Hacia los altos nidos de las nieves...
Hacia los altos nidos de las nieves en las montañas lejanas, cuando el invierno afloja, corren las nubes. Hacia los altos nidos de las nieves se retira el silencio de los campos. Vuelve la tierra transfigurada de su letargo y hay agua azul en las acequias, azogue en los surcos y en los relejes de los carros por los caminos, vetas blancas en los ribazos orientados al Norte. Se siente desperezarse a la Naturaleza y una inquietud adolescente flota en el aire fresco y chorreante. Pasan las primeras aves migratorias y los perros de los pueblos ladran, con las orejas tiesas y el rabo en péndulo loco, su vuelo pausado y negro en la distancia.
Comienzan los ejercicios de la Artillería, que tiene las baterías emplazadas en las afueras de la ciudad, casi pegadas a las tapias del cementerio, cañoneando el monte pelado de las viejas andanzas de Sebastián, Prudencio y Virtudes. De las explosiones se levanta un humo natoso que rastrea un poco y luego se diluye. Las palomas domésticas vuelan azoradas de un lado a otro en grandes y temblorosas bandadas. Sebastián y su cuñado Prudencio, desde la carretera zumbándoles en los oídos el moscardoneo de las granadas que cruzan sobre ellos, contemplan el monte.
Sebastián y Prudencio se entretienen adivinando los tiros por el sonido.
—Esa se queda por bajo la trinchera. Esa la remonta. Esa hace blanco. ¿Te lo dije? Venía con las del beri.
Sebastián y Prudencio son ya hombres. Sebastián lleva un traje azul marino, sucio de manchas; el botón del cuello de la camisa suelto y el nudo de la corbata, desgastada y desflecada, aflojado; en los pies, alpargatas negras y calcetines de colorines. Su cuñado viste un traje de verano, que escalofría, y unos zapatos desvencijados y picañados de dos colores; los calcetines no existen, y la corbata, como es menos elegante que Sebastián, no se la pone más que cuando va a la ciudad. Sebastián ofrece un cigarrillo a Prudencio.
—¿Qué, nos vamos hasta la tasca a refrescarnos?
—Tú dirás.
—Voy a coger un saco para subir luego.
Sebastián, desde el puente, llama a su mujer.
—Virtudes, dame un saco, que voy al monte a coger metal. Date prisa.
Virtudes asoma bajo el arco del puente. Virtudes se cubre con una manta agujereada, en la que están pintados con tinta morada un número, dos iniciales y la llameante bomba, distintivo del arma de Artillería. Enflaquecida y con el vientre abultado de una próxima maternidad, toma una forma dolorosa y grotesca.
—¿Qué quieres, Sebas?
—Que me des un saco, digo. Que me voy al monte con tu hermano.
Resignada, Virtudes entra bajo el puente. En la penumbra alguien le pregunta lo que piden los hombres. Ella contesta con una voz opaca y melancólica:
—Un saco, abuela, para recoger metal.
—No les dará vergüenza. En vez de trabajar pierden el tiempo en esas cosas. Son unos chulos, eso es lo que son. No les reventará una bomba y se los llevará para adelante...
—No diga usted eso, abuela.
—Claro que tengo que decir, hija. Todos son iguales.
Virtudes sube dificultosamente a la carretera.
—Toma, Sebas, y ten cuidado, no vaya a haber alguna sin estallar y nos dé un disgusto.
—No te preocupes.
—Y bajad pronto, que tu padre estará de vuelta para la hora de comer.
—Pues que coma solo. Anda ésta...
Sebastián, con el saco enrollado bajo el brazo, camina seguido de Prudencio por la carretera. Virtudes les aconseja todavía:
—Tened cuidado, tened cuidado.
Desde que Benita murió con las entrañas roídas, no se sabe de qué, bajo los puentes no hay paz. Los hombres no quieren trabajar. Carmela, una vez dio a luz, se marchó con su marido, lo dejó al cabo de pocos meses y desapareció. La abuela apenas ve y sólo habla para maldecir de sus hijos. Virtudes se va en lágrimas porque Sebastián y Prudencio andan emborrachándose y no ganan más que para divertirse. Únicamente Fulgencio hace algo, porque el padre de Virtudes es un verdadero desastre y anda en oscuros, deshonestos líos con una mercera de la ciudad.
Virtudes se queda en la carretera. Ya no cruzan sobre ésta las granadas. Los ejercicios de la Artillería han terminado. Virtudes se lleva una mano al costado derecho y piensa que será pronto; que será pronto, porque si no va a ser incapaz de resistirlo. Mira los árboles con las ramas desnudas y se imagina que toda la carretera está apretada por cientos de gigantescas manos que le nacen a un lado y a otro. A ella también le aprietan de la cintura dos manos terribles que la hacen jadear y olvidarse de todo. Dos manos que ella intenta separar con las suyas, inútil, dolorosamente.
