El caballero de la anécdota

Las nubes formaban un archipiélago enlutado. En el cielo azul de febrero, el sol crepuscular las doraba ligeramente por los bordes. Parecían islas de negrura en cartas donde los litorales tuvieran una aureola de bancos de arena marcados en pálido amarillo. El azul del cielo, como en los mapas los mares glaciares, griseaba de invierno. La línea de faroles y de árboles tenía un color ferrugiento. Los charcos espejeaban, tersos, como esperando cristalizar con el frío nocturno. Los tranvías denteaban la tarde con su agrio ruido. El caballero y los pájaros o los pájaros y el caballero se repartían un corrusco de pan.

Los pájaros y el caballero terminaron el corrusco. Los pájaros volaron. El caballero echó a andar. El caballero subió por la Cuesta de San Vicente hasta su café. Andaba a saltitos. Miraba todo con viveza: un trozo de papel de periódico; un escupitajo como de ágata; la verja mareante del Campo del Moro; el guardia municipal, desteñido, cuyo trabajo era el ocio; la mujer triste sentada en el banco de piedra con el brazo derecho apoyado en una maleta; las rayas de tiza de los ritos de la infancia. Respiraba muy de prisa como los niños. A veces se escalofriaba y soplaba suavemente. A veces se hacía un lío con los pies para no pisar las junturas de las losas. A veces le entraban ganas de orinar y pensaba que el café estaba ya muy cerca o todavía lejos y que llegaría a tiempo o que no llegaría.

El café tenía dos camareros. Los dos silbaban trozos de zarzuelas y discutían con los clientes sobre platillos volantes, bombas atómicas y fenómenos de la Naturaleza. Los camareros del café conocían al caballero pero no sabían ni su nombre ni su apellido. Al principio, cuando el caballero comenzó a ir al café, se interesaban mucho por su nombre e intentaron una investigación con caracteres policíacos. Uno de los camareros se acercaba al caballero y le decía: «Don Luis, ¿sólo o con leche?» El caballero sonreía y le contestaba, señalando con el dedo índice y el pulgar de la mano derecha hasta casi juntarlos: «Con leche y un poquito de café así...» El camarero regresaba al mostrador malhumorado. Allí comentaba con su compañero: «No creo que se llame don Luis. Le he llamado don Luis y me ha atendido, pero no se llama don Luis.» El compañero murmuraba: «Mañana le serviré yo, ya verás como le saco el nombre. Al principio son muy retraídos, yo conozco a estos tipos, pero en cuanto se les da confianza te cuentan toda su vida.» Al día siguiente el compañero se acercaba a la mesa del caballero: «Don Luis, porque usted, señor, se llama don Luis, ¿no es verdad?» El caballero se distraía siguiendo con los ojos una veta del mármol del velador. «Démelo con leche —contestaba y apretaba los dedos pulgar e índice de la mano izquierda— y una pizca así de café porque anoche no pude dormir.»

El café olía a gas y a violetas. Estaba decorado con nenúfares y espadañas que enmarcaban viejos, bucólicos y oscurecidos paisajes. En el fondo, junto a la entrada de los lavabos, una mesa de billar en desuso, cubierta con una tela negra, extrañaba como un catafalco. Los divanes tenían muelles bailones, que se escapaban de los que se sentaban, y su tapizado, desgastado y seboso, hacía que los clientes estuvieran como de visita, en posturas dignas, sin atreverse a perecear sobre ellos. Del techo colgaba una araña de siete bombillas que expandían una luz polvorienta y anaranjada, como de concha de apuntador.

Tras del mostrador la dueña del café hacía chocolate domésticamente en un puchero, y el hornillo de gas, que tenía la goma de conducción medio podrida, daba sus llamas azules que se reflejaban fantasmales en los espejos que cubrían la pared donde estaban alineadas las botellas. La dueña usaba un perfume graso y extenso.

El caballero compró el primer diario de la tarde antes de entrar en el café. Pagó en monedas de diez céntimos. Cuando entró en el café vio su lugar habitual ocupado por una pareja de novios que cogidos de la mano se miraban a los ojos. El caballero se azoró, después buscó con la mirada una mesa alejada de la puerta y alejada del escándalo de la pareja. Tuvo que irse a sentar junto a una señora muy gorda, conocida de la cotidianidad del café, que resoplaba cuando el chocolate que le servían estaba demasiado caliente y que sorbía ruidosamente cuando se le acababa el suizo y le quedaba chocolate en la taza.

