La sombra del marinero que estuvo en Singapur
El puerto se hacía inacabable en aquella tarde, árida de calor. Unos oscuros pescadores de caña, de los que importaba más las sombras que las figuras, con el trópico en los sombreros, dormían su siesta de antenas sin ondas que recoger.
La dársena de los pesqueros asombraba de movilidad. Los pescadores de altura embarcaban su prisa para el Gran Sol. Los pescadores de la costera, se dormían en las tabernas, honradas e ingenuas del vino de la tierra, o jugaban un mus con ciase, un mus de pocas y precisas palabras que no fatigaba la penumbra.
Solo, envejecido y distante, el marinero que estuvo en Singapur, se sentaba frente a una copa de ron. Tenía, y resumía en él, los tópicos de la vieja marina: el ron, la cicatriz partiéndole una mejilla, los ojos lontanos, la boca amarga y el respirar prieto y corto de las ventiscas. Aburría con su hablar de hombre que ha cortado todos los paralelos de la Tierra, en un verano que en una palabra chapoteaba en el pantano a la sombra a poco que sonara alta. A él le gustaba hablar, hablar de sus cosas, de sus falsas aventuras —monedas perfectas pero sin cambio real—, de los navíos eufónicos que le habían llevado por los cinco océanos, de un tiburón negro como el humo de las chimeneas que les siguió desde dos mil quinientas millas hasta que el cocinero —indefectiblemente chino— se lanzó al agua para servirle, paradójico y sabroso, de banquete. La marinería sólo le escuchaba en el invierno; en el verano imaginaba frente a su copa de ron, para los días de lluvia, de niebla y hasta de desgracias.
La mujer de a bordo del Virgen de Aránzazu pasó como una gorda mariposa de noche por el cuenco luminoso de la puerta. La llamaron desde adentro, desde el profundo estómago de la taberna, y entró, deslumbrada y riente, con un cestón de vituallas en la cadera a remojarse la arrugada garganta. La broma tosca y brumosa de un pescador le mentó el calor con rijo. Ella le contestó rápida y literaria. Se salpicó el diálogo de bellas crudezas.
Desatóse un coro de risas torpes, de risas reclutas que tienen que jurar la bandera del no hacer nada para estallar. El marinero que estuvo en Singapur dejó asomar la arqueología de tres dientes quebrados, que impulsaban la fantasía hacia algún episodio borrascoso perdido en la vegetación de la novela. Se bebió la copa de un trago, volviendo el labio inferior de displicencia y de agrado, marchamado de botones cárdenos. La marinería expectaba.
—Chocho debes estar tú de la bebida.
—Anda Dios, si apenas lo cato. Bien quisiera catar otra cosa.
—Cásate y no te marearás de calor.
La mujer del Virgen de Aránzazu salió con su carga de comestibles hacia el barco. Ya pitaba la sirena inconfundible, llamando al rol, desperdigado por el puerto. Movimiento de conga marinera tenía la mujer al avanzar, y sonreía ásperamente y de golpe. Un tonino perdido distrajo la atención de la gente del puerto al colarse en la dársena. Dos veraneantes curiosos se acercaban para ver partir los barcos de pesca. En la taberna seguía el juego de mus.
El marinero parecía contar las vetas de la mesa, la débil orografía del tablero. Bebió el ron y se lanzó a la calle, envuelta de luz. Se fue hacia la despedida de los pesqueros y luego, solo, avanzó por el espigón hasta la punta. En el camino del espigón se encontraba de vez en vez las pequeñas cosas que alborotan la fantasía infantil: un trozo de red podrida, el cascarón de un cangrejo, el pececillo seco y polvoriento. Se agachó de pronto para recoger un anzuelo enroñecido, lo miró entre sus dedos y acabó echándolo al agua; se asomó para ver cómo caía y hasta que lo perdió de vista; parecía su descenso el de una perla en busca de su ostra, el de una escama en busca de su lugar en el pez que la perdió. Ese aire que tienen las escamas de tejas diminutas de las que se piensa que si una le falta a un pez se le hará una gotera. Después siguió adelante.
Mostraba la marea baja una vegetación hinchada y blanda. Se sentó el marinero con las piernas colgantes, mirando las ondas, las medias circunferencias que el agua suavemente hacía al dar con el muro; la vegetación ondulaba como una cabellera diablesca. Así estaba sentado en la proa del viejo barco del capitán Altolaguirre, cuando dieron vista a Singapur. Lo había contado muchas veces y ya nadie le escuchaba. Entonces, cuando él fue, era algo importante el navegar el índico y el Pacífico. Ahora lo podía hacer cualquiera y en cualquiera de los barcos numerosísimos que hacían esa ruta. Con las piernas colgantes, mirando la lontananza de lucecillas y aspirando hondo un viento herbal, con la camisa abierta y los brazos tensos, vio Singapur, así lo veía, ya viejo, en aquella proa petrificada del espigón.
