II

Sí, el Paraíso limita al este con la casa número treinta y siete, y al oeste, con la número cuarenta y uno; al norte con la calle de la estación y los ruidos de los tranvías, camiones y trenes, y al sur, con las acacias, los castaños, el río, las ranas, los perros, los niños aventureros, el sol y el aroma deleitoso de la nueva primavera.

Inventariando el solar, desde un punto de vista meramente paisajístico, se llega a comprender cómo nada le falta y todo en él es armónico.

Hay un árbol achaparrado, que da una sombra apretada, vagamente aprovechable donde el perro y los gatos de los inquilinos del Paraíso se tratan y conocen hasta haber logrado una perdurable amistad. Es árbol de campo alto y nadie imagina el cómo y el medio de su traída a la ciudad, a uno de los barrios trillados por la guerra. Es árbol para horizontes amplios y aquí yace encajonado, empatiado, como si fuera un naranjo o un limonero, guardando pájaros urbanos y dando el nimio sombrajo que necesita una liebre para descansar; la liebre, que, si se hubiese cumplido su destino rural, hubiera ido a refugiarse de la dura agostada castellana bajo sus ramas. En el ribazo, los habitantes han construido plataformas escalonadas, bancales, que admiten cultivo. De la puertecilla hasta el chamizo, levantado con material de derribo, una tosca escalinata de grandes losas está dispuesta en garabato. Estacas unidas con alambre hacen las veces de baranda. De escalón a escalón hay, indistintamente, un salto o un deslizamiento. Es preferible dar la vuelta por el extremo de la calle y entrar en el Paraíso por la puerta grande del paseo donde nada impide la entrada y todo se ve y se admira a simple vista. Esta puerta, que da a la calle, sirve para la gente joven del solar, que lleva prisa, que tiene agilidad y no teme la probable costalada de cualquier día.

Los bancales son cultivados con cariño. Dan patatas, cebollas, lechugas, berzas, puerros... en cantidades que por lo pequeñas serían ridículas si no fueran tan esperadas y celebradas por sus hortelanos. Las lechugas, principalmente, son de una gran calidad; regadas con agua de la inmediata fuente pública se desarrollan frescas, pimpantes, tiernas. Son lechugas —según uno de sus esmerados cuidadores— de exposición o de museo, ni se sabe. Y este «ni se sabe» dice tanto como «acabóse» en calidad de lechugas.

El chamizo completa el paisaje. Es también punto y aparte en cuestiones de construcción. Su estilo es complejo; se adivina por un lado —tres muestras visibles, porque el cuarto hace medianería con la casa del Este— un alarde de primitivismo tan apreciable, tan artístico en su estudiada factura, tan en juego con la pared, con la tapia de la calle, que hace sonreír. Pero este lado del chamizo es fuerte y seguro, aunque denote un estado de pureza artística en el «arquitecto» o en el albañil que lo imaginó, construyó y levantó, muy rara vez existente. Este es el lado del Norte. A la casa se entra por el Oeste, por la puerta del Oeste. Aquí se observan extrañas influencias, vagos rumores de influencias. A una parte, la fachada, con su ventana, tiende a lo ciclópeo en colosales losas hermanas de las de la escalinata; después se volatiliza el titanismo y pasa el ladrillo a ocupar, graciosamente, su lugar para alcanzar la decadencia a unos decímetros del tejado con groseros bloques de cemento. De la otra parte, de la otra ventana del lado derecho de la puerta, sería acaso mejor no hablar, tal es la confusión de materias y procedimientos: el adobe está espléndidamente representado, el azulejo desportillado expone su decorativa presencia bajo el alféizar, la cantería tiene un ilustre embajador solitario, y un mármol medio sepulcral, medio de mostrador de carnicero, recorta la esquina doctamente en sierra. El Sur da al chamizo vitola de fuerte, y en él se abre una aspillera como de ventilación, como de defensa. En las ventanas la verde uña de gato y el amor de hombre florecen en latas y en viejos pucheros. En un reluciente bote que contuvo pimientos, patriotea la bandera española en amapolas y jaramagos.

Junto a la puerta un pedrusco sirve de asiento para tomar el aire o el sol, según el tiempo. Sobre este pedrusco cae el agua del canalón cuando llueve. El agua ha hecho en él una oquedad, que los niños de la familia limpian de polvo distraídamente con el dedo índice, las tardes de verano, después de ser azotados por cualquier falta, entre hipos y lloros. Porque este pedrusco invita a pensar, por lo socorrido que es para estos trances, en que rebuscando con calma y paciencia su procedencia se llegaría al célebre muro de las lamentaciones.

Cuentos 1949-1969
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