El caballero se quitó el gabán y sus dos bufandas. Colocó el periódico en el diván, se puso las gafas y estuvo mirando un rato, con mucha atención, las vetas del mármol. Antes de que llegara el camarero con el café con leche de costumbre, había sacado un lapicero y había puesto un nombre con letra pequeña en una de las vetas blancas del mármol: «Miguel Servet.» Luego desdobló el periódico y buscó la página de sucesos.

«Tres heridos en un choque de dos taxis...» «Intoxicado por un brasero...» «Cae de un andamio y se mata...» «Otros sucesos...» Leyó ávidamente: «En relación con la detención de Pascual Morejón (a) El Pascual...»

El camarero se entretuvo haciendo un arco elegante con el turbio líquido que salía de la cafetera. El caballero alzó la cabeza. La movió asintiendo. Después suave, dulcemente, pidió al camarero.

—Hágame el favor de traer una copita de Marie Brizard —y puso el punto en la petición—, ¿eh?

El camarero se quedó estupefacto.

—¿De Marie Brizard? ¿Una copa?

—Sí, una copa de Marie Brizard. Y también un vasito de agua de seltz.

El camarero llegó al mostrador con el ceño fruncido. Pidió la botella de Marie Brizard. La dueña alzó la cabeza del puchero de chocolate. El camarero comentó:

—Cada día lo entiendo menos. Año y medio tomando café con leche —e intentó imitar la voz del caballero— con muy poquito café porque si no no puedo dormir y —volvió a su tono de voz – hoy no sé qué diablos querrá celebrar, pero piensa tomar una copa de Marie Brizard.

La dueña le miró fijamente.

—¿Y a usted, qué, González?

—Claro que a mí qué, pero ese tipo me enloquece. ¿Sabe usted acaso cómo se llama? No, ¿verdad? Y por aquí no viene nadie que yo sepa, más de dos días sin que nos enteremos de su nombre. ¿Sabe usted dónde vive? No. ¿Sabe usted si tiene familia? No. Año y medio así, sin sacarle un dato y quiere usted que no me preocupe.

—Vamos, González, vamos, seriedad, que ya es usted mayorcito. Déjese de hacer el detective. El paga y no quiere hablar, pues no se preocupe. A usted qué más le da.

—Pero si estamos de acuerdo. Desde luego a mi qué más me da, pero no lo puedo resistir.

El camarero dio una chupada a un cigarrillo que tenía junto a la caja registradora, lo colocó cercano a unos fieltros de cerveza y se fue con la botella de Marie Brizard, una copa y un vaso de agua de seltz en la bandeja.

El caballero miraba cómo el camarero llenaba la copa. Cuando terminó dijo:

—¡Qué maestría! ¿Usted cree que el Marie Brizard sienta mal después del café con leche de la merienda?

—Supongo que no —respondió el camarero—. A no ser que usted esté enfermo y...

El caballero se horrorizó.

—Quite usted, ¿yo enfermo? No, señor, no estoy enfermo. Nunca he estado enfermo, pero...

Se calló. Se desasosegó. El camarero le miró con una provocativa superioridad. Pensó que aquel hombre debía tener algo muy gordo de qué avergonzarse para medir tanto sus palabras, para temer que se le escapase algo que diese lugar a alguna sospecha.

El caballero volvió sobre la página de sucesos.

«... (a) El Pascual como supuesto autor de varias estafas, hecho de que dábamos cuenta ayer...»

El caballero puso con el lapicero en las márgenes del periódico: «Era natural.» Después dio un chupito a la copa de Marie Brizard y paladeó como un gato. Sacó la lengua un poquitín y se la pasó por los bordes del labio superior rozando su cano bigotillo. Luego tosió levemente.

El camarero en el mostrador comentaba con su compañero.

—Me ha dicho que no ha estado nunca enfermo, pero de pronto ha callado y se ha puesto nervioso. Para mí que ese tío tiene una... —silboteó por lo bajo— de no te menees, y como está así pues quiere ocultarlo, porque es una enfermedad, tú ya sabes, que socialmente está muy mal mirada. Y el tío además debe tener su tomate. No creas, éste tiene anécdota, te lo digo yo.