¡Qué antiguo se le hacía aquel mundo! El entonces apenas era un rapaz, un chiquillo pescador, que había llegado en máxima navegación a la altura del canal de San Jorge, a la pesca fría de la merluza. Todos, en el barco, le querían: desde el capitán Altolaguirre hasta el cocinero chino, que desapareció en el remolino con siete filas de dientes como albaceteñas navajas, del tiburón negro. Las recomendaciones se sucedían sobre él con el interludio de alguna bofetada, que olvidaba rápidamente. El capitán le solía comparar a las gaviotas, en las cuales el agua resbalaba, sin mojarlas, por sus excelentes impermeables de plumas compradas en cualquier puerto inglés de grabado, con velero bergantín y nubes borrascosas de tormenta.
Singapur se le ofrecía verdinegro, aquella noche, y el calor era igual a este su día de puerto cantábrico. En la medida del avanzar, los mosquitos, como verdines tropicales, le revoloteaban pirueteros en torno, calentándole las orejas de picazones y de sopapos asesinos que se atizaba. Entonces le llamaban Iñaqui Chiqui, para distinguirlo de Iñaqui el de las calderas que era un vascote borrachón que acabó rompiéndose la cabeza un día de marea baja, al cruzar la pasarela y perder el equilibrio, en un puerto del norte de Europa. El capitán le advirtió que Singapur era una ciudad peligrosa, que viera lo que se hacía y no se desmandara de la tutela angélica del timonel, elefantino, bueno y de Guernica, que tuvo sus más y sus menos en el juego de pelota y se dio a correr mares y a ver ciudades, un poco atolondrado de azules y evadido de paisajes. Aparte de consejos le dio un dólar para que cumpliese si le había menester.
¡Cómo recordaba Singapur! —puch, saltó un pececillo, arco y flecha, combado y veloz—, ¡cómo le pasaba el florecer portuario de luces, razas y lenguajes por la nariz y todo lo curvada que puede ser una vascongada sin caer en el semitismo —puch, brincó de nuevo el pez u otro pez, ¿quién sabe?—. Aquello era el paraíso de la marinería, el romanticismo de tarjeta postal más cierto. Recordaba, mejor veía, a un malayo entreteniendo el papanatismo cosmopolita con una larga aguja atravesada por el estómago; a un chico, meticuloso y estridente, vendiendo en un bazarillo como de juguete, peinetas, flores de papel, recortes de nubes —exactamente igual que en las fiestas de su pueblo, lejano y quinceañero—. Ahora sí que tenía delante al marinero americano, del brazo de dos mujeres de tez aceitunada y apenas rubias de teñidura, que cantaban una canción que a él le sonaba infantil; ahora sí que el cafetín, con pecados de vista, se le aparecía brumoso, de humos, de canciones, de bebidas fuertes y de camareros más fuertes si cabe que las bebidas, llevando debajo del mandilón una cachiporra de madera. Allí había oído hablar de negocios a los emigrantes, de los cargamentos de chinitos de Hong Kong, con desembarcos secretos en San Francisco o en la California mejicana; chinitos que cosían entre sus ropas bolitas de opio y tenían las pupilas mínimas y los pómulos como los cuernecillos apuntando de un choto. En Singapur conoció la primera mujer, alta, políglota y con un lío de razas en las caderas. En Singapur se bebió la primera copa de ron —hasta entonces sólo el vino ocupaba su sentina— y llegó al barco, gatón, procurando no ser visto por el capitán, aunque todo fuera inútil porque el primer oficial lo corrió a puntapiés hasta el rancho. (Una gaviota, la primera de la tarde, se revolvió casi debajo de sus piernas comiéndose el pececillo saltimbanqui.)
Las ondas se le extendían en periplos de su juventud; las ondas le mareaban la cabeza, tocada de agujereada boina, por la que se le escapaban en banda de gorriones los recuerdos. El Virgen de Aránzazu pasaba silbón rumbo a alta mar. Le saludaron desde el puente mientras, ya ordenados los matalotajes y artes, los marineros se tendían sobre cubierta, acariciándose con la brisa de marcha. El grumete —buen grumete—, en la proa contemplaba el romper del agua. A Iñaqui, el viejo, le pareció que él se iba, que era él partiendo a sus primeras singladuras.
