La torre de las lechuzas

—Los chicos se acaban de ir —dijo doña Lucía a doña Úrsula—. Es una pena que no los hayas visto.

—Los veo todos los días —respondió doña Úrsula—. Los veo todos los días y a todas horas. Están en todas partes.

—Se nos va una fortuna en dietas —afirmó doña Matildita—. Como la lleva a todos lados y tira de cartera como un maharajá.

—No seas roña, Matildita. Se quieren y son jóvenes, pues que lo pasen bien. Es lógico que muestren su amor a las claras después de haberlo ocultado tanto tiempo.

—¿Y no os da pena perder un hijo? —dijo doña Úrsula—. A mí me daría mucha pena.

—No —contestó doña Lucía—, no perdemos un hijo, ganamos una hija. Has de saber que Isabelita nos ha prometido entrar en la organización. Tiene buena disposición para el informe. Además Taño le ha metido en la cabeza la investigación desde el asunto Alegre y está muy animada.

—Fue una pena lo de Alegre —dijo doña Matildita—. Tanito sigue sosteniendo que es un asesino. Le hemos recomendado que se calle, porque como de todos modos garrote vil no le iban a dar, pues es mayor castigo el manicomio.

—¿Y qué se dice por ahí? —preguntó doña Lucía.

—Nada en San Miguel, nada en San Pedro, nada en San Vicente. Todo está muerto. Ya ni colea lo de Ayalde...

—Qué se le va a hacer —suspiró doña Lucía—. La que nos espera este invierno...

—Nos vamos a aburrir como ostras cartujas —dijo doña Matildita—. Ni un mal caso que resolver. En fin, Dios proveerá... ¿Pongo la televisión?

—Bueno —dijo doña Lucía.

—Bien —dijo doña Úrsula.

—¿Y una copita?

—Bueno —dijo aburridamente doña Lucía.

—Bien —dijo bostezando doña Úrsula.

—Chicas, cómo estáis. Hay que tener más espíritu.

Las tres viejas se acomodaron para ver la televisión. Corrieron las cortinas del mirador para que no entrara luz alguna de la calle.

—Cuando las cosas vienen mal dadas —dijo doña Lucía— no queda otro remedio que resignarse.

Estaban pasando el telediario. Un ministro discurseaba ante una multitud.

—Qué cara tan antipática tiene —dijo doña Úrsula.

—Qué aire de advenedizo —dijo doña Matildita.

—Lo que habrá hecho ése —dijo doña Lucía—. Qué buena investigación debe tener.

—Lo que nos perdemos por no vivir en la capital de la nación —aseguró doña Matildita—. La de casos que podríamos estudiar.

—Es una pena —se quejó doña Úrsula.

—Lo dicho, hay que resignarse —dijo doña Lucía.

En la pantalla apareció un concurso de saltos de esquí.

—Este invierno va a ser muy largo y muy duro —comentó doña Lucía.

—Y tanto —corroboró doña Úrsula—. Y qué triste.

—Y qué amargo —añadió doña Matildita apurando su copa de Brizard.

Cuentos 1949-1969
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