I
Entre el puente de hierro y el puente nuevo el río corre apretado, tumultuoso, amenazante, en esta primavera. Ha llovido mucho. Las aguas hacen remolinos que aparecen y desaparecen en una danza loca. Las aguas se pulimentan en la represa; se estrían, nerviosas, a veces; se aterciopelan otras; gustaría acariciarlas como se acarician las ancas de una yegua preñada. Después, el río golpea las paredes del canal saltando para alcanzar la superficie verde que hay desde el cauce hasta el murete de contención de las grandes crecidas. Los saltos son continuados e inútiles, saltos de muchacho por coger algo demasiado alto.
Entre el puente de hierro y el puente nuevo, cuando pasen unos días y en el cauce nazcan isletas de cieno y juncos, cantarán las ranas desde el atardecer hasta que salga el sol. El río se amansará, se hará arroyo y, por fin, regato. Si los calores se echan de pronto habrá agua estancada, de un color verdinegro, que en la noche brillará mágica con las luces de los faroles de las dos orillas. Los chicos, en pleno día, serán los exploradores meticulosos que, con los pantalones remangados, descubran la carroña de un gato pelado, varada en el barro o el puchero agujereado que sirva para extasiarse llenándolo de agua, viendo sus humildes surtidores. Los perros vagabundos, en la noche avanzada, ladrarán miedosos y trotarán inquietamente, tal que rabiados, por las orillas buscando su sustento pardo, repulsivo y las más de las veces venenoso.
En esta primavera, con las acacias y los castaños esponjados en su rápido florecimiento, el paseo de la orilla izquierda del río se monotoniza de los cantos de los pájaros. Está el suelo cubierto de una débil capa vegetal, amarilla, verde y siena. En los alcorques crece la mala hierba en derredor de los troncos de los árboles. Las hormigas construyen volcancitos de cuyos cráteres surgen en ininterrumpido torrente de lava viva. Alguna lagartija ensaya su primera caza por el pretil del río. Un desagüe da mal olor, que mezclado al de la naturaleza acaba por ser un aroma fuerte, de sustancia fecunda que no molesta demasiado.
Paralela al paseo la calzada de la carretera, hecha túnel por las ramas de los árboles, se alarga comida, tatuada, de los relejes de los carros. Del otro lado de la carretera hay una acerilla de árboles jóvenes y distanciados. Luego se alzan las casas.
Existe un ritmo extraño en la construcción de las casas entre el puente de hierro y el puente nuevo. Los edificios están separados por solares. No hay dos seguidos apoyándose y ayudándose mutuamente. Es como un tartamudeo urbanístico: casa, solar, casa, hasta el final del paseo donde está trazado un esquema de jardín, triste y agobiante.
Las fachadas de los edificios no dan al río. Las fachadas miran a la calle de la estación, sombría, sucia del humo de las locomotoras, ruidosa de pitidos de trenes, de circulación tranviaria, del pasar de pesados camiones que vienen a la ciudad o marchan de ella por la carretera del Norte. Las casas tienen algo de moneda gastada por el lado de la estación y algo de reluciente moneda, recién acuñada, por el que corresponde al río, al paseo de las acacias y los castaños y al sol.
Los solares están a cubierto de las miradas del transeúnte, en la calle, por tapias de débil pero eficaz fábrica. En el paseo se abren sin tapujo alguno recreando al observador con su vegetación modesta de hierbajos salpicados de amapolas, de cardos lecheros, de grupos pequeños de menta, de malvas y de algún que otro arbolillo.
En un solar, donde las vecinas de las casas contiguas ponen a tender la ropa, crece un almendro, en esta primavera, florido, del que hay colgado un rudimentario columpio.
Desde la calle al paseo el desnivel representa dos plantas de edificio, de tal forma que los brotes más altos de los árboles están, sobre poco, a la altura de las ventanas del segundo piso, cuarto de la orilla del río. Los solares nacen del paseo en ribazo hacia las tapias, con alguna depresión u hoya hecha de extraer arena para las construcciones, que se anega con las lluvias, y de la que se filtra el agua que mantiene hasta muy avanzado el calor el verde puro de la vegetal y misericordiosa cobertura. Porque los solares son de sucia arena y tierra de aluvión de la primitiva campa que fue la orilla del río.
Entre dos casas, cercanas a la estación, numeradas treinta y siete y cuarenta y uno, hay un solar que no es como los demás. Hay un solar, un hermoso solar, llamado de bromas por todos los que en la vecindad lo conocen, el Paraíso. En él viven gentes de pobreza absoluta de medios económicos y de absoluta riqueza de medios para ser felices. Esto es: son millonarios de resignación y alegría. A este solar y paraíso se entra por una puerta chiquitina, estrecha como el ojo de la aguja bíblica, por donde es seguro que no cabe el opulento y bien nutrido cuerpo de su propietario: don Amadeo García.