VII
—¡Felicidades!
—Gracias, Ramón.
—¿Cuántos caen?
—Cincuenta y nueve.
—Vaya, vaya, con que cincuenta y nueve, ¿eh?
Los gatos del solar duermen refugiados entre las patas de Chal, tumbado bajo el árbol. Los gatos son dos, madre e hijo; otros dos fueron arrojados al río para facilitar el desarrollo del superviviente. Son pardos, de largas patas y agilidad y valor reconocidos. Junto a ellos unas moscas gordas inspeccionan los restos de la rana. El sol, dando de lleno, endurece los largos calzoncillos de Pío puestos a secar.
—¿Qué hay de comer?
—Como siempre.
—¿Habéis comido?
—A ti te íbamos a estar esperando.
—Bueno, mujer, bueno.
Emilio, la Casi y Mariano, en oficios de mecánicos, trabajaban fatigosamente en un cochecillo desvencijado de jugar a muñecas. Emilio, la Casi y Mariano pretenden arreglarlo para, pilotándolo, lanzarse con él por la cuesta. Emilio saca la lengua, resuella y golpea los débiles ejes con un pedrusco. La Casi transmite a Mariano las órdenes: «Trae agua, busca un clavo muy largo, acerca esa hojalata, pide un cuchillo.» Mariano se rasca la cabeza pelada y no se mueve.
—Agustina, tenemos que convencer a Ramón.
—¿De qué dice usted?
—Que tenemos que convencer a Ramón. Me han dicho que en las obras de la Cañada dan buen jornal, casa y muchas cosas.
—Pregúntele qué le parece.
—Es que éste es muy poco decidido. Tú debes animarle.
Ramón, con la boina sobre los ojos, sentado en la piedra de la puerta, estirando las piernas, dormita y sueña. Un gorrión pía en las ramas del arbolillo y Chal alza la cabeza sonámbula. Los gatos parpadean. El gorrión vuela. Desde el pozo de la siesta, con lentitud, habla Ramón:
—Mire, déjese usted de aventuras. Aquí estamos bien. Coma y calle.
—No se trata de dejar esto.
Pío se interrumpe cuando su mujer le saca una silla para que se siente. Después le trae un plato con comida, el pan, la cuchara y el botijo de agua.
—¿Tú ves, María?
—Tiene razón, Ramón.
—¿Tú también?
—Mira, ahora que te ha encontrado trabajo es una locura marcharnos.
—¡Ah!, me ha encontrado trabajo.
—Sí.
—¿Y dónde me ha encontrado trabajo?
—En su obra. Este solar es un buen hallazgo.
—Pero María, si no se trata, como os decía, de dejar esto. Vosotros os quedáis con los chicos, pongo por ejemplo; nosotros vamos a la Cañada. ¿Que van bien las cosas? Os venís. ¿Que no? Pues de vuelta.
—Sí, sí, tú todo lo ves fácil. Estando todos juntos apenas nos llega y vamos a tener para estar separados. Además, con tu jornal...
—Sí, claro.
Ramón se despereza aparatosamente. Se rasca debajo de la boina. Bosteza.
Está en pie.
—Viejo, desde el lunes puede ir a mi obra a trabajar. Son once pesetas. No necesita ningún papel. Usted trabaja y listo.
—¿Desde el lunes?
—Sí, hombre, no se asuste.
—Bueno, bueno.
—No tiene que pensarlo.
Con pereza lleva la cuchara a sus labios Pío. Con pereza la abandona en el plato. Con pereza saborea el condumio.
—Bueno, bueno, pero lo de la Cañada hay que pensarlo.
En un cubo de agua Agustina friega los platos.
—Oye, Agustina —dice Ramón—, ¿quieres ir a esperarme esta tarde?
—Como tú digas.
—Pues estáte a las seis en punto en la esquina, junto al estanco.
—Allí estaré.
Ramón saca de un bolsillo una libreta de tapas de hule vieja y manoseada. La abre y coge cuatro billetes de peseta, sucios y planchados.
—Tome —se las ofrece a su padre—. Con éstas me debe nueve.
—Ocho, hijo.
—Bien, ocho, y a ver cuándo se explica.
Ramón se encamina a la escalinata.
—Hasta luego. Adiós, chicos.
Emilio y la Casi levantan la cabeza. Mariano corre hacia su padre.
—Adiós.
Ha terminado de comer Pío. Limpia sus labios con un pañuelo. El cielo se va cubriendo de una pesada, blanca y opaca neblina. El bochorno aumenta. Las moscas retardan el vuelo; se pegan a la tierra, a las paredes, a las hojas de las plantas. Pío medita haciendo la digestión. De vez en vez se espanta algo de la frente. Su mujer y Agustina comentan el estado del tiempo.
—Hay tormenta.
—Sí, este calorazo es de eso.
Chal se levanta. Los gatos ovillados siguen durmiendo. El perro se acerca a los niños. Los huele. Se sienta a contemplarlos. Se rasca furiosamente detrás de las orejas o se vuelve a morderse el nacimiento del rabo.
La Casi hace un gesto de asco.
Hay que bañarlo, está lleno de bichos.
Llaman las sirenas al trabajo. Son las dos de la tarde. Pío suda sentado en la silla junto a la puerta, incapaz de movimiento. La cabeza se le derrumba sobre el pecho. El cielo está completamente cubierto de nubes altas y blancas. Pita un tren en la estación y un tranvía fragoroso rueda por la calle. Pío vocifera.
—Emilio, no armes tanto ruido, o ¿es que no queréis dejar dormir al abuelito?
Los chicos se asustan, pero al verle tan ocupado en lograr el sueño siguen golpeando los ejes del cochecillo. Pío ha hecho un esfuerzo considerable, tiene seca y amarga la boca del vino de la mañana. Quiere dar consignas y no puede. Mueve los labios...
María y Agustina, dentro del chamizo, con los brazos cruzados sobre la mesa, charlan en voz baja de sus cosas.
—Me han dicho que en el Camino Alto hay una tienda que hace liquidación a nada de precio.
Pío ronca como un bendito.