¡Qué barco! ¡Dios! Los de su tiempo, desde el diminuto Urala hasta el gigante Bahía de la Concepción —4.500 toneladas y un capitán elegante y apenas visible—. ¡Qué barcos! sucios y ya legendarios, en los que ser marinero era una gala de hombre y la gente de a bordo rezumaba sangre de la que le sobraba. Allá se iba a la ventura del cabotaje, por el Mediterráneo, por el índico, casi dando la vuelta al mundo o dándola, haciendo una línea y rehaciéndola, yendo y viniendo, avanzando un día y retrocediendo veinte. Entonces se aprendía a ser marino de todas las rutas, se lograba afinar el olfato de todos los aromas y todos los hedores, se venteaban las ciudades antes de ser avistadas.
El puzpurrí de canciones, de paisajes, de aromas, le llegaba a Iñaqui, el viejo, como descargas eléctricas a través de las piernas tendidas al mar en longitud de raíces, a través de los ojos, de los brazos, de su tremendo pico olfativo. Volvió a soñar con Singapur, ya seminarista del pecado en el gran seminario de la Marina. ¡Y decían que aquello no tenía importancia!, pero qué sabían, qué sabían... Un chinchorro chipironero entraba muy lento como una concha de almeja de tamaño, y le captó. Conocía al tripulante y se cambiaron el saludo ritual:
—¿Al sol, Iñaqui?
—Al sol. ¿Cómo ha ido eso?
Y la contestación sempiterna y esquiva de todo buen pescador, que nunca está contento del trabajo, como los campesinos de las cosechas.
—Así, así —balanceando la mano y suelto el remo.
El chinchorro tenía algo de mano que finge el así, así, médano de la risa en el amplio mar de la socarronería. Se iba alejando titubeante hacia el muelle. Iñaqui, el viejo, volvió otra vez a sus sueños, porque sabía que los del oficio no contestan a derechas, entre otras cosas, porque la profesión lo exige. Ya, se engañaba a sí mismo, inventaba puertos fantasmales, donde no había estado; se vanagloriaba de situaciones en las que nunca tuvo arte ni parte, se enmadejaba de hazañas oídas, de cuentos escuchados de quien, a su vez, los había sacado de conversaciones con desconocidos personajes que, en cadena infinita, formaban en torno de la Tierra el ecuador de las aventuras marineras.
Se le iba mareando la cabeza del rielar de la luz marinera. Encima de él se acababa de encender el farol de señalamiento. Pirando venían los pesqueros hacia el muelle, pleno de veraneantes curiosos, ávidos de contemplar la fresca plata sardinera. Luego se tenderían las voces lijosas de las vendedoras con el diábolo de las palabrotas bailándoles un patatín en los labios. Correrían de un lado a otro como posesas. Se le iba mareando la cabeza, y cuando pasó cercano a él el primer barquito, no contestó al saludo ensimismado del sol de la tarde, recalentado de fantasías y bizco del guiño largo de las luces en el balanceo del agua. El agua coge insospechados relieves a la luz artificial como las carreteras, los árboles, los hombres.
Pasaban los pesqueros al descanso seguro de la dársena; se pegaban unos a otros como siameses de la mar y los marineros saltaban de borda a borda, descalzos, sucios y brillantes de escamas. ¡Qué cielo tan diminuto el de la camisa azul y marinera con sus constelaciones de luciérnagas arrancadas a los peces! Los veraneantes, preguntones y ridículos, se apartaban a saltitos de la potencia machorra de las pescadoras arrastrando los cajones hasta los carrillos.
Iñaqui, el viejo, veía el remolino del peligro, el tiburón abisal, todo encendido. Le acunaba el agua. ¡Cómo se iba a dejar caer sobre el acunamiento de su niñez! Dejarse caer sobre aquella cunilla estrecha del reflector de un pesquero que llegaba. Pero pasó la luz y el peligro y se volvió a quedar angustiado de la obsesión de su fantasía, del sol, que se le había colado en bolas por los agujeros de su boina; Iñaqui esperaba haber caído al agua, desaparecer para siempre, o mejor aún aparecer en la arena de la playa con un cangrejo en el ojal de la americana, pálido y casi verde, del color del mar en la madrugada, y todo entero.
El marinero que estuvo en Singapur se levantó trabajosamente y se fue pasito a paso por el espigón, loco de visiones, hacia el tabernón de costumbre. Se fue con un vago balanceo que crecería con la marea de ron, frunciendo el entrecejo, las manos en los bolsillos, dando a los brazos la forma de asas desconocidas de alguna ánfora enterrada y extraña, recuperada en algún tenducho mercenario del puerto de Singapur. Iñaqui, el viejo, el marinero que estuvo en Singapur, se iba a rejuvenecer clínicamente porque la fantasía no le daba para tanto y el mar le pedía mucho más por sólo el estipendio faunal de un cangrejo en la solapa.
Iñaqui recortó los muebles de sus copas como un buen ebanista del vivir. Y Singapur quedó retratado con sus manos tremendas.