Panorámica caprichosa

Por las agujas de las torres desfilaban oscuras nubes pastoreadas del cierzo. Los chubascos habían barnizado la ciudad. Brillaban lívidos los tejados y el asfalto, triste y ceniciento, de las calles era con la lluvia recién caída una fulguración de azabache. En la escampada blanqueaba el ocaso, el viento llevaba olor de tierra húmeda y algún gallo de corral urbano equivocaba los crepúsculos cantando. Las campanas de San Miguel sonaban con largas vibraciones, daban las siete de la tarde y la esfera del reloj de la torre se encendió. Poco después las luces del alumbrado público rielaban en el asfalto mojado.

Era la hora del cierre de los comercios. Pulcros horteras de los almacenes de Tejidos y Novedades pasaban el apuro social de echar las trampas; los mancebos de la montaña, recriados en los mostradores de los ultramarinos y en el recadeo por las, casas de la clientela burguesa, ensayaban con orgullo sus desmedidas fuerzas bajando de golpe y porrazo los cierres metálicos; los comerciantes de menor cuantía hacían breve guardia con el palo del cierre como alabarda a las puertas de sus establecimientos, intercambiando saludos, charlando de pasada con los transeúntes conocidos; los boticarios contemplaban desdeñosamente la última actividad laboral del día de sus conciudadanos, significando que eran hombres de carrera y que cerraban a las ocho y media porque los horarios del comercio nada tenían que ver con su facultativa dedicación.

Excepción hecha de los dueños de unos pocos grandes almacenes, los comerciantes parecían tomar precauciones a la hora del cierre contra la revolución anarquista, la cuartelada incruenta, bizarra y ruidosa —el ancestral miedo a la bala perdida—, el borracho rompelunas hostil al orden y al Ayuntamiento y las consecuencias de la mala vida —de siete a once de la noche —amparada en la nocturnidad y soliviantada por el vino tinto. Los grandes almacenes eran un alarde de luz y de viciosos escaparates.

A las siete de la tarde comenzaban los pregones de los periodistas. El diario carcunda y el algo menos tenían controversia desde los principios de septiembre. La ciudad se divertía con la polémica, y en el Casino Militar y Mercantil se había dado el escándalo hache al ser abofeteado uno de sus brillantes actores por un empedernido jugador de poker que era alguien en la Audiencia. La controversia discurría por los barrocos y deshonestos cauces del trapo sucio flameante y la zancadilla de tercera división, que es la zancadilla de descrismarse para a continuación ser pateado, como los pámpanos en el lagar, hasta el acabóse. El motivo era una fuente luminosa, mal emplazada y de gusto pirotécnico, aldeano y ferial, pero por los albañales de la fuente corrían las verdaderas porquerías causantes.

A las siete de la tarde comenzaban deliciosas novenas para edificación del abundante beaterío, y en la penumbra y en el bisbiseo se fraguaban calumnias de alcance contra las honras aparentemente más firmes. Damas con años de entrenamiento en el menester, y con extraordinarias aptitudes perceptivas y verbales, hacían la vivisección de la ciudad. Solapadas, unánimes en el conocimiento de la historia contemporánea de la población, las damas corvinas se instituían en cronistas anónimas del pecado.

A las siete de la tarde las tabernas se atoraban de consumidores insaciables. Navegaba en conserva la polémica de la fuente con otros temas de alto bordo referentes al traspaso de jugadores del equipo local y a los enjuagues consiguientes, dislates de ediles, cuernos de magnates, quiebras de negocios, emigración de jienenses, mariconerías de retoños de próceres, analfabetismo de millonarios nacidos del estraperlo pasado, orgías de la gente bien en la ruina, más el siempre lamentable y consabido anecdotario erótico de los presentes. Nadie se columpiaba porque todo o casi todo era la verdad y nada más que la verdad, y la taberna tenía que refrendar con hechos comprobados lo que en las cautelas de la Iglesia era solamente presunción o calumnia.

A las siete de la tarde las damas maduras tertuliaban o se jugaban las pestañas al naipe. A las siete de la tarde los caballeros provectos se sacaban los hígados a la baraja o discreteaban en sus peñas.

A las siete de la tarde novios nictálopes encontraban acomodo en las últimas filas de los cines, mientras en las primeras tosían y expectoraban sólidos burgueses en compañía de sus elefantas.

A las siete de la tarde paseaban mocitos y mocitas por la calle principal, arriba y abajo, abajo y arriba, consumiendo grasas, chicle y maní, suelas de zapatos y algún que otro piropo aprendido por tradición oral. El picadero de la calle principal, desde las siete hasta las diez, dejaba a los adolescentes derrengados, sin malos pensamientos y con ganas de coger la cama. El voy y vengo y el empujón y la persecución cinegética sin éxito y el hago el asno como nadie, eran una institución prudente y un exutorio necesario.

Y a las siete de la tarde, cuando la ciudad se esponjaba en el ocio y algunos comenzaban a vivir su modesto desenfreno de taberna o bar, y otros se recluían en sus pisos al amparo de la televisión, daba comienzo el aquelarre de la calle de la Libertad, número 4, piso primero izquierda, habitado por doña Lucía Martínez, viuda de don Ildefonso Rodríguez, del comercio, y su hermana doña Matildita, y el hijo y sobrino de éstas, Cayetano Rodríguez y Martínez, chupatintas en la Diputación, y su fiel servidora, Angustias Ruiz de Arana, ex ama de cura y en su juventud pastora.

Cuentos 1949-1969
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