La taberna del pueblo se abre en un gran portal, por donde pululan las gallinas. Arrimado a la pared se encuentra un largo banco de madera de chopo con el asiento manchado de vino, de grasa, de deyecciones de aves. Éste es el banco en que se sienta el mendigo que va de camino a devorar un corrusco de pan y beberse un cuartillo de vino rojo y espeso, como sangrecilla. Este es el banco en el que las señoritas de la ciudad que han salido a pasear en bicicleta ponen hojas de periódico antes de sentarse a tomar con dengues, aparatosas y ridículas, el vino con gaseosa de un transparente y narigudo porrón. Es también el banco del señor cura, en el que fuma el señor cura al atardecer, comentando con los hombres del mostrador el tempero del campo o las incidencias de una mañana de caza.
El tabernero es hombre viejo y sabe bien la historia de su taberna, comprada por poco dinero cuando la Gran Guerra. Habla de que le decían la Venta del Moro, de que una vez hubo una muerte en la bolera a raíz de una partida, de que por allí estuvo el cabecilla carlista mal llamado Tirantes, que se tuvo que refugiar en la pocilga con los marranos, porque le andaba a los talones una patrulla de guiris, y que aunque un cerdo le dio un mordisco en un muslo él se calló hasta que pasó el peligro. El tabernero conoce a las gentes de bajo los puentes y los trata familiar y hoscamente.
Sebastián y Prudencio se apoyaron en el mostrador y pidieron medio litro de vino y dos vasos, después de saludar. El tabernero les miró a la cara, fija, casi insultantemente.
—No hay crédito, advierto. Si tenéis con qué pagar, bueno. Si no, os echo a los perros.
Sebastián argumentaba socarrón:
—Pero hombre, ¿le debemos algo? ¿Cómo sabe que no tenemos dinero?
—No me debéis nada y, además, ahora no me da la gana serviros.
Prudencio, conciliador, le dijo al tabernero.
—Hombre, señor Sátur, no es para ponerse así. Nos da usted medio litro, por favor, y ya está.
Prudencio enseñó un duro y lo puso sobre el mostrador.
—Ea, nos tomamos el vino y a la calle.
El tabernero aguó el gesto agrio.
—Bueno, así lo que queráis; pero con guasas nada, que de mí no os reís.
El vino ya estaba ganado cuando Sebastián aclaró.
—Nadie se ríe de usted.
—Y dale —dijo el señor Saturnino.
Prudencio volvió a mediar dirigiéndose a Sebastián.
—Cállate, hombre.
Por el monte pelado, en los hoyos de las granadas Sebastián y Prudencio buscaban cascos de metralla. Se acercaron al trincherón blanco de los ejercicios de tiro. Encontraron la vieja senda de los raposos y la siguieron. Pesaba el saco e hicieron un alto.
—Me parece que dos o tres se perdieron hacia el manantial.
—Si las encontramos...
—Las encontraremos, verás. Con la parte de dinero que me toque le voy a comprar a Virtudes un collar. ¿Qué te parece? ¿Se pondrá contenta?
—Sí, se pondrá contenta.
—Es que, mira, yo no me estoy portando con ella. Tú me entiendes. Es demasiado buena para mí y yo soy un arrastrao. Y le tengo que dar algo ahora que con esto del chico sufre tanto.
—Sí, Sebastián.
Bajaron hacia la vaguada. El manantial brotaba impetuoso, a borbotones. La tierra de los alrededores estaba anegada. Las plantas de arándanos parecían descarnadas por el invierno, un revoltijo de alambre espinoso. El paisaje se perdía en una neblina azulada.
—¿Te acuerdas, Prudencio, cuando veníamos los tres por aquí en los finales de verano?
—¡Que si me acuerdo!
En la tierra blanda y húmeda cercana a las plantas de las cosechas infantiles de Sebastián, Prudencio y Virtudes, una granada sin estallar yacía medio enterrada. La miraron.
—¿Tú te atreves?
—Sí, pero hay que tener cuidado, no vaya a ser...
—No te preocupes. Busca una piedra plana.
Prudencio se apartó en la busca. Sebastián se acercó a la granada e intentó con las manos ahondar en torno a ella. Sebastián miró las nubes viajeras y su mano tropezó...
Prudencio sangraba por los oídos y las narices cuando se levantó del suelo. Una natosa nubecilla de humo rastreaba por el campo. En la cabeza se le revolvía una tormenta y las piernas se le doblaron.
El agua del manantial se vertía lentamente en el hoyo de la granada, sucia de sangre. Prudencio cerró los ojos y gritó. Y gritó y no lo vio más.
Hacia los altos nidos de las nieves, en las montañas lejanas seguían las nubes, y con ellas el humilde, vago y tierno Sebastián Zafra. Y nadie más.