas habían alterado y a veces interrumpido el descanso. Se encogió y esperó la llegada mansa y anegante, que se presentaba indistinta desde el pasado o desde el porvenir, pero no logró concentrarse. Todo fue una lucha inútil hasta que el timbre del teléfono le reclamó con su exasperación.
Una hora después caminaba despreocupado, pero no alegre. La mañana de hojas caídas, nubes bajas, río musculante y gasolina, avanzaba enérgica. No era una fría mañana y hubiera tenido necesidad de experimentarlo en las manos, desenguantándolas y tactando el aire, porque el rostro matiza poco los cambios delicados de temperatura. Sin embargo no lo hizo porque sentía un segregado frío interior, algo que estaba naciendo constantemente de no haberse reconciliado a través de la duermevela con las ocupaciones, asuntos y esperanzas del nuevo día. Así que al entrar en el bar se escalofrió y cuando alcanzó el velador antiguo donde un hombre gordo se aplastaba en una incómoda silla, se inclinó visiblemente, con cierto envarado respeto, corregido de inmediato, producido por su falta de total dominio, de relajamiento. El hombre grueso dobló el periódico con habilidad, las gafas caídas del puente de la nariz, los labios ultrajantes sonriendo a medias. Los saludos fueron muecas y ademanes. El camarero arrastró sus piernas enfermas y ajenadas, animándolas con ligeros golpes de la bandeja de servicio. Se hicieron hoscamente los pedidos.
El caballero contemplaba los dragones chinos, pintados en sutilísimos papeles acariciándose con el índice derecho el blanco bigote recortado anacrónicamente. De vez en vez el dedo corría a la patilla plateada o era apretado en el aladar. El hombre grueso extraía de la carpeta otro dibujo y murmuraba una dinastía y un año. El caballero asentía y su mirada pericial corría por el dibujo, desde la espantosa cabeza hasta la espada heridora, desde la retorcida y agónica cola hasta el aplastado perfil del guerrero.
Los aperitivos opacaban las copas y las enjoyaban con su calina amarilla. El mármol del velador mostraba en su azabache, escarchadas, hidrográficas cuencas. La mano del hombre gordo reposaba como una araña migala albina —el ojo del rubí polifacético en su órbita de oro— sobre el nocturno siberiano. Cuando el caballero asentía a la perfección de la obra de arte la mano se movía unos centímetros denunciando su rapacidad.
Clasificaron en silencio. Apuraron los aperitivos. Gesticuló con insolencia el hombre gordo reclamando la cuenta. El caballero extendió un billete al camarero y, digno el ademán, cedió lar suelta. El hombre gordo y el caballero salieron a la calle con hojarasca y relente fluvial.
En la tienda de antigüedades un viejecillo de antiparras, corte elegante y un poco fúnebre, barajaba las obras que el hombre gordo le entregaba. El caballero sentado en una silla apostillaba, parco, preciso, y aparentemente distraído. La tienda de antigüedades era un lugar grato y él se ausentaba por los espejos como estanques y pozos de brocales dorados, acariciaba las nobles maderas de las mesas y se apoltronaba en las butacas reconociendo su época, su tapizado, sus muelles. Su sensualidad fluía hacia los retratos de personajes de otrora casi concediéndoselos como antepasados.
Fue ultimada la venta y el hombre gordo recibió un cheque. El caballero se interesó en el momento de la despedida por una figurilla de jade ofrecida en el escaparate. Inquirió y sonrió con melancolía a la respuesta de su valor.
En el automóvil del hombre gordo, el caballero contemplaba la actividad del bulevar con el distanciamiento que produce la vida de un hormiguero.
—¿Dónde puedo llevarle a usted? —preguntó el hombre gordo.
—A mi casa.
—Su comisión son dos mil francos.
—Para un amigo no hay comisión. Sencillamente es un favor.
El hombre gordo le miró al soslayo y resquebrajó los labios en un fruncimiento.
—Bien.
El caballero silbaba una musiquilla relacionada con otro tiempo, otras fortunas y bienandanzas. Llegaron a la casa.
—Hasta otro día —dijo jovialmente el caballero—. Ah: querría pedirle un pequeño favor.
Los ultrajantes labios del hombre gordo sonrieron complacidos.
—¿Usted dirá?
—¿Podría prestarme dos mil francos?
—Naturalmente —respondió—. Naturalmente, amigo mío.