El caballero resolvió las palabras cruzadas del periódico. Se había puesto como premio el último chupito de la copa. Chasqueó alegremente la lengua y sacó una libreta. Apuntó con el lapicero: «Mañana, a la una y media, ver a Valdecantos. Después de comer cita con don Eduardo. A las diez de la noche reunión con los de Aurora.»

Guardó la libreta y el lapicero. Dio unas palmaditas. El camarero se acercó.

—¿Cuánto es?

—Siete veinte.

El caballero le dio siete cincuenta. Se lió las bufandas y se puso el gabán. Dio las buenas noches y salió del café con el sombrero en la mano.

El camarero pasó, después de retirar el servicio, un paño húmedo por el mármol y recogió el periódico. Al dejar la bandeja en el mostrador se le acercó el compañero.

—Ha estado resolviendo las palabras cruzadas —dijo— pero antes le he visto yo escribir algo. Me parece que ha sido por aquí.

Los dos camareros investigaban. De pronto descubrieron la anotación al margen.

—Fíjate. Esto sí que tiene guasa. Fíjate aquí. Donde dice esto de estafador, mira. El tío ha puesto: «Era natural.» ¿Qué te parece a ti, di, qué te parece? Si cuando yo digo... Si este pájaro tiene lo suyo. Ya verás tú como a última hora resulta que hemos estado sirviendo café al tío más importante de los timadores de Madrid. Con su cara de no haber roto un plato en la vida...

—¡Quién lo iba a sospechar! Desde luego es lo que suele ocurrir: en el sitio menos pensado salta la liebre. Fíate tú de que la cara es el espejo del alma...

—Bueno, pero a éste ya lo tenía yo calado. Desde el primer día le eché el ojo.

La dueña del café leía detenidamente una novela de amor. Le hubiera gustado mucho que tuviera pasajes escabrosos, como las de sus treinta años, pero a pesar de todo le seguían entusiasmando. Cuando algún cliente le preguntaba: « ¿Qué, usted con sus novelas?», contestaba con gesto de indiferencia: «En algo hay que matar el rato, en estas pamplinas...»

La dueña dejó de leer la novela para escuchar a los camareros. Preguntó:

—¿Qué ha descubierto usted, González?

—¿Que qué he descubierto? Casi nada, que el tío ese que decía usted que no había que preocuparse, nos ha salido un estafador de los de primerísima.

—Bah, tonterías. Ése es estafador como yo abuela.

—Bueno, como usted quiera. Ese, se lo digo yo, tiene mucho que callar. Ese tiene su anécdota y me juego ahora mismo todo lo que tengo...

La dueña se echó a reír.

—González, debería usted escribir para las novelas.

Don Julián Rodríguez estaba sentado en su mesa del comedor de la pensión hablando con el comandante de Intendencia don Patricio Moreno.

—Sí, señor, yo no bebo licores, pero hoy he celebrado el lunes de Carnaval tomándome una copita de Marie Brizard. Yo soy por naturaleza ordenado, pero hoy he echado una canita al aire aunque con miedo que el estómago me dé un disgusto.

—¡Pero hombre, don Julián! Una copa dañarle el estómago. Cuando yo estaba en África, allí sí que bebíamos, pero no una copa, no, una barrica de lo que fuera. ¡Qué tiempos!

La muchacha que servía en el comedor comentaba con la cocinera:

—¿A que no sabes lo que he descubierto hoy en la habitación de don Julián? Chica, que es poeta y que guarda los cuartos de una reunión que se llama Aurora de la Poesía.

—Vaya.

—Es un chalao. No te digo... Escribir poesías. Y además anota los periódicos, lleva pedazos de pan en los bolsillos mezclados con puños de calderilla. Está trastornado. ¿Tú crees que un hombre así hace algo de provecho en el mundo?

—Algo habrá hecho, no va a vivir del aire. Además, chica, en este mundo tiene que haber de todo.

Antes de servirse la sopa, don Julián Rodríguez limpió cuidadosamente el plato con la servilleta. Luego le dijo al comandante:

—Don Patricio, ¡qué Carnaval el de mi tiempo! Si usted supiera...

Miró un momento el reflejo del vaso sobre el mantel. Miró su plato lleno de sopa de fideos. Miró la dorada corteza del pan. Y suspiró. Suspiró profundamente. Después de suspirar se sintió a gusto.

(1955)
Cuentos 1949-1969
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